Durante años, los crucigramas, las sopas de letras y otros juegos mentales fueron considerados aliados casi indispensables para mantener el cerebro joven. La idea de que resolver acertijos protege de forma directa contra el deterioro cognitivo está profundamente instalada en el imaginario colectivo. Sin embargo, los especialistas advierten que la realidad es bastante más compleja.
Diversas investigaciones muestran que las personas que realizan este tipo de actividades suelen exhibir un mejor rendimiento cognitivo en la vejez. El problema es que eso no necesariamente significa que los crucigramas sean la causa de esa ventaja.
Según explican expertos en neurología preventiva, quienes disfrutan de los juegos de palabras suelen presentar características que, por sí mismas, ya están asociadas a una menor probabilidad de desarrollar demencia. Entre ellas se encuentran un mayor nivel educativo y una mejor capacidad verbal, factores que contribuyen a construir una mayor protección cognitiva a lo largo de la vida.
Además, para que una actividad estimule realmente al cerebro necesita representar un desafío. Cuando una tarea se vuelve rutinaria y predecible, pierde gran parte de su capacidad para activar nuevos circuitos neuronales. En otras palabras, completar siempre los mismos ejercicios puede terminar siendo menos beneficioso de lo que se cree.
La investigación científica sí ha encontrado algunos efectos positivos. Un trabajo publicado en NEJM Evidence observó mejoras cognitivas en personas con deterioro cognitivo leve que realizaron crucigramas durante 12 semanas. Sin embargo, los propios especialistas consideran que los avances fueron moderados y no suficientes para considerar a estos juegos una herramienta preventiva decisiva.
Por otro lado, estudios poblacionales que analizaron a miles de participantes hallaron que quienes practican crucigramas, juegos de mesa u otras actividades intelectuales suelen obtener mejores resultados en pruebas de memoria y razonamiento. Aun así, los investigadores insisten en distinguir entre asociación y causalidad: que dos fenómenos aparezcan juntos no implica necesariamente que uno provoque al otro.
Esta diferencia resulta especialmente importante si se considera que los principales factores de riesgo modificables para la demencia identificados por la comunidad científica son otros. Entre ellos figuran el tabaquismo, la obesidad, la hipertensión arterial, la diabetes tipo 2, la pérdida auditiva, el aislamiento social y un bajo nivel educativo en etapas tempranas de la vida.
El hábito que más protege al cerebro
Si existe una estrategia respaldada de manera consistente por la evidencia científica, esa es la actividad física regular. Los especialistas coinciden en que el ejercicio constituye una de las herramientas más eficaces para preservar la salud cerebral durante el envejecimiento. Mantenerse activo favorece la circulación sanguínea, mejora el control metabólico y beneficia especialmente al hipocampo, una región fundamental para la memoria y el aprendizaje.
Además, la actividad física estimula la producción de una proteína conocida como BDNF, vinculada al crecimiento, mantenimiento y adaptación de las neuronas. Gracias a este mecanismo, el cerebro conserva una mayor capacidad para generar nuevas conexiones y responder a los desafíos cognitivos.
Los estudios muestran que los adultos mayores físicamente activos suelen obtener mejores resultados en pruebas de memoria, atención y función ejecutiva que las personas sedentarias.
La importancia de la reserva cognitiva
Los neurólogos explican que una de las claves para comprender por qué algunas personas mantienen una buena capacidad mental durante más tiempo es el concepto de reserva cognitiva. Esta reserva funciona como una especie de margen de adaptación que permite al cerebro seguir operando eficazmente pese al envejecimiento o a la aparición de ciertas enfermedades. Cuanto más sólida sea, mayores serán las posibilidades de compensar daños o cambios estructurales.
Investigaciones realizadas desde hace décadas muestran que algunas personas pueden presentar alteraciones cerebrales asociadas al deterioro cognitivo sin manifestar síntomas durante años gracias a esa capacidad de compensación.
Por eso, los especialistas recomiendan evitar la monotonía intelectual. Más que repetir una única actividad, resulta conveniente combinar distintos estímulos: aprender habilidades nuevas, leer, mantener relaciones sociales activas, practicar ejercicio físico y exponerse a desafíos variados.
Los crucigramas pueden formar parte de esa estrategia, pero difícilmente constituyan la pieza central. La evidencia actual sugiere que la mejor protección para el cerebro surge de un enfoque amplio, donde la actividad física, la vida social, el aprendizaje continuo y los hábitos saludables desempeñan un papel mucho más relevante que cualquier pasatiempo por sí solo.
Con base en El Tiempo/GDA