La inteligencia artificial está transformando el mundo de la comunicación, el trabajo y la vida cotidiana, pero para Mario Pergolini el verdadero desafío no pasa por dominar las nuevas herramientas, sino por saber qué hacer con ellas. “La vanguardia ya no es tener acceso, es saber qué hacer con eso. Gana el que tiene criterio, mirada, oficio”, asegura el conductor argentino, que nunca dejó de explorar nuevos caminos en los medios y la tecnología.
El próximo 11 de noviembre, Pergolini llegará a Uruguay para protagonizar un conversatorio en Movie Montevideo, organizado por Bliss, la agencia de conocimiento dirigida por Verónica Cataldi y Fabiana Iaccarino. En diálogo con Pablo Marqués, presidente de Grupo Punto, abordará los desafíos de la IA, la tecnología y la comunicación. Emprendedor incansable, el creador de CQC y actual conductor de Otro día perdido también participa en proyectos tecnológicos como Ato, un dispositivo de IA diseñado para acompañar a personas mayores que viven solas.
-Durante buena parte de tu carrera estuviste asociado a la innovación. Hoy, con la IA avanzando a una velocidad impresionante, ¿qué lugar sentís que se puede ocupar para ir a la vanguardia?
-Nunca fui “innovador” porque me lo haya propuesto. Todo se da porque siempre fui curioso y porque me aburría hacer lo mismo que los demás. En los 90’s nos pasamos semanas intentando que arrancara una máquina de edición digital que nadie sabía usar. Cuando la hicimos funcionar, El Rayo y CQC terminaron viéndose distinto a todo lo que había. No era genialidad: era meter las manos en el barro y ensuciarse. Con la IA pasa lo mismo, pero con una diferencia enorme: hoy la herramienta la tiene todo el mundo. Entonces la vanguardia ya no es tener acceso, es saber qué hacer con eso. Si todos usan la IA sin saber nada antes, el resultado es marrón, todo igual. Ahí vuelve a ganar el que tiene criterio, mirada, oficio. Lo importante no es fabricar el martillo, sino ser el que mejor lo usa.
-¿La televisión tiene futuro tal como la conocemos o está condenada a ser un medio cada vez menos relevante?
-Yo soy el que inventó la frase “la televisión está muerta”, y la sigo sosteniendo. Lo gracioso es que la digo desde adentro de un estudio de El Trece, de traje y con anteojos negros. Pero las dos cosas son verdad. La televisión como la conocíamos, la que le hablaba a todo el país a la misma hora, ya no existe. Hoy le hablás a un segmento chico. Las audiencias ya no vienen a nosotros: tenemos que ir nosotros a buscarlas. Mucha gente ve nuestro programa en YouTube, en recortes y en redes, además de quienes lo siguen por televisión. Entonces, ¿tiene futuro? Como pantalla, sí. Como dueña de la conversación, no. Lo que sobrevive es el contenido bien hecho que sabe viajar a todos lados. Antes la publicidad gritaba; hoy te susurra al oído. La tele que entienda eso va a seguir. La que espere que la gente se siente a las diez y media a mirarla, se va a ir apagando despacito.
-Al volver con Otro día perdido dijiste que volvías para “recuperar cierta cosita especial que tuvo la TV abierta”. ¿Qué “cosita” había perdido el medio-?
La cosita era la sorpresa. Había una época en que prendías la tele de noche y no sabías qué iba a pasar. Había gente pensando ideas propias, probando, equivocándose al aire. Después los canales se pusieron a comprar formatos de afuera, a repetir lo que ya funcionaba, y eso es de vagos: pensar no es tan difícil. También se perdió la calidez de juntarse. El late night tiene eso: una banda, gente en la tribuna, un invitado que viene a charlar y no a pelearse. En un momento donde todo el mundo grita, nos pareció que había lugar para una conversación con humor y con cierta elegancia. Y ojo, no volví porque la tele me necesitara ni porque yo la extrañara. Volví para ver si se podía. Y parece que se puede…
-Otro día perdido es muy seguido en Uruguay. ¿Cuáles son las principales claves del programa?
