Aunque no haya un peligro concreto a la vista, muchas personas sienten que el cuerpo sigue en guardia: tensión muscular, respiración corta, cansancio que no se va ni después de dormir. Para la médica psiquiatra Marian Rojas Estapé, una de las claves está en cómo funciona el cerebro frente al estrés y la amenaza.
En un video reciente que compartió en sus redes sociales, la especialista indicó: “El cerebro no distingue entre una amenaza real, una amenaza imaginaria y aquello a lo que me quedo enganchado en la mente”. Esa confusión explica por qué, incluso cuando todo parece estar bajo control, el cuerpo sigue activado. Desde el punto de vista biológico, da lo mismo un problema concreto que una preocupación anticipada o un pensamiento repetido: si la mente lo vive como peligro, el organismo reacciona.
El cuerpo, explica Rojas Estapé, responde a lo que la mente repite y a aquello a lo que le prestamos atención. Si el foco está constantemente puesto en escenarios negativos, pendientes sin resolver o noticias alarmantes, el sistema nervioso interpreta que hay una amenaza constante. El resultado es un estado de alerta sostenido que, con el tiempo, agota.
Cuando el descanso no alcanza
Uno de los conceptos centrales que plantea la psiquiatra es que descansar no es solo dormir. Dormir es fundamental, pero no siempre suficiente para que el cuerpo baje revoluciones. “Hay que aprender a bajar el nivel de alerta”, señaló. Y eso implica algo más profundo que apagar la luz y cerrar los ojos.
Muchas personas duermen ocho horas y aun así se levantan cansadas. La explicación puede estar en que el cerebro nunca salió del “modo supervivencia”. La hipervigilancia —ese estado en el que estamos atentos a todo, anticipando problemas— impide una recuperación real. El cuerpo descansa cuando percibe seguridad, no solo cuando se detiene la actividad física.
La especialista también pone el foco en un fenómeno cada vez más común: quedarse enganchados en la mente. Pensamientos circulares, repasos constantes del pasado o preocupaciones por el futuro mantienen activo el eje del estrés. Aunque la situación externa sea tranquila, el diálogo interno puede estar cargado de exigencia, miedo o urgencia.
Desde la psicología, esto se conoce como rumiación o anticipación ansiosa. El cerebro, diseñado para protegernos, no apaga la alarma si siente que hay algo pendiente de resolver. Por eso, el cuerpo responde con cortisol, adrenalina y tensión, aun en contextos seguros.
Aprender a bajar la guardia
Entonces, ¿cómo se baja el nivel de alerta? Es importante entrenar la atención y la calma. No se trata de eliminar los problemas ni de forzar pensamientos positivos, sino de enseñar al cerebro que no todo es una amenaza.
Prácticas como la respiración consciente, el contacto con la naturaleza, el ejercicio moderado o la meditación ayudan a enviar señales de seguridad al sistema nervioso. También lo hace limitar la sobreexposición a pantallas y noticias, y poner límites a la autoexigencia constante.
Otro punto clave es recuperar espacios de disfrute real: conversaciones sin apuro, actividades creativas, momentos de silencio. Cuando la mente se enfoca en el presente sin juicio, el cuerpo entiende que puede relajarse.
Entender que no todo pensamiento merece nuestra atención y que no toda preocupación es una amenaza real puede ser el primer paso. Porque mientras la mente viva en emergencia, el cuerpo seguirá actuando en consecuencia. Y aprender a descansar —de verdad— también es una forma de cuidarnos.
-
El uruguayo que llegó a las "Olimpíadas del arte" en China con una obra que invita a sanar: "Expresarnos es liberador"
Qué hay detrás del miedo a avanzar en los vínculos y construir una relación de pareja, según la psicología
Séneca y la virtud femenina, una mirada estoica que desafió prejuicios en la antigua Roma