Pocas figuras históricas lograron entender el concepto de liderazgo como lo hizo el conquistador Alejandro Magno, y gracias a ello logró convertirse en uno de los militares más exitosos. Su interpretación sobre la importancia de tener un mandatario fuerte y con convicciones bien definidas dentro de cualquier organización se puede sintetizar en una frase célebre que se le atribuye: "No temo a un ejército de leones dirigido por una oveja; temo a un ejército de ovejas dirigido por un león". Esa lección forma parte del legado del estratega militar, y mantiene su vigencia incluso en tiempos modernos.
Alejandro III de Macedonia (356 a.C. — 323 a.C.), también conocido como Alejandro el Grande, es considerado uno de los generales más eficaces de la historia, y prueba de ello fue la rápida expansión de su dominio en partes de Europa, África y Asia. Sin embargo, su capacidad de liderazgo se refleja también en anécdotas que ilustran su personalidad y su habilidad para tomar decisiones correctas e inspirar respeto a través del ejemplo.
El soberano del antiguo reino griego de Macedonia se distinguía, según relata La Nación (GDA), por su solidaridad con sus soldados, siendo el primero en cargar contra el enemigo y el último en retirarse, incluso hasta su última batalla. En una ocasión, casi muerto de sed mientras cruzaba un desierto junto a sus dirigidos, se negó a tomar de las últimas reservas de agua afirmando: "Si no hay para mis hombres, tampoco hay para mí", cuenta la misma narración.
La importancia del liderazgo para conducir a un grupo
Al asegurar no temer a un ejército de leones conducidos por una oveja, sino a un ejército de ovejas dirigido por un león, Alejandro Magno intentaba explicar que la calidad de un líder es determinante para el éxito de un grupo de personas. El sucesor de Filipo II opinaba que un líder capaz, con una visión bien firme, puede transformar a un grupo ordinario en uno extraordinario, según el paper Alejando el Grande: liderazgo y legado.
Este concepto continúa siendo valioso en la actualidad en áreas tan distintas como el mundo empresarial o la política. Expertos en liderazgo coinciden en que saber motivar y cohesionar a un equipo es tan relevante como las habilidades individuales de cada uno de sus miembros.
Vivir bajo esa consigna fue lo que llevó a Alejandro a catapultarse a lo más alto, ganándose la confianza y lealtad de sus tropas, indica la misma fuente académica. Logró inspirar a sus soldados hasta convertirlos en una fuerza implacable que conquistó el mundo y destruyó al invencible imperio persa cuando él tenía tan solo 32 años. Llegó a ser rey de los griegos, faraón en Egipto y soberano de toda Persia y parte de la India, según La Nación.
Victorias militares clave de Alejandro Magno
Los triunfos bélicos que demostraron cuán efectivo era Alejandro liderando un ejército son probablemente la Batalla de Issos y el Sitio de Tiro. La Liga de Corinto, liderada por el emperador, chocó en Issos con el imperio persa el 5 de noviembre del 333 a.C. y lo derrotó de manera aplastante a pesar de una inferioridad numérica, haciendo huir al rey persa Darío III.
Poco después, en enero del año 332 a.C., según narra National Geographic, se presentó ante las puertas de la ciudad más rica y poderosa de Fenicia: Tiro. Ante la resistencia que presentaron los tirios, Alejandro y sus tropas establecieron un asedio de ocho meses, finalmente haciendo caer a una ciudad casi imbatible y logrando una victoria clave que le permitió eliminar el control del mar a los persas.
A pesar del éxito militar de Alejandro y su capacidad para liderar a un ejército en gestas exitosas, sus defectos fueron poco a poco marcando su declive.
Los errores que llevaron a la caída
Su exceso de ambición y alcoholismo fueron causantes de catástrofes impulsadas por el general. En 328 a.C. ya se habían visto estos destellos de tiranía. El rey, traicionando a los principios que lo habían llevado a la cima, mató a su general y amigo Clito el Negro en un ataque de ira, tras una discusión influenciada por el alcohol.
La bebida también estuvo presente en su último día de vida. El 2 de junio de 323 AC, Alejandro estaba en el Palacio de Nabucodonosor II, en Babilonia, disfrutando de un banquete que había ofrecido su amigo Medeas de Larisa. En medio de la borrachera, los que lo rodeaban lo incitaron a tomar la Copa de Hércules, narra La Nación. Él la bebió toda, muerto de calor, se tira a un río helado y, al salir, siente como si una flecha le perforara el hígado.
De acuerdo con el relato de Arriano, durante casi dos semanas sufrió fiebre elevada, escalofríos y un cansancio generalizado, además de un intenso dolor abdominal, náuseas y vómitos. Quedó postrado y, con el correr de los días, perdió el habla. Finalmente, el 13 de junio, a poco más de un mes de cumplir 33 años, falleció. El mayor conquistador de su tiempo habría precipitado su propia muerte al beber de la llamada “jarra loca”.
Sin embargo, más allá del hecho puntual que habría desencadenado su muerte, algunos investigadores proponen interpretaciones más simbólicas para explicar su final. Según esta mirada, Alejandro murió víctima de la incomprensión: quien se creía invencible y casi divino no logró aceptar que, en determinado momento, su propio ejército se negara a continuar con la expansión sin límites y le exigiera poner fin a las conquistas.
Legado de Alejandro Magno
Más allá de su corta vida y las fallas que precipitaron su final, la influencia de Alejandro Magno en la historia de la humanidad es innegable. Sigue siendo considerado un genio militar y un líder visionario que ayudó a difundir la cultura griega y sus ideas en todo el planeta. Esto abrió camino a la influencia de Grecia en las civilizaciones posteriores por cientos de años.
Además, no solo fundó decenas de ciudades a través de sus conquistas, sino que fue la inspiración de decenas de estadistas y estrategas que aprendieron de sus lecciones en la posteridad.