-Primero, que no intento ser el de CQC. No tiene sentido ser igual a los 60 que a los 40. Hacer un programa para que el invitado se sienta incómodo ya lo hice, y en su momento me encantó, pero hoy sería ridículo. La esencia está, me sigue gustando picantear, pero el invitado viene a pasarla bien. Segundo, el equipo. Rada, Evelyn, la banda, gente que viene del stand up y de las redes, que tiene otro timing. Yo soy un poco el que ordena el tránsito. Tercero, que el programa no está pensado únicamente para la tele, está concebido para cortarse y viajar. Por eso mucha gente nos ve en YouTube, en un recorte que les mandó un amigo por WhatsApp. Eso para mí es la prueba de que el contenido manda, no solo el medio. Y a los uruguayos que nos siguen les agradezco. Me alegra que el programa también encuentre su público ahí.
-Cuando apostaste por lo digital, muchos no entendían hacia dónde iba la comunicación. ¿Pasa algo parecido con la IA?
-Diría que parecido, pero en realidad al revés. Con lo digital, la gente no le daba bola. Con la IA, todo el mundo cree que se está quedando atrás y sale corriendo a comprar cualquier cosa. Es como cuando todos decían “hay que hacer streaming” y terminabas con radios que eran una cámara de seguridad apuntándole a un señor que no necesitaba ser visto. Ahora, ¿estamos subestimando la magnitud? Sí. Pero no por la herramienta, sino por lo que viene después. Esto avanza más rápido de lo que pensábamos hace dos años. No sé si va a ser mejor o peor; sé que va a ser muy distinto. Cómo se reparte el ingreso, qué hacemos con el tiempo libre, cómo cuidamos a una población cada vez más vieja, qué le enseñamos a los chicos. Esas preguntas no las está contestando nadie, y los chicos ya van mucho más rápido que las instituciones. O sea: sobreestimamos la herramienta y subestimamos el cambio.
-La IA ya produce artículos, imágenes, videos y recrea voces. ¿Qué lugar les va a quedar a periodistas, conductores y creadores de contenido?
-Yo hace años vengo trabajando en metahumanos, presentadores sintéticos que me podrían reemplazar mañana. Así que no te voy a decir que no pasa nada. A veces cuesta notar la diferencia entre un humano sintético y uno real. Hoy se pueden producir imágenes y escenas que antes exigían presupuestos enormes. Ya hay canciones generadas con IA que llegaron a listas específicas de Billboard. Pero fijate lo que eso implica: si producir cuesta mucho menos, lo que vale es la mirada. Los buenos, los disruptivos, van a estar mejor que nunca, porque tienen un estudio entero en la computadora. Los que hacían lo mismo que todos, esos sí tienen un problema. Para el periodismo hay algo más serio: de acá a muy poco no vamos a saber qué es real. Ahí el periodista que tiene credibilidad, que pone la cara y que chequea, vale más, no menos. El problema nunca fue la tecnología. Siempre es más aterrador el humano que la tecnología.
-Hay quienes dicen que la IA no va a reemplazar a los trabajadores, sino a los que no sepan usarla. ¿Compartís esa visión?
-Es una frase linda para un PowerPoint, pero es media verdad. La IA va a ocupar lugares, y ya los está ocupando. La automatización ya eliminó funciones completas en las cabinas de los aviones. En la radio pasó con los operadores y con los locutores. Lo que más me preocupa es el primer escalón. El pibe que salía de Derecho y entraba a un estudio a buscar expedientes: eso hoy la IA lo hace en segundos y hasta te lo compara. Y cuando la IA tenga cuerpo, con robots que no solo hablan sino que mueven cosas, le va a tocar al trabajo básico de la industria. Al mismo tiempo no están naciendo chicos. Vamos a tener menos operarios y más viejos que cuidar. Es una mezcla de tecnología, filosofía y cuestión social como nunca vimos. Entonces sí: saber usarla te salva a vos, pero no resuelve el problema de todos. Eso lo tenemos que pensar entre empresas, Estado y educación.
-¿Qué te sigue motivando a emprender y experimentar? ¿Curiosidad, inconformismo o miedo a quedarte atrás?
