A veces, los vínculos se construyen alrededor de momentos simples: una canción inventada para dormir, una tarde compartida en el jardín, una actividad que se convierte en un juego de a dos. Así nació Lucero de los abriles, la muestra fotográfica de Federico Ruiz Santesteban y su hija Juliana Ruiz González —de ocho años de edad—, que propone transformar una historia familiar en una experiencia artística.
Todo comenzó con una canción de cuna. Cuando Juliana tenía un año, Federico compuso melodías y una letra para acompañar su descanso. No tenía formación musical: era, simplemente, una manera de acercarse a su hija. Lo más lindo es que aquella canción permaneció: Juliana siguió pidiéndosela y, con el tiempo, empezó también a cantarla.
Años después, la canción encontró una nueva forma de existir. Federico —fotógrafo, arquitecto y docente— trabaja con procesos fotográficos alternativos que utilizan materiales sustentables. En el jardín de su casa experimenta con pigmentos obtenidos de plantas y flores, y también utiliza elementos cotidianos de la cocina para desarrollar sus imágenes. Fue allí donde padre e hija encontraron un territorio común.
“Le empezaron a dar ganas de trabajar juntos”, contó Federico. Así, comenzaron a fotografiar el jardín y experimentar con los materiales que tenían a su alrededor. La canción que había acompañado los primeros años de Juliana se convirtió en el hilo conductor de un proyecto que, poco a poco, adquirió una dimensión artística.
Padre e hija: crear y aprender juntos
En Lucero de los abriles, la fotografía es inseparable del vínculo que la hizo posible. El objetivo era construir las imágenes a partir de la mirada de ambos: recorrieron el jardín, observaron, eligieron qué fotografiar y después trabajaron juntos en los revelados. “Lo que más me gustó fue acomodar mi mirada a la de ella”, expresó el fotógrafo.
Al involucrarse en el proceso, Juliana aprendió que no todo podía estar bajo control. La técnica elegida para realizar las obras —antotipia—, se basa en pigmentos vegetales fotosensibles y produce resultados que dependen de múltiples factores: la planta utilizada, la cantidad de luz, las condiciones del día y el tiempo de exposición. No existe una fórmula que permita saber exactamente cómo quedará cada imagen.
Para Federico, esa característica fue especialmente valiosa porque abrió un espacio para el juego y el descubrimiento. “Entender el error como parte del proceso, que Juli decida en algunos casos cuáles son las obras que van y cuáles no… Todo eso fue una construcción muy nutritiva para mí”, sostuvo. Por su parte, Juliana comentó que lo que más disfrutó fue salir al jardín y hacer los relevados, y que le divirtió aprender nuevas técnicas.
Una obra que cambia con el tiempo
La antotipia tiene otra particularidad que dialoga con el espíritu de la muestra: las imágenes no son permanentes. Como el procedimiento no utiliza un fijador, la exposición a la luz continúa modificando los pigmentos. Las fotografías pueden perder intensidad y eventualmente desaparecer. Por eso, las piezas que se ven en la sala no son objetos estáticos: atraviesan el mismo proceso de transformación que las creó.
La instalación audiovisual profundiza esa idea. La canción de cuna aparece acompañada por imágenes del jardín proyectadas sobre soportes fotosensibles. Mientras la luz permite que las imágenes aparezcan, también contribuye lentamente a borrarlas. De esta manera, se incorpora a la obra algo inevitable en cualquier relación: el paso del tiempo.
“Es una emoción muy grande llevar ese vínculo padre e hija de lo doméstico a una sala”, expresó Federico. En el centro de la exposición se encuentra el laboratorio donde el proyecto tomó forma: hay frascos con pigmentos elaborados a partir de plantas, asaderas de cocina utilizadas como bandejas de revelado, papeles y otros objetos que pertenecen al universo cotidiano de la familia.
La muestra no oculta el proceso. Al contrario: lo convierte en parte de la experiencia. Incluso la disposición de las obras responde a esa intención. En lugar de colocarlas a la altura habitual de los ojos de un adulto, están instaladas a 1,05 metros, aproximadamente a la altura de la mirada de Juliana. Así, una exposición que nace de un vínculo familiar también propone modificar físicamente la perspectiva del visitante.
Recuperar el tiempo compartido
Vivimos rodeados de imágenes y contamos con dispositivos que permiten fotografiar de manera instantánea. Frente a esa velocidad, la antotipia exige esperar. Una fotografía puede necesitar horas o días para revelarse, dependiendo de las condiciones de luz. “Pasamos de una milésima de segundo que logra un celular a fotos que nos llevaron días en materializarlas”, señaló el experto.
La experiencia con Juliana lo llevó a pensar en la importancia de recuperar esa pausa: mirar antes de hacer clic, observar qué despierta interés, y dejar espacio para la contemplación y el juego.
En el marco de la muestra se realizarán, además, revelados en vivo y actividades abiertas y gratuitas para experimentar con procesos fotográficos basados en la fotosensibilidad natural. Estas propuestas —que se anunciarán a través del Instagram del fotógrafo— permitirán que las familias incorporen la experiencia del laboratorio y lo trasladen a sus propios juegos.
La canción que Federico inventó para acompañar a su hija cuando era bebé todavía suena. Ahora forma parte de una exposición, pero conserva algo de aquello que fue desde el comienzo: una forma de estar juntos. La muestra está abierta hasta el 3 de octubre en el Centro Cultural de España (Rincón 629); la entrada es gratuita y funciona de lunes a viernes de 11 a 19 horas y sábados de 11 a 17 horas.