Promesa! No usaremos este espacio (otra vez) para hablar de fútbol. Sólo permítanos dos apuntes, atragantados hace días. Uno, ¿no le llama la atención que la gente que más defiende a Bielsa, la que se emociona con su tono de Sócrates del balón, es la misma que suele decir que odia al fútbol, y que los jugadores son tarados que ganan de más? Dos... ¿No le resulta raro que un señor al que si le preguntan si hace frío o calor, precisa 1 hora de discurso monocorde para explicar que todo empezó con los asirios y los hititas, asegure que redujo a 10 minutos las charlas a los jugadores? ¿Y qué tantos lo crean posible?
¡Tá! Basta con eso. Porque hoy hay un solo tema que merece comentarse y es el 250 aniversario de los Estados Unidos de América. Sin exagerar, podemos decir que son 250 años del proyecto político más revolucionario y exitoso de la historia de la humanidad, que tuvo como bandera la libertad y la dignidad del ciudadano.
Un proyecto que, además, tiene muchos puntos de conexión con nuestra historia, y que fue la principal inspiración de Artigas, que veía en el afán libertario y federal que impulsaba a los “padres fundadores”, un modelo a seguir por lo que (si todo hubiera sido distinto) tal vez debió ser los Estados Unidos del Sur de América.
Curiosamente, o no tanto, es un proceso que se ignora en nuestro sistema educativo. Y que es visto con desprecio o desconfianza por una elite cultural que prefiere encandilarse con los fatuos hemoglobínicos de la Revolución Francesa, o el bodoque victimista de “Las venas abiertas”.
Esto cuando la revolución americana logró ser exitosa, justamente en donde esas dos alternativas se muestran más flojas. Hay que recordar que los franceses, tras pasar a 40 mil o 50 mil personas por la guillotina (o cosas peores), terminó con Napoléon como monarca absoluto. Y que mientras Galeano y su alegre troupe insisten en que la culpa del subdesarrollo es de las potencias explotadoras, el naciente EE.UU. se enfrentó con ellas, y logró generar el país más próspero y poderoso del mundo. Como dirían las viudas de Bielsa, “¡Sí, se puede!”.
Perdón, perdón. No se repite.
Para alguien formado en el ambiente educativo uruguayo, el descubrir ya maduro a los personajes que generaron ese proceso es algo fascinante. Figuras como Washington, Jefferson, Hamilton, Madison, John Adams, tienen tanto que enseñar sobre tantas cosas que son absolutamente vigentes hoy en día. Y los dos textos que fueron el gran legado de sus mentes, la Declaración de Independencia de 1776, y la Constitución de 1787, siguen siendo un faro para cualquiera que crea en el potencial benéfico de la naturaleza humana.
Una cuestión nos ha llamado la atención leyendo sobre todo esto. Y es la obsesión de los “padres fundadores” por combatir la tiranía, y descentralizar la autoridad a su nivel más básico. Pero, además, defender a la persona, no sólo contra el despotismo de un monarca o líder encumbrado. Sino también contra el de la turba, de ese “abajo”, que puede ser tan tiránico como el “arriba”.
Esto genera cosas peculiares, como que su constitución, a diferencia de las nuestras, está redactada por la negativa. O sea, allí lo que se hace es decirle al estado lo que no puede hacer. No se dice “habrá libertad de expresión o para practicar cualquier religión”. Se expresa que “el Congreso no hará ninguna ley que imponga una religión oficial o limite la libertad de expresión”. Hay algo fabulosamente modesto en plantear las cosas así, en vez de andar como dioses, regalando derechos que no se pueden garantizar. Tal vez por eso su constitución ha sido tan exitosa y duradera.
Claro que el proceso tuvo sus claroscuros. El más obvio, la esclavitud, y que mientras que estos próceres escribían textos épicos hablando de libertad, muchos tenían esclavos en propiedad.
Pero a poco que se lee se entiende que el tema no fue obviado, sino que sobrevoló todo el proceso. Y gente como Benjamin Franklin o el mismo John Adams, fueron radicales abolicionistas. Junto con los “quakers”, esos fanáticos ultrareligiosos (guiño). Pero se dieron cuenta que en un país que estaba naciendo, enfrentado militarmente a las principales potencias del momento, ese tema iba a hacer imposible crear una nación, por las diferencias entre los estados del norte y del sur. Y así, “patearon” para delante el tema, hasta que explotó en la Guerra Civil de 1861. ¿Fue cinismo o visión de estadistas?
En momentos en que muchos de los mecanismos de esos textos que dieron nacimiento a EE.UU. son puestos a prueba por los desafíos políticos y los avances tecnológicos, parece más importante que nunca volver sobre los mismos y sacar lecciones de su espíritu. Que es el de confiar por sobre todas las cosas en que el individuo, la persona en libertad, siempre se termina sobreponiendo a los desafíos de su era. Por más duros que parezcan.