Volar, girar, sorprender. Contorsionarse, pararse de manos, hacer figuras en el aire. El circo quizás sea una forma de acercarse a eso que el filósofo Michel Foucault llamaba “estética de la existencia”, es decir, convertir el propio cuerpo en una obra de arte. Sus formas plurales e innovadoras invitan a crearse y recrearse en cada espectáculo, y su complejidad da lugar a un entrenamiento global, que abarca fuerza, propiocepción y flexibilidad, entre otras capacidades.
Randy Quintana y Valentina Torena abrieron su academia de circo —Cirkus— en 2016. Él se especializa en paro de manos, acrobacia y trapecio; ella en telas, aro y contorsiones. Juntos, son expertos en acrobacia de dúo. “Las disciplinas que componen al circo son todas aquellas que sean capaces de crear”, sostuvo Quintana, aunque indicó que las principales en Uruguay son tela, aro, contorsiones, acrobacias —en general, de piso—, paro de manos, trapecio y cintas.
Los beneficios del arte circense
La creatividad es fundamental: no en vano estas disciplinas se llaman artes circenses. Pero el entrenamiento es igual de importante. “Si no se sigue una metodología y no se respetan los tiempos de cada uno, puede ser muy lesivo”, advirtió el experto.
Fuerza, dinámica, estabilidad, flexibilidad… No puede ser solo “puja y tracción” sino que hay que hacer ejercicios isométricos, trabajar la hiperextensión del músculo, entrenar “un poco de todo”. En este sentido, Torena añadió que se abordan múltiples capacidades físicas sin que ninguna supere a otra en demasía; por ejemplo, profundizar la fuerza sin limitar la elasticidad máxima.
Lo anterior se logra con técnica y, sobre todo, con paciencia. Es clave ir “de menos a más” —señaló Quintana—, escuchando al propio cuerpo. Si aparece la frustración, el antídoto es hablar y reflexionar sobre el camino recorrido: “Que tomen conciencia de cuánto han crecido y entiendan que todo toma tiempo en la vida”. Respetar ese tiempo y disfrutar el proceso previene lesiones.
Otro punto importante es que el circo no tiene edad. Lo que uno pueda o no hacer depende, más que nada, de las condiciones físicas al momento de arrancar, pero desde ese punto de partida personal “se avanza bastante” si se trabaja de forma progresiva y con “buena metodología”. Tampoco tiene género, aunque, actualmente, la mayoría de quienes lo practican son mujeres: “Poco a poco se expandirá a medida que tenga más difusión y se vea todo lo que puede lograrse”.
Además de la parte física, hay un componente social y emocional. “Para muchas alumnas, es un escape mental y un lugar donde pueden desconectarse de los problemas”, expresó Torena. En varios casos también les ha ayudado a reducir la timidez y mejorar sus habilidades de comunicación.
Para los acróbatas, el circo en Uruguay ha tenido un crecimiento “impresionante”. Si bien sigue siendo una práctica de nicho, cada vez más gente se suma a la comunidad para cortar con la rutina, mover el cuerpo y transformarse a sí mismos —al menos, por un rato— en una obra de arte.
En marzo, Cirkus inauguró un espacio más amplio (en la zona de Barrio Sur, Montevideo) donde continuarán sus cursos de formación y sus clases habituales de paro de manos, elongación, acrobacia, telas, aro, contorsiones, trapecio y cintas, pero además —a partir de julio— ofrecerán espectáculos para chicos y grandes. El objetivo es generar un “espacio cultural” que entretenga y al mismo tiempo permita que los alumnos muestren su arte y su talento.
En ese cruce entre disciplina, creatividad y comunidad, el circo deja de ser solo un espectáculo para convertirse en una forma de habitar el cuerpo y el tiempo. Tal vez por eso, más allá de la destreza o la técnica, lo que queda es la posibilidad de descubrir que el movimiento también puede ser un lenguaje transformador.
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