Las primeras impresiones suelen estar teñidas de prejuicios; especialmente, cuando se trata de personas en situación de discapacidad. La mirada ajena se detiene en lo que falta: las limitaciones, las dudas, los noes. El instructor de yoga Gerardo Pereyra, que casi no ve, busca desarmar esa idea.
Nació con una dificultad visual que se acrecentó con el tiempo y hoy —a sus 57 años— se moviliza como una persona sin visión. Estudió yoga y fundó el Centro Escuela Yoga Esencial, donde no solo enseña técnicas y posturas, sino, sobre todo, un camino de búsqueda interior y desarrollo personal enfocado en la empatía, la unión y la libertad de consciencia.
— ¿Cómo llegó el yoga a tu vida?
— Todo empezó en la adolescencia, a los 15 o 16 años. Tenía un compañero que había entrado en el tema de la meditación; fui con él a algunas clases y también solía escuchar programas de radio que hablaban sobre la filosofía del yoga. Tiempo después, ingresé en el Centro de Rehabilitación para Personas Ciegas y de Baja Visión Tiburcio Cachón y un día llegó un llamado para formarse como instructor de yoga. Como me gustaban los deportes, sugirieron que me presentara. Y ahí arranqué.
— ¿Qué te atrajo de esta práctica cuando eras adolescente?
— Más que la parte psicofísica, me llamó la atención lo que hay detrás: el trato con las personas, la autoobservación, el desarrollo de disciplina, la búsqueda de manifestar la mayor libertad posible. El yoga puede definirse como la máxima expresión de la libertad de consciencia y eso no se logra solo con ejercicios físicos. Hay algo más. Es un desafío, pero en esa búsqueda uno se convierte en una persona más armoniosa, centrada, calma y generosa, y eso no tiene precio.
— Se dice que la falta de visión aumenta la percepción a través de otros sentidos. ¿Es así? ¿Eso impacta en tu práctica de yoga?
— No necesariamente. No desarrollamos una cualidad especial como si fuera un superpoder, pero sí la capacidad de movernos en la vida con determinada característica. No es que oigamos más, sino que podemos prestarle más atención a la audición. Lo mismo con la percepción táctil, aunque el tacto siga siendo el mismo. Puede pasar que uno no se banque la pérdida de visión y se deprima, o puede pasar lo contrario y tener una vida lo más natural posible.
— ¿El yoga puede hacer algo ahí?
— Sí, mucho. Primero, desde lo físico, porque para una persona que tiene una limitación sensorial, el aumento de la sensibilidad es muy importante. De hecho, el Día Internacional del Yoga —21 de junio— daré una charla que propone, justamente, cambiar la mirada sobre las diferencias y entender que lo que muchas veces vemos como limitaciones, en realidad no son tales. Buena parte de lo que llamamos ‘discapacidad’ no es tal.
— ¿Alguna vez te cuestionaste o te cuestionaron si podías enseñar yoga sin ver?
— Siempre soy cuestionado. Por suerte, son más los éxitos que los fracasos; pero, aun así, hay gente que no aguanta la situación. Cuando alguien llega a mis clases, se genera una incomodidad. Yo, por supuesto, me relajo, e internamente hasta me genera un poco de gracia. Pero siempre soy medido con una vara más alta que la del resto. No obstante, eso hace que el nivel de mi trabajo sea superlativo. Y una vez que la persona supera esa primera instancia, se da cuenta de que aquello que vino a buscar está de otra manera, y potenciado.
— ¿Cómo podemos evitar estos cuestionamientos?
— Leer esta entrevista. Informarse. Charlar en vez de suponer. Romper prejuicios y preconceptos. En lugar de partir de una limitante, ver lo que la persona sí puede hacer. Potenciar los dones, no las diferencias. Es eso —los dones— lo que realmente nos define como personas.
— Esto aplica para todo aquel que cree que no puede hacer yoga, ¿no?
— Exactamente. Quizás uno cree que no tiene flexibilidad, pero llega a la clase y no solo se siente bien, sino que también se da cuenta de que la falta de flexibilidad estaba solo en su mente. O que tiene otras fortalezas, como el equilibrio, y desde esa capacidad logra potenciar su flexibilidad. Es una búsqueda interior que se logra a través del camino del yoga.
— Hablando de prejuicios, ¿cómo corregís a tus alumnos sin ver sus posturas?
— Confío plenamente en mi oratoria. Las explicaciones que recibí cuando me formé como instructor fueron distintas a las que se dan normalmente y eso me permitió desarrollar una precisión técnica que pocos profesores tienen. Mis alumnos ni siquiera precisan verme para entender cómo hacer las posturas. Y siempre que alguno tiene una duda, me consulta y lo resolvemos.
— ¿Qué podemos ver con el yoga que no vemos con los ojos?
— No puedo responder por todos porque quizás la respuesta de otra persona no tenga nada que ver con la mía. O quizás sí. Pero lo que sé es que el yoga nos permite ver aquello que une a todos los seres vivos.
La escuela de yoga y un libro para pensar
Gerardo Pereyra fundó el Centro Escuela Yoga Esencial, un espacio dedicado al Yoga Integral tanto para quienes buscan expansión y bienestar como para quienes, además, quieren formarse como instructores y profesores de esta técnica.
“Nuestro aporte no es solo desde lo técnico, sino también desde lo conceptual para que los profesionales sean agentes de cambio”, sostuvo. La escuela está ubicada en el Centro de Montevideo y hay clases para todas las edades.
Además, escribió el libro Yoga, tu gran oportunidad. Más que una guía de ejercicios, la obra habla de inclusión, meditación y procesos de creación, y reflexiona sobre el karma y los ocho grados del yoga clásico, entre otros aspectos. Dará una conferencia en el Día Internacional del Yoga, que se celebra cada 21 de junio.