Curiosidad, sin duda. Miedo a quedarme atrás, no: a esta altura ya me quedé atrás en un montón de cosas y no pasa nada. Lo que no me banco es aburrirme. A los 16 falté quince días al colegio para recorrer radios hasta que alguien me dejó entrar. A los 18 armamos con unos amigos la primera radio trucha, un BBS, y varias cosas más. Más adelante empecé una de las primeras productoras independientes de Argentina. Esa es la misma energía que hoy me lleva a meterme en biotecnología o en Ato, un dispositivo para gente grande. Y a veces la motivación te la da la vida. Me involucré en Ato a partir de lo que viví con mi vieja, que se quedó ciega de grande y estaba enojada, con razón. Le pregunté qué era lo que más le molestaba y me dijo dos cosas: por un lado, no saber, hasta que llegara un humano, si cuando se despertaba eran las tres de la mañana o las ocho. Por el otro, no saber cómo estaba el clima afuera ni poder prender su radio preferida. Después conocimos el proyecto de Juan Cereigido y decidimos acompañarlo: un aparato conversacional que puede decir la hora, poner la radio y hacer llamadas. Ahí entendés que la tecnología no es un juguete: hay una epidemia de soledad en la gente mayor, y eso me parece mucho más interesante que cualquier rating.
¿Sería posible hacer hoy CQC con el mismo espíritu o cambiaron tanto los límites del humor, la política y la corrección que resultaría inviable?
Primero, un dato práctico: no podría hacerlo aunque quisiera, porque vendimos todo, el nombre y el formato. Preferimos la plata antes que dejarlo en un cajoncito. Pero igual la pregunta de fondo es otra. No creo que el problema sea la corrección política. No hay censura como antes; lo que hay es que hoy te comés el piedrazo de otra forma, en las redes, en masa, y a veces del propio poder. Lo que cambió de verdad es el lugar. CQC hoy ya existe, pero está desparramado: un pibe que agarra a un político en un pasillo con el celular, un posteo, un recorte de streaming. Esos son los Caiga de hoy. Y además, nosotros lo hacíamos con treinta años. En la conducción improvisábamos, sin un guion cerrado de lo que íbamos a decir al aire. Ese espíritu no se replica con un formato. Se replica cuando aparece una banda de chicos que no le tiene miedo a nada. Ojalá aparezca, y ojalá no me pidan permiso.
-Si tuvieras 20 o 30 años, con todas las herramientas de IA disponibles en la actualidad, ¿qué estudiarías, qué proyecto emprenderías y qué cosas no harías?
No sé qué estudiaría, y creo que esa es la respuesta honesta. Nadie sabe hoy qué hay que estudiar ni cómo. Es una decisión que tendríamos que tomar casi a nivel mundial, y no la estamos tomando. o que sí haría es lo que hice: aprender lo técnico. Yo era técnico electromecánico y eso me sirvió más que cualquier otra cosa, porque me dejó meter mano en las máquinas. Hoy la máquina es la IA. No hace falta ser programador, pero hay que entender cómo funciona por dentro. Como proyecto, me metería en algo que resuelva un problema real de gente real, no en la app número mil. Lo que hablábamos recién… Gente grande, salud, cuidado, soledad: ahí hay un mundo. Y lo que no haría: no me enamoraría de mi idea al punto de fundirme por ella. Ponele un presupuesto y un tiempo. Si no funciona, soltala. Y no vería a cada competidor como un enemigo: a veces donde ves un competidor hay un socio. Ato salió así.
-Si tuvieras que darles un solo consejo a empresarios, trabajadores y comunicadores, ¿cuál sería? ¿Qué deberíamos empezar a hacer hoy?
-No se permitan no ser curiosos. Ese es el consejo. Hoy ya nadie puede decir “yo con la tecnología me llevo mal”, porque eso te deja afuera. Y no lo digo solo para los jóvenes: lo digo sobre todo para los de 50, 60, 70. Hoy le podés preguntar a una máquina cómo se hace algo, y si no entendiste, pedirle que te lo explique de otra forma, y otra vez, sin vergüenza. Eso antes no existía. Para los emprendedores y empresarios, una aclaración: curiosidad no es ansiedad. No todo necesita IA. Si tenés una fiambrería, antes de comprar nada fijate qué proceso querés mejorar. Primero entendé tu negocio, después elegí la herramienta. Lo que no se puede es no entenderla, porque ahí sí quedás marginado. Y para los comunicadores: la gente ya no viene a buscarte. Andá vos, hablale al oído, y cuidá lo único que la máquina no te puede dar, que es que te crean.