¿El tiempo puede dejar de ser infinito? Sí, cuando tomamos consciencia. En ese momento cambia la forma en que habitamos el paso de las horas, la forma en que nos vinculamos con los otros y con nosotros mismos, incluso la manera en que percibimos el trabajo, las crisis o aquello que no sale como esperábamos.
Esa conciencia de finitud a veces irrumpe a partir de un hecho puntual, como puede ser una pérdida —un evento que desordena—, y otras veces se instala de manera más silenciosa, como puede ocurrir cuando vemos envejecer a nuestros padres o crecer a nuestros hijos, y así tomamos conciencia del paso del tiempo. También ocurre en momentos en los que registramos que algo de la juventud quedó atrás y la adultez deja de ser una idea lejana para volverse presente.
Durante mucho tiempo, nuestras decisiones pueden sostenerse en la idea de que siempre habrá tiempo para cambiar, intentar o empezar de nuevo. Pero cuando esa sensación empieza a resquebrajarse, elegir deja de ser solo una posibilidad y empieza a implicar una pérdida. Porque ya no se trata de hacer todo, sino de asumir que no todo sucederá.
Es entonces cuando aparece una pregunta que puede incomodar, pero que también nos puede acercar a lo más profundo de nosotros: se desplaza la duda sobre qué quiero hacer con mi vida, y toma protagonismo qué estoy dispuesto a dejar afuera. Aparece el cuestionamiento sobre qué versiones de mí mismo ya no van a ser, qué caminos no se van a recorrer, qué decisiones —por acción u omisión— empiezan a volverse definitivas en la vida que tengo.
En la clínica, esto no siempre se presenta como una crisis evidente, sino como una incomodidad difícil de explicar. Recuerdo el caso de una mujer de 35 años que tenía una vida “ordenada”: un trabajo estable, una pareja con la que se llevaba bien, su casa propia. Sin embargo, algo comenzó a inquietarla. Era una sensación sutil: sostenía una vida que funcionaba, pero que ya no terminaba de desafiarla o de disfrutar. “No me pasa nada grave, pero siento que estoy perdiendo tiempo”, decía. ¿Tiempo o el tiempo? Aparecieron cosas que había postergado, como un viaje que quería hacer sola por el mundo, el deseo de abrir su negocio o de dedicar más tiempo a sus amigas, entre muchas otras.
Durante años había organizado sus decisiones bajo una lógica que le permitía no confrontar demasiado: siempre había un “más adelante” para cambiar. Un más adelante para revisar y decidir. Pero el reloj corría y ella se encontraba en los mismos lugares “seguros”, sin nuevos desafíos y con sus proyectos en pausa. Lo que antes postergó empezó a ser más difícil de esquivar. Y con eso, algo del orden de la pregunta se volvía inevitable.
A estas crisis, muchas veces, se las nombra como las “crisis de mediana edad”, como si se tratara de algo que le pasa a una etapa en particular. Pero no es la edad lo que entra en crisis, sino la forma en que vivimos el tiempo. Lo que se resquebraja no es solo una idea de futuro, sino también ciertas formas de sostenernos en la vida sin hacernos demasiadas preguntas.
La conciencia de finitud no viene a ordenar ni a tranquilizar. Más bien incómoda, desacomoda y nos obliga a revisar. No garantiza mejores decisiones, pero sí nos resulta más difícil continuar postergando de manera indefinida todo aquello que de verdad importa.
Quizás no se trate de hacer cambios drásticos ni de responder rápidamente a esas preguntas que aparecen, sino de sostenerlas sin apurarnos. Porque si algo introduce este momento es que ya no alcanza con desear, también hay que querer y hacer lo que uno desea. En algún punto, empieza a volverse necesario asumir que es ahora —con lo que hay, con lo que falta— donde se juega.
A veces, crecer no es avanzar, sino dejar de postergar la vida que ya está en juego, con todo lo que eso conlleva.
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