La revelación de Harvard que desarticula un mito: por qué ser feliz no es lo mismo que vivir en bienestar

Harvard confirmó que una sociedad puede declararse "feliz" y tener déficits. Te acerco 4 claves para construir un bienestar más profundo que la simple felicidad, integrando salud, vínculos y propósito.

Felicidad.
Persona salta de felicidad.
Foto: Archivo El País.

Hablar de bienestar —ese equilibrio que muchas veces buscamos sin saber muy bien por dónde empezar— exige más que enumerar hábitos o repetir frases motivacionales. Exige rigor, honestidad y una mirada que combine experiencia clínica con evidencia científica.

En los últimos años, uno de los avances más interesantes en este campo es el Global Learning Study de la Universidad de Harvard, un estudio longitudinal que evaluó a más de 200.000 personas en 22 países. Su principal conclusión es tan simple como profunda: la felicidad no alcanza para describir lo que nos permite vivir plenamente. Una sociedad puede declararse “feliz” y, sin embargo, mostrar déficits en salud, vínculos, seguridad o proyección vital. El bienestar, en cambio, integra todas esas dimensiones y refleja una manera de habitar la vida.

Esa idea guía mi práctica clínica desde hace tiempo. El bienestar no es un objetivo rígido; es un proceso. No se trata de encontrar una vida sin obstáculos —algo imposible—, sino de desarrollar una forma más consciente y saludable de interpretar lo que nos sucede. Cuando entendemos que el bienestar no depende de que todo salga bien, sino de cómo nos relacionamos con lo que no sale como esperábamos, se abre un camino nuevo: más realista, más sostenible y, sobre todo, más humano.

A partir de esa mirada, quiero compartir las claves que considero fundamentales para construir un bienestar profundo, posible y duradero.

1. Aceptar que el bienestar convive con el conflicto

Hay una expectativa silenciosa, casi cultural, de que para sentirnos en equilibrio todo debería estar ordenado. Pero la vida real se parece muy poco a esa pretensión. Siempre habrá incertidumbre, pérdidas, frustraciones y momentos difíciles. Negarlos solo aumenta el sufrimiento.

El bienestar comienza cuando dejamos de luchar contra la realidad y decidimos regular, comprender y acompañar lo que sentimos, en lugar de exigirnos perfección. No buscamos eliminar la incomodidad, sino integrarla sin perdernos en ella.

amigos
Triay, Emilia

2. Encontrar una pasión que dé sentido y dirección

Una de las conclusiones más potentes del estudio de Harvard es que el desarrollo intelectual, profesional o creativo genera niveles de bienestar comparables a los que provoca la maternidad o la paternidad.

¿Por qué? Porque cuando una persona encuentra una actividad que la estimula, que la desafía y la conecta con un propósito, experimenta una sensación de dirección interna muy poderosa. Puede ser un trabajo, una investigación, un proyecto personal, un hobby. Lo importante no es la forma, sino la vivencia: sentirse vivo, útil, en crecimiento.

3. Sanar lo pendiente para liberar espacio emocional

Muchas veces el bienestar no se bloquea por lo que vivimos hoy, sino por lo que todavía arrastramos. Heridas de la infancia, dudas que se instalaron en la adolescencia, experiencias dolorosas que no terminamos de procesar. Reconocerlas no es fácil; sanarlas, menos. Pero es necesario. A veces podemos hacerlo solos; otras, necesitamos apoyo profesional.

En ambos casos, el perdón —hacia uno mismo y hacia los demás— es una herramienta transformadora. Perdonar no es olvidar ni justificar: es dejar de cargar con una historia que ya no necesitamos sostener.

Familia
Turismo en familia.
Foto: Freepik.

4. Cultivar vínculos que nos sostengan de verdad

El bienestar tiene una dimensión social ineludible. Ninguno de nosotros está diseñado para vivir solo, emocionalmente hablando. Personas con quienes hablar sin máscaras, amistades que combinan humor y profundidad, vínculos que habilitan la confianza y la vulnerabilidad: todo eso construye un sostén interno muy difícil de reemplazar.

La neurociencia lo demuestra con claridad: las relaciones significativas liberan neurotransmisores que reducen el estrés y aumentan la sensación de equilibrio. Un vínculo sano vale más que cualquier truco rápido para “sentirse bien”.

Un cambio de paradigma

El bienestar no es un estado perfecto ni una meta que se alcanza una sola vez. Es una práctica diaria: revisar expectativas, soltar exigencias extremas, pedir ayuda cuando hace falta, permitirnos disfrutar sin culpa, tratarnos con más amabilidad. No se trata de ser infalibles, sino de ser conscientes.

Como psicóloga clínica adhiero totalmente a este concepto y lo pongo en práctica con mis pacientes. A ellos les resulta mucho más amigable y alcanzable hablar de bienestar que de felicidad. Muchas veces el cambio de un vocablo genera un impacto diferente en el paciente; hay palabras que tienen una carga afectiva mayor y de ese modo al término bienestar es percibido como algo más posible, independientemente de que siendo estrictos se trata de algo con mayor complejidad porque contempla otras dimensiones.

Si estas reflexiones te resuenan, te invito a seguir profundizando. Cada pequeño paso hacia el bienestar cuenta, incluso aquellos que parecen modestos. Lo fundamental es empezar.

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