La palabra maravilla proviene del latín vulgar mirabilia, que significa “cosas admirables” o “cosas que pueden sorprender”. Tiene sentido, entonces, que las Cataratas del Iguazú —ubicadas en la frontera entre la provincia de Misiones (Argentina) y el estado de Paraná (Brasil)— sean una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo: no importa cuántas fotos o videos veamos, enfrentarse a ellas supera toda expectativa.
El día que las conocí estaba en el Parque Nacional do Iguaçu de Brasil, que protege aproximadamente 185 mil hectáreas de la Mata Atlántica. El susurro del agua corriendo se percibe apenas uno inicia el recorrido, mucho antes de llegar a la vista panorámica que aparece en posteos de Instagram y blogs de turismo. Esa fue la primera sorpresa: la potencia de las cascadas no se ve, se siente.
Dos semanas después de mi visita, el escenario es otro. Las intensas lluvias de las últimas semanas hicieron que el caudal del río Iguazú se disparara hasta unos 12.000 metros cúbicos por segundo, siete veces por encima de su promedio habitual, lo que obligó a cerrar temporalmente algunos sectores turísticos tanto en Brasil como en Argentina. Como ocurre con todo lo que depende de la naturaleza, las restricciones pueden endurecerse o flexibilizarse según evolucione la crecida. Cuando el tiempo dé una tregua, conocer de antemano cómo organizar el recorrido será una buena forma de aprovechar la experiencia.
Senderos en la selva y vistas panorámicas
Era domingo y se notaba. Cientos de personas hacían fila para comprar sus entradas, y otros cientos esperaban su turno para ingresar al parque. Para acortar el tiempo de espera, lo mejor es hacerse de las entradas con anterioridad a través de la página oficial cataratasdoiguacu.com.br. Lo mismo aplica al lado argentino; su web es iguazuargentina.com. De todos modos, conviene consultar los canales oficiales de ambos parques para conocer el estado de los senderos y las pasarelas.
Dada la inmensidad de esta área protegida, un sistema de buses facilita el recorrido. Tras pocos minutos sobre ruedas, la grabación que repetía en portugués, español e inglés algunos datos sobre el destino, avisó que habíamos llegado a la primera parada: el Circuito São João. Unos pocos decidimos bajar; la mayoría, presumo, prefería seguir en bus hasta el final del camino, donde iniciaba el sendero de las cataratas per se. Pero, ¡cómo ignorar la posibilidad de primero pasear, a pie, por la selva!
El silencio me abrazó y, despacio, fue bajando el volumen de mi mente. Me concentré en el susurro del agua —que, por momentos, se intensificaba— y seguí el camino de tierra mientras observaba verde, verde y más verde. Entonces, apareció la admiración (de nuevo, mirabilia): por la belleza, la quietud, el trabajo de la gente que lo hace posible. Guardaparques e investigadores se encargan del cuidado de la biodiversidad y los proyectos de conservación, como el Projeto Onças do Iguaçu, que trabaja para proteger al jaguar como especie clave en peligro de extinción.
Casi al final del sendero —que tiene una distancia de 2 a 3 kilómetros, según el acceso—, me encontré con la antigua Usina São João, la primera planta hidroeléctrica de Foz do Iguaçu (1939-1943), hoy restaurada y convertida en un espacio gastronómico y de descanso. Me senté con vista a la Cascada São João y tomé una limonada suíça de morango. Y aún faltaba la parte más especial del parque.
Volví a la parada donde todo había comenzado y esperé pocos minutos hasta que pasó el bus. Esta vez sí decidí seguir sobre ruedas hasta el final (ya era media tarde y necesitaba tiempo para recorrer el sendero das Cataratas), pero lo cierto es que existen más trilhas para conocer —a pie o en bicicleta—, como el Sendero de la Cañafístula, el Camino del Poço Preto y el Camino de las Bananeiras, y estaciones como Macuco Safari, el descenso para contratar y realizar la excursión en lancha bajo los saltos de agua.
Ya en el acceso a las Cataratas, más que susurrar, el agua bramaba. A medida que me acercaba al objetivo, aparecían nuevas sorpresas: coatíes, aves, algunos monos. Poco a poco, asomaba la vista, primero de lejos y deslumbrante, luego más cerca y cada vez más espectacular. Caminaba con la mirada fija en esas caídas de agua monumentales, cuyo caudal ya era excepcionalmente alto debido a las intensas lluvias vinculadas al fenómeno climático de El Niño.
Durante un kilómetro y medio, me fasciné ante tanta enormidad y fuerza. El camino baja por la ladera del cañón del río Iguazú, atraviesa miradores y finaliza en una pasarela suspendida que se acerca a la Garganta del Diablo, el salto de agua más imponente (con una caída de 82 metros, similar a un edificio de 30 pisos). En este punto, la ducha es total. Y lo más divertido es no llevar pilot, sino mojarse (asegurándose, sí, de cubrir debidamente teléfonos y otros objetos personales).
Inmersión total en las Cataratas
La sorpresa continúa en el Parque Nacional Iguazú, un área protegida de más de 67 mil hectáreas ubicada en el norte de la provincia de Misiones, Argentina. La experiencia es distinta a la del lado brasileño e igualmente impactante; por eso, se recomienda conocer las Cataratas del Iguazú desde ambos polos. Aquí, poco después del ingreso, es posible acceder al Tren Ecológico de la Selva, con paradas en la Estación Cataratas y la Estación Garganta del Diablo. Sin embargo, elegí caminar y vivir el paseo despacio, bien cerca de la vegetación y los animales.
Menos de un kilómetro después, me encontré con dos senderos: el Circuito Superior y el Circuito Inferior. Ninguno tiene desperdicio. El primero permite sentir las cascadas desde lo alto y admirar la corriente precipitándose al vacío; el segundo ofrece una inmersión desde el nivel del río. También hay coatíes, monos y aves, y, si el cielo está despejado y el sol brilla en lo alto, es probable ver uno de los espectáculos más hermosos: arcoíris.
No creí que me animaría, pero, tras todo lo que había visto, no podía despedirme de esta maravilla del mundo sin probar el paseo en barco por el río Iguazú y el “bautismo” bajo los saltos de agua (el costo de esta experiencia no está incluido en la entrada al parque). Me puse el chaleco salvavidas, guardé mis pertenencias en una bolsa impermeable y me subí al bote, llena de adrenalina.
Dicen que lo mejor está después del miedo, y sí, por suerte me embarqué en la aventura, aún con miedo. Fue recién ahí, en esos segundos bajo el sistema de cascadas más grande del planeta, que terminé de entender su potencia; esa energía que hace a este lugar único en el mundo. Y como dijo el filósofo griego Heráclito de Éfeso, nadie se baña dos veces en el mismo río, así que habrá que volver.
Paseos que complementan la visita a las Cataratas del Iguazú
Luego de visitar el Parque Nacional do Iguaçu de Brasil, el paseo puede continuar en el Parque das Aves, un espacio dedicado a la conservación y al cuidado de aves rescatadas. El recorrido transcurre entre grandes aviarios y senderos rodeados de vegetación, donde es posible observar tucanes, flamencos, guacamayos, mariposas y otras especies en entornos que buscan reproducir sus condiciones naturales.
Otra opción para sumar al recorrido es AquaFoz, el acuario de Foz do Iguaçu, ubicado cerca de la zona de las cataratas. La propuesta permite conocer especies de distintos ambientes acuáticos, con especial atención a la fauna de los ríos de la región y a los ecosistemas de agua dulce.