Una caída puede generar un efecto que va mucho más allá del golpe. En los adultos mayores, el temor a que vuelva a ocurrir puede llevar a reducir los movimientos cotidianos, abandonar determinadas actividades y perder confianza para desplazarse. Con el tiempo, esa menor actividad puede traducirse en pérdida de fuerza y equilibrio.
El geriatra, doctor en Medicina y presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, Francisco José Tarazona Santabalbina, explicó a La Vanguardia que este fenómeno puede aparecer después de una caída y tener consecuencias tanto físicas como psicológicas.
El especialista lo identifica como síndrome postcaída, una situación que puede modificar la relación de la persona mayor con el movimiento y con sus propias capacidades físicas.
El problema puede comenzar cuando el miedo lleva a evitar caminar o realizar determinadas actividades. Al disminuir el movimiento, también puede reducirse la fuerza muscular y afectar el equilibrio, lo que aumenta la dependencia para algunas tareas cotidianas y puede elevar el riesgo de sufrir otra caída.
Fuerza, equilibrio y marcha: las claves para volver a moverse
La falta de actividad física puede favorecer la pérdida de masa muscular y fuerza. Esto puede dificultar acciones habituales y hacer que la persona se sienta todavía menos segura al desplazarse.
Tarazona advierte que el miedo excesivo a caerse puede hacer que la persona camine de manera más rígida, reduzca su actividad física y pierda fuerza muscular. Como consecuencia, el equilibrio puede empeorar y aumentar el riesgo de nuevas caídas.
Por eso, el ejercicio adaptado ocupa un lugar central en la recuperación. Los programas orientados a trabajar fuerza, equilibrio y marcha pueden ayudar a recuperar capacidades físicas y confianza para retomar de forma progresiva las actividades habituales.
La clave está en que el movimiento sea seguro y adecuado para las condiciones de cada persona. El objetivo no es simplemente hacer más ejercicio, sino recuperar capacidades que permitan desenvolverse con mayor seguridad en la vida cotidiana.
Evitar el movimiento puede generar el efecto contrario
El síndrome postcaída puede convertirse en un círculo difícil de romper. El temor lleva a moverse menos; esa reducción de la actividad favorece la pérdida de fuerza y capacidades físicas; y el debilitamiento puede afectar la estabilidad y aumentar nuevamente la inseguridad.
No todas las personas mayores desarrollan este problema. Según Tarazona, son más vulnerables quienes presentan fragilidad, antecedentes de accidentes, dificultades de equilibrio, deterioro funcional o cognitivo y una red de apoyo insuficiente.
Además, las circunstancias de la caída pueden influir. Un accidente dentro del hogar puede ser vivido como una señal de pérdida de independencia, mientras que una caída en la vía pública puede provocar vergüenza o inseguridad por haber ocurrido frente a otras personas.
El entrenamiento también puede ayudar a recuperar autonomía
La reducción prolongada de la actividad física no solo afecta la fuerza y el equilibrio. También puede empeorar la evolución de algunas enfermedades crónicas, entre ellas patologías cardiovasculares, diabetes, afecciones respiratorias, artrosis e insuficiencia cardiaca.
El impacto puede ser también emocional. La inseguridad puede acompañarse de ansiedad, pérdida de autoestima e incluso síntomas depresivos. El aislamiento social y la disminución de la autonomía pueden profundizar ese deterioro.
Por eso, después de una caída, Tarazona considera fundamental identificar qué la provocó, corregir los factores de riesgo y promover una movilización segura. El ejercicio adaptado forma parte de ese proceso porque permite trabajar capacidades necesarias para recuperar progresivamente la actividad.
También recomienda evitar la sobreprotección. Restringir innecesariamente los ejercicios o transmitir de forma constante mensajes vinculados al peligro puede reforzar la sensación de incapacidad.
La familia y los cuidadores pueden acompañar el proceso sin reemplazar las tareas que la persona todavía puede realizar por sí misma. Revisar la seguridad del hogar, incentivar el ejercicio y mantener los vínculos sociales son acciones que pueden favorecer la recuperación de la autonomía.
En este contexto, volver a moverse no es solo una cuestión de actividad física. Recuperar fuerza, equilibrio y confianza puede ser parte fundamental del camino para que una persona mayor vuelva a realizar sus actividades cotidianas con mayor seguridad.
En base a El Tiempo/GDA