¿Cómo sobrevive la amistad en tiempos de adultez? Esto es lo que sostiene a los amigos de verdad

La manera en la que nos vinculamos con nuestros amigos cambia a medida que crecemos; sin embargo, eso no significa que los vínculos sean menos reales.

Amigas reunidas
Amigas se reúnen y conversan.
Foto: Magnific.

Un grupo de amigas en WhatsApp lleva tres semanas intentando coordinar una cena. Se proponen fechas, pero no coinciden: una tiene un viaje de trabajo, otra un casamiento, otra no consigue quién cuide al hijo. Todas tienen el deseo genuino de encontrarse y, sin embargo, la cena no sucede. Hay algo en esa escena que dice mucho sobre la amistad en la adultez.

De chicos no solo elegíamos a nuestros amigos, también nos los encontrábamos con frecuencia. El colegio, el club, las actividades, el barrio. Nos veíamos todos los días o todas las semanas, casi sin proponérnoslo. Los vínculos que generábamos eran una consecuencia de la rutina. No había que encontrar tiempo para los amigos: el tiempo ya estaba ahí.

La vida adulta desarma por completo ese escenario. Aparecen el trabajo, las parejas, en algunos casos los hijos, las mudanzas y las agendas que no siempre coinciden. La amistad, a diferencia de otros vínculos, no tiene ninguna institución ni mandato que la sostenga. Si una pareja pasa un mes sin verse, enseguida aparece la palabra “crisis”. Si dos amigos pasan ese mismo tiempo sin encontrarse, nadie supone que dejaron de quererse: la vida, simplemente, les pasó por encima.

Amigos
Amigos disfrutan de una reunión.
Foto: Magnific.

Quizás por eso resulte tan curiosa la palabra con la que los nombramos. Amigo viene del latín amicus, derivado de amare: amar. Mientras casi todas las palabras con las que nombramos vínculos describen una función —colega, socio, vecino, pareja—, “amigo” no nombra ninguna. Solo remite al amor.

Hace más de dos mil años, Aristóteles distinguía tres clases de amistad. Las de utilidad, que nos unen a alguien por lo que nos conviene: el colega que nos cubre, el contacto que abre una puerta. Las de placer, que nos unen por lo que nos divierte: el compañero de salidas, el del club, el que hace que la tarde pase mejor. Y las de virtud, en las que el otro no importa por lo que da ni por lo que entretiene, sino por lo que es. Las dos primeras dependen de una circunstancia y se terminan con ella. La última no: esa es la que perdura.

Visto así, crecer no nos saca amigos: nos muestra cuáles eran de la circunstancia y cuáles valían por la elección que hacíamos, por el vínculo genuino. Los de la circunstancia se terminan con ella —con el colegio que se acaba, con el trabajo que se deja, con el barrio del que nos mudamos—, y lo que se pierde no es el vínculo solamente sino el contexto que lo hacía posible. No nos quedamos sin amigos: nos quedamos sin recreo. Los otros, los que continúan en el tiempo, se reconocen por algo que ya no tiene que ver con la frecuencia ni el contexto: hay amigos a los que no vemos hace semanas y que, el día que se nos cae el mundo, sabemos que llamaremos antes de terminar de pensarlo.

Tomar el té
Grupo de amigas reunidas toman el té.
Foto: Freepik.

Durante un tiempo también me pregunté quiénes eran mis verdaderos amigos. Y la pregunta, en realidad, escondía otra: ¿con qué vara los estaba midiendo? Muchas veces el problema está ahí, en seguir midiendo los vínculos de ahora, con la unidad de los 17: vernos todos los días, contárnoslo todo a cada segundo. A veces se puede y a veces no. Eso es, quizás, lo que se aprende de adulto: que un vínculo convive con la posibilidad y con la imposibilidad, que hay momentos en que el otro no está como quiere sino como puede, y que a vos te pasa lo mismo. Crecer no es juntar más amigos: es dejar de contarlos y empezar a reconocer cuáles son de verdad. Ya no se trata de cuánto tiempo compartimos, sino de cómo lo compartimos.

El grupo de WhatsApp de las amigas, finalmente encuentra una fecha. La cena dura tres horas y nadie mira demasiado el teléfono; hay un encuentro real, deseado y genuino. De chicos, los amigos se hacían con el tiempo que sobraba; de grandes, se conservan robándole tiempo a todo lo demás. Un amigo ya no es alguien con quien te sobra el tiempo. Es alguien para quien te lo hacés.

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