Los ingenieros de transporte del imperio romano construyeron una extensa red de rutas que se extendió por Europa, el norte de África y partes de Medio Oriente, clave para el transporte y el comercio.
Estas vías tenían fama de ser extremadamente rectas, como la Via Appia, que conectaba Roma con Brundisium, superaban los 500 kilómetros, con largos tramos rectilíneos. También Stane Street, en el sur de Inglaterra, unía Londres con Chichester a lo largo de unos 92 kilómetros en línea recta. Un proyecto reciente logró mapear unos 300.000 kilómetros de caminos construidos durante el imperio romano. Estas rutas evitan curvas innecesarias gracias al uso de herramientas específicas de medición y planificación.
En algunos casos, los romanos aprovecharon rutas preexistentes para construir sobre las mismas. Así, su red terminó siendo una composición de caminos de distintas sociedades y territorios previamente conquistados. Cuando construían nuevas vías, recurrían a instrumentos especializados, que distinguieron su forma de trabajar y el resultado final de estas rutas que se evidencia hasta el día de hoy.
Los tres instrumentos de la agrimensura antigua: los secretos de las estructuras romanas
Los tres elementos destacados eran: la dioptra, la groma y el chorobatus. La dioptra, conocida por fuentes antiguas pero no hallada en excavaciones, incluía un soporte con un sistema de observación que permitía al topógrafo alinear puntos distantes con precisión. El chorobatus, una estructura de madera de unos seis metros, servía para medir superficies horizontales. Funcionaba como un nivel que ayudaba a establecer puntos nivelados y determinar elevaciones, aunque su diseño exacto no se conoce con certeza.
La herramienta más relevante era la groma, utilizada por los agrimensores para trazar alineaciones rectas. Consistía en un poste vertical con una cruz horizontal y pesos colgantes que permitían establecer ángulos rectos y alinear segmentos del camino.
El trabajo implicaba la coordinación de varios topógrafos, que ajustaban la dirección mediante la alineación de sus instrumentos. Una vez definido el trazado, se adaptaba al terreno para evitar obstáculos como pendientes pronunciadas o facilitar el cruce de ríos y la conexión con asentamientos existentes
No existía una única técnica en el imperio. Las prácticas variaban según el tiempo y la región, en parte debido a la diversidad de trabajadores involucrados, que incluían soldados, esclavos y pobladores locales (además de los expertos en la materia).
Un reconocido arqueólogo de la Universidad Aarhus en Dinamarca, Tom Brughmans, que es parte del proyecto que mapea los 300.000 kilómetros de caminos del imperio romano, comenta que "en el futuro se demostrará que las rutas romanas son menos rectas que las modernas, por la necesidad de los vehículos motorizados de evitar curvas manejando a alta velocidad".
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