El principal garante de la honestidad de nuestro sistema político es la escala. Nuestro principal pecado, el provincianismo”.
Esta frase fue lo único que rescatamos de un artículo escrito a mitad de semana, en medio del fragor por el “camionetagate”. Y que luego decidimos no publicar. Porque es probable que hayamos pasado la crisis institucional más seria que ha tenido el país en años. Y, para quienes creemos que un diario tiene otras responsabilidades que una cuenta de Twitter, era preferible una pausa antes que decir cosas de las que luego uno se puede arrepentir.
El presidente Orsi se vio en medio de un escándalo que tiene todas las características que definen a la política uruguaya hoy. Chapucero, barato, aldeano. Cosas que en otro país serían tomadas para la risa, pero que acá pudieron (¿pueden?) terminar mal.
¿Es un gran escándalo de corrupción que alguien le haga un descuento al presidente? No. ¿Había ahí la intención de una ventaja indebida de un empresario? Probablemente tampoco.
En este país hay una tradición de que el sector privado financie algunos aspectos de la vida institucional, más por compromiso nacional, que por aspiración a ventajitas. La banda presidencial, el festejo del 1° de marzo, la movilidad de los candidatos en campañas. Como decíamos al principio, la escala hace muy difícil que eso implique contrapartidas corruptas, porque en esta aldea, todos se enterarían a los 10 minutos.
Pero está eso de la mujer del César... Y que hay un cambio en la sensibilidad de la sociedad ante estos temas, que el sistema político no termina de entender. Si hasta la presidenta de la Jutep hace mal los números...
Todo el hecho generó una tormenta perfecta para un gobierno que viene acosado desde adentro, y sin demasiada piedad desde afuera. Paga en ello las consecuencias de su oposición en la gestión pasada, donde ya sea por la frustración de haber perdido por tan poco, o haberlo hecho frente a alguien a quien en el mejor de los casos subestimaban, como Lacalle Pou, tuvieron una actitud de hostilidad que hoy hace muy difícil pedir compasión. (¡Escondan a Fernando Pereira!).
El problema de fondo es doble. Por un lado, es claro que el presidente mintió, o para ser menos categórico, dio unas vueltas impropias a la hora de explicar una situación irregular. Y por otro, lo hizo para justificar la incorporación a su patrimonio de un bien suntuario para la escala uruguaya.
Estas dos cosas golpean directamente en los dos atributos que le permitieron a Orsi llegar a la presidencia: la sencillez, y la honestidad. Nos viene a la memoria aquella foto que el equipo de campaña del entonces candidato distribuyó antes de la elección. Era un Orsi campechano, vestido con vaquero gastado, gorrito “visera” al tono y riguroso mate y termo bajo el brazo. Mientras paseaba a un perro barbilla.
Eran momentos de paridad en la campaña, y es probable que esa imagen le haya dado la victoria. La opción que tenía ese pequeño grupo de uruguayos que cambian su voto de elección a elección era entre Álvaro Delgado, figura que era la continuación de un gobierno que se iba con relativa buena imagen, pero al que la gente asociaba con la rosca política tradicional. Y el vecino Yamandú, el del perro barbilla.
Y votó por el vecino Yamandú.
El problema que al vecino se le pueden perdonar sus titubeos, su falta de capacidad retórica, su gesticulación exagerada. Pero no la codicia. O peor... la mentira. Entonces ¿qué le queda a Orsi? Bueno, le quedan cuatro años de gobierno, nada menos. Y si la cosa ya venía complicada, de adentro y de afuera, la gran pregunta es cómo seguimos de ahora en más.
Porque hay al menos tres frentes complejos. El primero es la propia interna, donde los sectores más a la izquierda vienen probando los límites de la autoridad del gobierno a ver qué trofeo se pueden llevar. El impuesto a los “ricos”, reventar las AFAP, potenciar a los gremios con la notificación previa de despidos. Ahora tendrán más fuerza para empujar, ante un gobierno débil y en caída en las encuestas. ¡Y hay que esperar a la próxima ronda!
El segundo es la oposición, que huele sangre en el agua, y no sabe cómo reaccionar. Algunos piden no perder tiempo y apretar a fondo. Otros temen lo peor, y apuestan a una agonía de cuatro años que le garantice un retorno potenciado al poder.
Y por último está la interna de Torre Ejecutiva. En un gobierno que ya se mostraba titubeante y descoordinado, este episodio ha dejado expuestos todos sus defectos. Los de Orsi, pero también los de su entorno.
Lo que nadie duda es que este episodio, si se termina acá, será el gran parteaguas para la presidencia de Orsi. Lo que haga en las próximas semanas nos mostrará qué tipo de líder votamos en la última elección. Con lo visto hasta ahora, más vale cruzar los dedos.