Mucho antes de que Sevilla dominara el mapa del sur de España, el poder romano en la región tenía otro centro: Itálica. Fundada en el 206 a. C., tras las campañas romanas contra Cartago durante las guerras púnicas, la ciudad comenzó como un asentamiento para soldados heridos y veteranos. Con los siglos, aquel campamento militar crecería hasta convertirse en una próspera ciudad imperial y en la cuna de dos de los emperadores más poderosos de Roma, Trajano y Adriano.
En su anfiteatro se disputaban la vida animales salvajes y gladiadores -y también gladiatrices- mientras el Imperio romano vivía uno de sus momentos de mayor poder. Y si prefiere otro tipo de bestias en la arena, ¿qué tal un dragón? El corazón del complejo arqueológico se convirtió en Pozo Dragón en la séptima temporada de Game of Thrones, cuando los grandes líderes de Poniente se reunieron allí para negociar una tregua frente a la amenaza de los caminantes blancos.
Hoy, caminar por Itálica es un ejercicio de imaginación. Las calles siguen el trazado romano, los mosaicos asoman en antiguas casas patricias y el anfiteatro -el cuarto más grande del Imperio- todavía deja ver pasillos, rampas y fosas bestiarias.
“Por la mañana se celebraban las venationes, cacerías de animales; a la hora de comer llegaban las ejecuciones de condenados; y para terminar, la lucha de gladiadores… así que las plazas de toros y los campos de fútbol vienen a ser los anfiteatros. Es que todo está inventado”, bromea César León, el guía, quien ofrece un free tour tan interesante como divertido y que puede reservarse online en plataformas como Civitatis y que se realiza en distintos horarios a lo largo del día.
Ciudad monumental.
Pero Itálica no era solo un espectáculo: su urbanismo y su monumentalidad hablaban de poder y prestigio. La ciudad llegó a ocupar unas 52 hectáreas y contaba con templos, termas, mercados y residencias patricias que mostraban el lujo de sus habitantes. Con la llegada de Adriano, la nova urbs incorporó grandes templos, un santuario dedicado al culto imperial y avenidas amplias que conectaban cada rincón de la ciudad.
“El templo principal, que era todo de mármol, medía 105 metros de largo por casi 70 de ancho”, informa el guía. ¿Más grandiosidad? Dentro había un coloso, también de mármol; se conserva su dedo meñique, de 40 centímetros, y su antebrazo, de 1,70 metros.
León explica que Itálica estaba diseñada con una precisión sorprendente: sistemas antisísmicos en los escalones, columnas que encajaban con exactitud y huecos pensados para soportar la presión, y aparejos que permitían levantar cargas de cientos de kilos con grúas manuales. “Por eso duran tanto los edificios romanos, porque están hechos por excelentes especialistas”, repite durante el recorrido.
Entre las casas que sobreviven destacan mosaicos como los de Neptuno o la Casa del Planetario, con patios porticados y estucos que muestran cómo vivían los ciudadanos más ricos.
Pero el mayor atractivo es el anfiteatro que, construido entre los años 117 y 138 d. C., podía albergar hasta 30.000 espectadores, un número impresionante considerando que la población de la ciudad apenas superaba los 7.000 habitantes. Su planta ovalada mide 153 por 132 metros en el eje exterior, mientras que la arena tiene 70,6 por 47,3 metros. Tenía dos accesos principales: al este, la puerta triunfal, por donde ingresaba el cortejo de los combatientes; y al oeste, la libitinaria (o puerta de la muerte), destino de los caídos en el encuentro.
Tal como sucede ahora, el público se sentaba en el graderío en función de su clase social: los nobles, en la parte más cercana a la arena (ima cavea). Había dos palcos VIP: uno para usar en verano (más fresco) y otro para usar en invierno (más soleado). Los plebeyos se sentaban en la parte central (media cavea) y los esclavos lo hacían en la parte superior (summa cavea). El recorrido permite conocer parte de estos espacios y sentirse, por un momento, emperador o gladiador.
Durante la visita, León hace detenerse a los visitantes frente a detalles que pasarían inadvertidos: los huecos donde se asentaban las barandillas de madera, los reposos de vigas que soportaban la fossa bestiaria y la puerta de ocho metros de altura por la que se movían las bestias y los combatientes. Todo estaba calculado con precisión: trigonometría, topografía y hasta hidráulica”, comenta. La acústica, explica, estaba pensada para que todos los asistentes pudieran oír a los oradores o gladiadores; el mismo efecto se logra hoy, incluso en ruinas.
Además de lo que se ve en el conjunto arqueológico, algunas de las piezas más valiosas de Itálica se conservan en la sala de exposición del propio yacimiento, donde se pueden admirar fragmentos originales de columnas que muestran la ingeniería romana. Otros elementos, como estatuas y bustos de dioses y emperadores, se encuentran en el Museo Arqueológico de Sevilla (actualmente cerrado por reformas), permitiendo contemplar de cerca la riqueza artística y arquitectónica que adornaba la ciudad.
Caminar hoy por Itálica, en la actual Santiponce, a poco más de 20 minutos de Sevilla, es recorrer la historia y sentir la grandeza de un imperio. Entre muros de ladrillo y mosaicos que han sobrevivido dos mil años, el silencio del presente contrasta con lo que alguna vez fue: rugidos de bestias, gritos de gladiadores y miles de espectadores expectantes ante la decisión final de la arena.
En la actual localidad de Santiponce, bajo calles y casas que hoy forman parte de la vida cotidiana, se esconden algunos de los vestigios más antiguos de Itálica. Entre ellos destaca el teatro romano, levantado en tiempos del emperador Augusto. Aunque hoy solo se conservan algunos sectores excavados, se sabe que el edificio contaba con las estructuras habituales de este tipo de arquitectura: una cavea o graderío semicircular donde se sentaban los espectadores, una orchestra cercana al escenario y una elaborada fachada escénica que servía de fondo a las representaciones. Uno de los elementos más llamativos del conjunto fue el templo dedicado al culto de Isis, situado en el pórtico del teatro. Este santuario tenía dimensiones y formas muy similares a las del famoso templo de la diosa conservado en Pompeya, en Italia, lo que refleja hasta qué punto los cultos orientales se difundieron por todo el Imperio romano.