La expolicía que postergó su sueño de actuar 60 años para mantener a su familia y ahora vive su revancha

Cristina Bulmini sueña con subirse a un escenario desde que tiene uso de razón. La vida la obligó a dejar de lado ese deseo por décadas. Finalmente, a los 68 años, consiguió un papel a medida. Esta es su entrañable historia.

Cristina Bulmini debutó como actriz a los 68 años en la obra "Venecia".
Cristina Bulmini debutó como actriz a los 68 años en la obra "Venecia".
Foto: Ignacio Sánchez

Si 50 años atrás alguien le hubiera vaticinado a Cristina Bulmini que iba a terminar interpretando a una soñadora eterna, con su sobrina nieta al lado, hubiera dicho que era imposible. Por entonces, la tragedia había golpeado a su familia y, con ella, bloqueó su deseo de ser actriz para entrar en la Policía y mantener a su hermana de 16 años embarazada. Tardó 63 años en priorizarse, pero logró debutar en un escenario. Y hasta recibe un sueldo por eso que ella pagaría por hacer.

“Esta nena nació para las tablas, nos va a sacar de la pobreza”, repetía Anatolia cada vez que veía a su nieta Cristina Bulmini desplegar su talento, gracia y sensibilidad para imitar desde Nini Marshall hasta Sandrini. Copiaba gestos y voces, cantaba y hasta reconstruía vestuarios y peinados en su afán por replicar esos personajes que la cautivaban en la pantalla grande.

Iba todos los domingos a la matiné del cine de Las Piedras y absorbía todo lo que podía. Al volver a su casa, convertía el living de la humilde chacra canaria donde vivía con su madre Olga, su abuela y su abuelastro en un escenario.

Nunca había pisado una clase de teatro, pero tenía un don. Y lo sacaba a relucir con más ímpetu cuando notaba que su madre y su abuela estaban tristes. “Siempre tuve muy buena memoria y también les recitaba poesía”, cuenta. Y recuerda que su abuela era una gran poetisa: “Nunca publicó nada, pero escribía hermoso”.

Cristina pudo haber sido doctora -incluso salvó el examen de ingreso a la Facultad de Medicina- para cumplir el deseo de su madre, aunque su único anhelo era actuar. Sin embargo, ambos planes quedaron por el camino tras una seguidilla de tragedias: en 1978 falleció su abuelastro, un año más tarde su abuela y, en 1980, perdió a su madre, de 50 años, a causa de una pancreatitis aguda.

Al dolor del duelo se sumó que le tocó hacerse cargo de su hermana de 16 años, que estaba embarazada. Entró a la Policía convencida de que quería mejorar el mundo. Enfocó su vida en criar y mantener a sus siete sobrinos, a los que quiere como hijos.

Su meta artística quedó en suspenso durante casi seis décadas. Se jubiló a los 55 y se hizo una promesa: “Ahora sí me voy a dedicar a mis sueños”. Activó el plan y se acercó a un par de escuelas de teatro. No tuvo suerte. Le dijeron que le devolverían el llamado, pero el teléfono nunca sonó. “Será para la próxima vida”, pensó.

En 2022, cuando creía que lo suyo con las tablas sería un amor imposible, se cruzó en Facebook con un posteo de la Escuela de Actuación de Vicky Rodríguez y Gustavo Antúnez. “No sé por qué me detuve en ese video y, cuando le di play, sentí que ya los conocía”, recuerda.

En fracción de segundos se le aparecieron su madre y su abuela en el living de su casa, viéndola actuar. Vicky cerraba el video diciendo: “Al sueño hay que decirle que sí”. Y Cristina sintió que le hablaba a ella.

No dudó. Tomó el teléfono y se comunicó con la escuela. Al llegar a la primera cita, la abrazó una sensación tan única y especial que la hizo sentir como en casa. “Le conté todo a Vicky, me aceptó, me anoté a hacer la carrera y me recibí un año atrás”, sintetiza.

Como estudiante interpretó diversos personajes, pero la magia del destino quiso que su debut profesional, a los 68 años, fuera en Venecia -una de las comedias argentinas más representadas en el mundo- con un rol que parece escrito a medida para ella.

Encarna a La Gringa, una mujer humilde, soñadora y sensible que, al igual que ella, se aferra a la ilusión como motor para seguir adelante.

