A Matías Sanjurjo se lo conoce, sobre todo, por su cocina. Este verano cumple nueve temporadas al frente de I´marangatú, el parador de Playa Mansa que es un clásico de Punta del Este. Este 2026, además, sumó un nuevo proyecto: Gozar, un local más pequeño y urbano que se especializa en hamburguesas gourmet y buenas ensaladas.
Pero detrás del chef hay otro Matías que no se ve cuando llegan los platos a la mesa: el que escribe.
“Yo escribo poesía. Toda la vida lo hice”, dice, sin pose ni pretensión. La primera vez fue cuando tenía ocho años y falleció su hermano mayor.
“En esa época escribí un poema sobre la ausencia, sobre lo que yo estaba viviendo en ese momento”, recuerda. Desde entonces, la escritura se volvió una forma de procesar el mundo, primero desde un lugar oscuro y doloroso, luego atravesado por las lecturas que lo acompañaron mientras crecía: Rimbaud, Baudelaire, Whitman, Shakespeare, Bukowski, entre otros.
Hoy, ese impulso inicial que con el tiempo se convirtió en pasatiempo y forma de expresión, encontró un territorio propio: la cocina.
Con una mezcla de “atrevimiento” (él mismo usa esa palabra) y convicción, Matías la llama “poesía gastronómica”.
“Nace de imágenes, de situaciones, de perspectivas y de momentos que ocurren en la cocina. De mi estado, del clima del equipo, del aire que se respira cuando convivís con estrés, caos, presión, pero también con oficio, precisión y profesionalismo”, explica.
Cocinar y escribir, para él, no son mundos separados. “Yo voy guardando situaciones, vivencias, momentos, como si tuviera un disco duro en la cabeza. Después, cuando puedo, eso sale en palabras”. La mayoría de esas frases las escribe en la oficina que tiene en el parador, a veces en textos más largos, a veces en anotaciones breves en sus cuadernos. No todo se muestra: hay cosas que quedan en lo íntimo, en lo que no necesita ser leído por otros, y así prefiere que siga. Tiene varios cuadernos llenos de cosas sueltas. Algunos textos, aclara, no los mostraría nunca. No porque aspire a una obra secreta, sino porque hay cosas que no están hechas para circular.
Lo que sí comparte con quienes trabaja día a día son fragmentos que imprime y cuelga en los pasillos de la cocina. Textos que hablan de fortaleza, de ambición, de miedo, de identidad. “Nacieron para eso, para estar ahí, en la cocina”, dice. Y funcionan. Los cocineros, los runners, la gente de salón se detienen a leerlos. “Se reconocen. Me dicen: ‘Cada vez que entro leo esto o aquello’. Y eso genera motivación, sentido de pertenencia en el equipo”.
Uno de esos textos se llama Bestia. Está colgado en el pasillo de entrada.
“Es una radiografía de mi ser, de todo el trabajo personal que hice. De cómo uno se agarra de sus fortalezas para llegar a sus metas”, cuenta. Para Matías, escribir es una manera de inmortalizar estados, de dejar registro de lo que pasa en cada temporada. Por eso intenta escribir uno por año, cuando la marea emocional del verano baja un poco y aparece la distancia necesaria para entender qué quedó. Habrá que esperar algunas semanas para leer el de 2026.
En plena temporada, el tiempo para esto es poco. “En verano escribo más frases cortas, reflexiones”, dice.
¿Publicar? La pregunta aparece, pero él la corre del centro. No se ve como “escritor” en el sentido estricto. Lo suyo es más bien un ejercicio personal que encontró una comunidad: el equipo, la rutina y la cocina como algo vivo. Pero reconoce que hay un par de ideas que le rondan en la cabeza desde hace un tiempo y no descarta algún día poder materializarlas y publicar algo.
Mientras tanto, la vida profesional sigue en expansión. En I´marangatú atraviesa su novena temporada y suma una novedad: un bar de playa debajo del deck, diseñado por él mismo, con una carta de tapeo para compartir que acompaña el mediodía y el sunset hasta las 21 horas. En paralelo, este verano nació Gozar (Gorlero 1047), un proyecto más pequeño que creó junto a dos socios, con hamburguesas y power salads, pensado para poder funcionar de manera más estandarizada mientras el gran engranaje de I´marangatú sigue girando.
“Gozar es un anhelo personal. Probarme que puedo sostener algo más en paralelo”, dice. El parador, aclara, sigue siendo su casa, el lugar que conoce centímetro a centímetro.
Entre hornos, cuchillos, libretas y frases colgadas en la pared, Matías sigue cocinando y escribiendo como dos caras de un mismo gesto: observar, registrar y transformar lo que pasa alrededor en algo que pueda compartirse. Con humildad. Sin pose de autor. Con la misma pasión con la que se enfrenta a una cocina en pleno movimiento.
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