Muchas personas pueden pensar que la creatividad es caótica y la experiencia representa la rigidez. Sin embargo, necesitamos romper esta falsa contradicción y mostrar que son, en realidad, las dos caras de una misma moneda funcional.
Para empezar, es vital aclarar que la creatividad no es mágica, sino producto de una recombinación. El cerebro no puede crear desde la nada absoluta, y la experiencia es nuestro almacén de materia prima: datos, sensaciones, fracasos y éxitos. Sin experiencia, la creatividad es una flecha sin arco; tiene el impulso, pero no tiene desde dónde dispararse.
Primero hay que hablar del lado B
Si bien puede considerarse que la experiencia es un tesoro, debemos tener en cuenta que también puede transformarse en un ancla que inmoviliza. Este fenómeno se ha definido, desde la psicología cognitiva y la gestión de talento, como ceguera del experto y es un sesgo cognitivo que se manifiesta cuando el cerebro deja de explorar soluciones nuevas para repetir procesos mentales ya consolidados (en su afán por la eficiencia energética). Al automatizar respuestas basadas en éxitos o fracasos pasados, perdemos la capacidad de asombro y, lo que es más grave, la flexibilidad ante el cambio.
Este estancamiento es precursor de la frustración. Uno de los síntomas más claros es refugiarnos en el lugar común de que las cosas siempre se hicieron de la misma manera, por ejemplo. Esta frase actúa como una barrera defensiva contra la incertidumbre y el miedo a los cambios, pero el problema surge cuando el entorno cambia y nuestras herramientas de siempre dejan de ser útiles: nos sentimos desactualizados y estresados.
Para evitar que nuestro bagaje nos hunda, debemos ejercitar la capacidad consciente de frenar la respuesta automática de la experiencia para dejar espacio para los pensamientos novedosos o disruptivos. La verdadera maestría no reside en saber todas las respuestas, sino en tener la agilidad emocional de soltar una vieja idea cuando la realidad exige una nueva dirección.
Por otro lado, si la experiencia sin creatividad nos estanca, la creatividad sin experiencia nos dispersa. Se trata del riesgo de generar un flujo incesante de ideas que, al carecer de un andamiaje técnico o de conocimientos previos sólidos, jamás logran materializarse. El cerebro agota sus recursos en la fase de ideación, pero fracasa en la ejecución, transformando la chispa creativa en simple ruido mental.
Desde la perspectiva del bienestar emocional, esta falta de foco tiene un costo altísimo: la ansiedad por falta de logro. En estas circunstancias, nos encontramos atrapados en un ciclo de comienzos perpetuos, donde la sensación de estar siempre "empezando de cero" erosiona nuestra autoconfianza. Sin el sustento de la experiencia para filtrar y priorizar, nuestro sistema cognitivo sufre de una sobrecarga que impide alcanzar la plenitud.
Para que la creatividad sea saludable, necesita los límites que solamente puede ser proporcionado por el conocimiento. La verdadera libertad creativa no nace de la ausencia de reglas, sino de poseer las herramientas técnicas suficientes para que una idea deje de ser un destello agotador y se convierta en un proyecto tangible y satisfactorio.
Eficiencia y resiliencia
El punto clave del vínculo entre la experiencia y la creatividad es la flexibilidad cognitiva. Parece que lo más apropiado es usar nuestra experiencia, pero no como un mapa inamovible, sino como un catálogo de piezas que podemos combinar y desarmar cada vez que lo deseemos o en cada oportunidad que la situación lo requiera.
El verdadero bienestar cognitivo no es el producto de una elección entre el saber y el inventar, sino el fruto de un vínculo armónico entre ambos. La experiencia aporta eficiencia: es nuestra biblioteca de patrones consolidados que nos permite navegar la realidad con un gasto energético mínimo. Al haber estado ahí antes, el cerebro reduce la respuesta de estrés ante lo desconocido, ya que cuenta con un repertorio de respuestas probadas. Esta predictibilidad es la base de nuestra seguridad y competencia técnica; es el suelo firme sobre el que nos paramos.
No obstante, cuando ese suelo se agrieta frente a problemas inéditos, la creatividad aporta resiliencia. Mientras que la experiencia puede decirnos que el camino está bloqueado porque los antecedentes así lo indican, la creatividad actúa como un sistema de navegación alternativo. Nos permite vulnerar nuestros propios sesgos y encontrar salidas laterales donde otros sólo ven muros.
Esta combinación es el antídoto contra el agotamiento. La experiencia nos da la calma de la pericia, y la creatividad nos da la esperanza del recurso. Juntas, transforman el obstáculo en un desafío estimulante, permitiéndonos avanzar no solo con la fuerza de lo aprendido, sino con la flexibilidad de lo posible.
Cuando nos forzamos a combinar el conocimiento y la información adquiridos a lo largo de nuestra vida de forma lúdica, activamos la neuroplasticidad, creando nuevas rutas sinápticas que literalmente rejuvenecen la arquitectura cerebral. Este ejercicio mental enriquece nuestra reserva cognitiva, ese capital de conexiones que actúa como el mejor blindaje frente al deterioro y el envejecimiento. El bienestar de nuestro cerebro depende de mantener una tensión saludable entre lo que ya dominamos y lo que nos atrevemos a imaginar.
Este equilibrio es la clave de la plenitud. El bienestar real surge de la competencia, nacida de una reconfortante sensación de ser capaces, sumada a la novedad de aquello que todavía puede sorprendernos. Sin competencia, hay ansiedad; sin novedad, hay tedio. Al unir ambas, transformamos la experiencia en un laboratorio vivo donde no solamente sobrevivimos o permanecemos, sino que florecemos.
Para tener en cuenta
No es necesario optar entre ser versados o creativos: tenemos la chance de ser expertos que se permiten jugar con lo que saben. La madurez emocional y la solidez cognitiva no implican que dejemos de divertirnos e innovar por haber aprendido, sino en usar todo lo aprendido para desarrollar nuestros talentos a un nivel mucho más profundo.
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