La Gringa quería conocer Venecia y reencontrarse con un viejo amor para poder descansar en paz. Cristina deseaba poner voz a una historia valiosa y subirse a las tablas. “Me siento muy identificada. Soy La Gringa. La siento. Y, como ella, ahora me puedo morir tranquila porque cumplí mi sueño”, afirma.

Por si faltaba algo de carga emotiva, la dirige su maestra Vicky Rodríguez y comparte elenco con su sobrina nieta Janaina Gutiérrez. “Me recuerda mucho a mí. Nacimos el mismo día y la llevé yo a la escuela. Para mí es mi nieta”, dice conmovida.

Asegura que la escuela cambió su vida: la sacó del pozo cuando se encontró sin actividad tras el retiro; le devolvió fuerza y energía. “Fue una inyección de vida. Demoré 63 años en cumplir mi sueño. Desde los cinco que quiero ser actriz”, resume.

La última chance de verla ser La Gringa es hoy a las 21:00 en el Teatro Antonio Larreta, en el Carrasco Lawn Tennis. Las entradas se compran en Redtickets, y con ella participan de un sorteo por un pasaje a Venecia o cualquier destino europeo.

El plan es llevar la obra a Maldonado, Colonia y Canelones en junio, aunque aún no hay fechas confirmadas.

Cristina Bulmini interpretando a La Gringa en la obra "Venecia".
Cristina Bulmini interpretando a La Gringa en la obra "Venecia".

El largo camino de Cristina hasta protagonizar una obra

El abuelo de Cristina era arquitecto y falleció a los 52 años de un infarto masivo. Anatolia, su esposa 22 años menor, no supo administrarse y perdió todo. Dos décadas después conoció a un hombre bonachón que no sabía leer ni escribir y terminó viviendo con él, su hija y su nieta en un campo de Canelones.

No tenían televisión y Cristina caminaba 20 cuadras con un cajoncito de madera abajo del brazo hasta la casa de Don Martínez, el único vecino que tenía ese bendito aparato.

“No nos dejaba entrar, pero nos abría la puerta y nos sentábamos en el cajón a mirar Jueves de amor con humor, con Beatriz Taibo y Guillermo Bredestón”, recuerda. Al regresar a su casa, copiaba todo lo que había visto, y en esos juegos empezó a crecer su deseo de actuar.

Le tocó postergarse. Necesitó dos trabajos para sacar adelante a su familia: hacía 222 en el Banco República como custodia de valores y ocho horas en la Policía. “Amé la profesión y le debo mucho. Di charlas de educación vial en las escuelas. Ayudé lo que pude”, dice orgullosa.

La vida le dio revancha cuando ya había bajado los brazos. Un video -que no sabe si se lo puso en el camino Zeus, Dios, Buda o si fueron su mamá y su abuela- la llevó hasta la escuela de Vicky y Gustavo, y en mayo estrenó su primera obra en una sala.

Los ojos se le iluminan cada vez que habla de esta aventura que renovó sus ganas de vivir a los 68 años. Cobra por función, aunque su verdadera motivación es otra: “Me siento realizada”, dice.

Toda su familia fue a verla. Incluso compañeras que no veía desde hacía 20 años se acercaron a darle un abrazo. Es unánime: salen fascinados con la historia, elogian las actuaciones, pero sobre todo le dicen que es La Gringa.

Este personaje la conmovió desde el primer ensayo y las lágrimas le brotan cada vez que la interpreta. “Lloro por La Gringa y por mí. Sé que mi abuela y mi madre en algún lado me están viendo. Estoy segura de que están ahí aplaudiéndome”, expresa.

El escenario le despierta una emoción inexplicable. “Antes de entrar me veo de cinco, de 10, de 20, de 30. Veo a mi madre y a mi abuela. Y ahora también a La Gringa. Tengo la obligación de prestarle lo mío para que ella cuente su historia”, confiesa.

Por todo esto, quiere seguir sobre las tablas mientras le den las fuerzas. Voluntad le sobra, pero los años, dice, no vienen solos. “Si no se llega a dar, ya está. Veo a la gente salir emocionada, que se rio y lloró por La Gringa, y siento que está cumplido”.

Por último, cierra con un pedido a los jubilados. Los incentiva a hacerse un favor: en vez de ir a la plaza a darle de comer a las palomas, los insta a ir detrás de ese sueño pendiente.

“Es una sensación tan hermosa cuando lo cumplís que borra todo lo malo que puedas haber pasado en la vida”, concluye.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar