Con la llegada de la maternidad es muy común que la vida sexual se vea afectada, pero es algo de lo que casi no se habla. En paralelo a la nueva organización familiar con los tiempos que demanda el bebé —una nueva rutina que, en general, no da respiro—, una parte importante de la mujer, la del deseo sexual, queda postergada y silenciada.
Ya sabemos que la maternidad implica una transformación profunda tanto para el cuerpo físico como para la mente. Cambia la forma en la que experimentamos las emociones y nos vinculamos con los demás. El foco ya dejó de estar sobre una misma y se corrió hacia un “nosotros”, provocando que la propia identidad —y, dentro de ella, la sexualidad— quede momentáneamente desplazada.
El deseo no es inmediato, es proceso
En este contexto, hay que entender que el deseo no es inmediato (sino un proceso de cambio profundo) y que en esta etapa es mucho más difícil que aparezca de manera espontánea. Ahora necesita determinadas condiciones: descanso, espacio mental, conexión con el propio cuerpo y la posibilidad de salir, aunque sea por momentos, del estado de alerta constante.
Muchas madres se acercan al Museo de la Vulva en Buenos Aires diciendo “no tengo ganas”, pero, cuando empezamos a profundizar, lo que aparece no es una falta de deseo, sino agotamiento, sobrecarga y una desconexión progresiva de su propio cuerpo. Estar todo el día disponible para sus hijos las deja sin espacio para registrarse.
“Llegó a la noche y no quiero que nadie más me toque”, “siento que mi cuerpo ya no es mío”, “estoy en el momento, pero mi cabeza sigue en todo lo que falta”, dicen, mostrando que no se trata de rechazo hacia la pareja, sino de una mente que no logra salir del “modo funcional” y un cuerpo que no encuentra condiciones para entregarse.
Cuando la mente no se apaga, el cuerpo no responde, y eso no tiene que ver con falta de deseo, sino con un contexto donde el cansancio, la carga mental y la demanda constante ocupan todo el espacio disponible.
El erotismo también se construye
Es importante reconocer que el erotismo no se pierde, sino que deja de construirse, y en la maternidad esto sucede muchas veces sin darnos cuenta por falta de espacio personal. También influyen los mandatos que asocian la idea de “buena madre” con una mujer que deja en segundo plano su deseo, como si ser madre y mujer conectada con su sexualidad fueran aspectos incompatibles.
Por eso, más que “recuperar” algo que se perdió, se trata de construir una nueva forma de conexión con una misma, entendiendo que el deseo no se activa desde la exigencia, sino desde pequeños espacios donde la mujer pueda volver a sentirse propia.
Aceptar que puede existir una disonancia en el deseo en esta etapa —y que es completamente normal, además de vivirse de manera diferente y particular en cada mujer— también es parte del proceso, porque desde ese registro es posible generar cambios reales y sostenibles.
Darse espacios propios, volver a priorizarse, reconectar con el cuerpo desde lugares simples —como elegir una lencería que haga sentir bien—, disponer de momentos sin demanda externa o simplemente correrse por un rato del rol de cuidado constante, no es un lujo ni un acto egoísta, sino una forma de volver a habitarse.
Cuando baja la presión, hay más acompañamiento y la carga deja de recaer solo en un lado, el deseo encuentra lugar para regresar. Ya no como una obligación, sino como una feliz consecuencia.
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