Dormir más el fin de semana para “recuperar” horas perdidas puede parecer una solución lógica, pero cada vez hay más evidencia de que ese hábito juega en contra. El descanso no depende solo de cuánto se duerme, sino de cuán estable es la rutina diaria. En ese esquema, la hora de despertarse empieza a ganar protagonismo frente a la clásica preocupación por acostarse temprano.
Muchas personas atraviesan la semana con poco descanso y buscan equilibrarlo durmiendo hasta tarde sábado o domingo. El problema es que ese cambio brusco desordena el ritmo interno del cuerpo. El resultado suele sentirse el lunes: cansancio, dificultad para concentrarse y una sensación similar a un desfase horario, aunque no haya habido ningún viaje.
Este fenómeno está vinculado al funcionamiento del llamado reloj biológico, un sistema que regula procesos como la temperatura corporal, la liberación de hormonas y los niveles de alerta. Cuando los horarios cambian demasiado de un día a otro, ese sistema pierde sincronía.
Por qué despertarse siempre a la misma hora ayuda
Más que la hora de acostarse, lo que realmente “marca el pulso” del organismo es el momento en que comienza el día. Al abrir los ojos, la exposición a la luz —especialmente natural— actúa como una señal clave que le indica al cerebro que debe activarse.
Cuando ese estímulo se repite de forma constante, el cuerpo aprende a anticipar los ciclos de sueño y vigilia. Eso facilita que por la noche aparezca el sueño de manera más natural y profunda, sin necesidad de forzarlo.
Los horarios desordenados no solo generan somnolencia. Distintos estudios han asociado la falta de regularidad con efectos más amplios, como alteraciones metabólicas, mayor presencia de síntomas depresivos, disminución del rendimiento cognitivo e incremento del riesgo cardiovascular. Es decir, el impacto trasciende el cansancio: puede afectar tanto la salud física como la mental.
Si hay deuda de sueño acumulada, la recomendación no es extender la mañana indefinidamente, sino modificar de a poco la rutina nocturna. Acostarse antes y sostener una hora de despertar similar todos los días suele ser una estrategia más efectiva.
Para lograrlo, conviene hacer cambios graduales —de pocos minutos por día— y priorizar la exposición a la luz al inicio de la jornada. Esa combinación ayuda a que el organismo encuentre un ritmo estable y, con el tiempo, mejore la calidad del descanso. En definitiva, más que dormir mucho algunos días, la clave está en dormir de manera consistente.
Con base en El Tiempo/GDA
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