Cómo impacta el estrés persistente en el cuerpo y por qué las vacaciones no bastan, según experta

El peligro de vivir en piloto automático y los efectos invisibles del estrés crónico: neurocientífica explica por qué el cerebro se adapta a la presión constante.

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Mujer estresada.
Foto: Canva.

No siempre el estrés se manifiesta como una crisis evidente. A veces aparece de manera gradual: cuesta concentrarse, disminuye la paciencia, la creatividad se vuelve más escasa y las decisiones parecen requerir un esfuerzo mayor. Para la neurocientífica canadiense Terrie Hope, este tipo de desgaste responde con frecuencia a una realidad cada vez más común: el estrés crónico.

Según explica, muchas personas logran sostener durante años ritmos de vida exigentes porque el cerebro desarrolla mecanismos de adaptación que permiten seguir funcionando aun cuando la presión es constante. El problema surge cuando esa capacidad de compensación alcanza un límite y aparecen cuadros de agotamiento profundo, conocidos como burnout.

Hope sostiene que el estrés no debería entenderse únicamente como una consecuencia de las circunstancias externas. A su juicio, interviene también la forma en que cada persona interpreta y experimenta lo que le ocurre. Una misma situación puede resultar altamente estresante para alguien y apenas representar una dificultad para otra persona.

Desde esta perspectiva, el estrés no sería una enfermedad en sí misma, sino una respuesta que se construye a partir de la relación entre las demandas del entorno y la manera en que cada individuo las afronta. Cuando esa respuesta se prolonga en el tiempo, el sistema nervioso permanece en estado de alerta durante períodos excesivamente largos.

Qué ocurre en el cerebro bajo estrés prolongado

La especialista señala que uno de los efectos más tempranos del estrés crónico es una activación persistente de los sistemas cerebrales relacionados con la vigilancia y la detección de amenazas. Con el tiempo, esta situación puede volver a las personas más reactivas y sensibles frente a nuevas fuentes de presión.

Además, diversos estudios han asociado el estrés sostenido con procesos inflamatorios que afectan tanto al cerebro como al sistema cardiovascular. Esta relación ha despertado un creciente interés científico debido a su posible vínculo con enfermedades crónicas y problemas de salud a largo plazo.

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Hombre estresado en el trabajo.
Foto: Free Range.

Otro aspecto especialmente relevante es el impacto del estrés crónico sobre las funciones ejecutivas, es decir, las capacidades mentales que permiten planificar, resolver problemas, concentrarse y tomar decisiones. Cuando los niveles de estrés son elevados durante mucho tiempo, estas funciones pueden deteriorarse y dificultar el rendimiento cotidiano.

Hope advierte que una de las consecuencias más frecuentes del estrés persistente es la desconexión progresiva de las actividades diarias. Muchas personas continúan cumpliendo con sus responsabilidades, pero lo hacen en una especie de “piloto automático”, con menor involucramiento emocional y menor capacidad de atención.

En el ámbito laboral, esta situación puede traducirse en una caída de la productividad, dificultades para mantener la concentración y una reducción del compromiso con las tareas. Según la especialista, el problema no radica necesariamente en la falta de motivación, sino en el desgaste acumulado que experimenta el sistema nervioso.

Una de las ideas que Hope cuestiona es la creencia de que unas vacaciones o unos días libres bastan para revertir los efectos del estrés crónico. Aunque el descanso puede generar alivio temporal, sostiene que los cambios producidos por períodos prolongados de tensión suelen requerir transformaciones más profundas en los hábitos, las relaciones y la forma de afrontar la vida cotidiana.

Por eso propone prestar atención a aquellas situaciones, vínculos o actividades que generan malestar recurrente. Identificar patrones que se repiten y evaluar su impacto emocional sería, según su enfoque, un paso importante para reducir el desgaste y recuperar bienestar.

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Mujer estresada.
Foto: Pxhere.

Una mirada controvertida sobre nuevas herramientas

Dentro de su trabajo, Hope también ha investigado técnicas alternativas orientadas a promover la relajación y la regulación del sistema nervioso, entre ellas Access Bars, una práctica que consiste en aplicar presiones suaves sobre puntos específicos de la cabeza.

La especialista afirma haber observado mejoras en indicadores relacionados con estrés, ansiedad y bienestar en algunos estudios realizados sobre esta técnica. Sin embargo, es importante señalar que Access Bars no cuenta actualmente con un respaldo científico amplio dentro de la comunidad médica y sus supuestos beneficios siguen siendo objeto de debate.

Más allá de las diferencias sobre determinados métodos, el eje central de la propuesta de Hope es replantear una cultura que suele valorar la productividad constante por encima del bienestar. Su planteo es que sostener durante años actividades, rutinas o relaciones que generan un desgaste permanente tiene consecuencias que van más allá del cansancio. El estrés acumulado puede afectar la salud física, el funcionamiento cognitivo y la calidad de vida.

Por eso insiste en la necesidad de desarrollar una mayor conciencia sobre aquello que aporta energía y aquello que la consume. En lugar de limitarse a resistir o seguir adelante a cualquier costo, propone construir formas de vida más compatibles con el equilibrio, la salud y la sostenibilidad a largo plazo.

Con base en La Nación/GDA

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