Desde hace tiempo, el argentino Boy Olmi está reconstruyendo su historia familiar. Logró averiguar quiénes fueron sus 16 tatarabuelos y en esa búsqueda aparecieron familiares, algunos en Uruguay, además de preguntas sobre su identidad, familia y aquello que heredamos sin saberlo.
La investigación coincidió con otro momento personal: el envejecimiento de su madre y esas preguntas que aparecen cuando se empieza a mirar la vida con cierta distancia. Olmi tenía mucho material, pero no sabía qué hacer con él. Hasta que se cruzó con Shumi Gauto, la argentina que vive en Punta del Este y con quien ya tenía un vínculo de amistad y trabajo.
Gauto le hizo una pregunta sencilla: más allá de esos antepasados, ¿qué le estaba pasando a él con todo eso? A partir de ahí comenzó un proceso de dos años que terminó convirtiendo parte de ese recorrido personal en Boy, el unipersonal que vuelve a Uruguay.
Olmi viene de una familia de artistas, lleva más de cuatro décadas de carrera y trabajó en cine, televisión y teatro. También condujo televisión y formó parte de éxitos como Rebelde Way, donde fue Sergio Bustamante; La niñera, como Juan Manuel Iraola; y Margarita, donde interpretó a Fredo. Pero esta vez no llega a Montevideo para ponerse en la piel de otro: llega para hablar de sí mismo.
Con 70 años, trae una obra que, según dice, no se parece a nada de lo que hizo antes. Este jueves se presenta en Teatro Mad y el viernes en Espacio Zorrilla (entradas en Redtickets), y sobre la gestación de Boy, la relación con Uruguay y el paso del tiempo, es esta charla.
—¿Qué significó para vos el proceso de crear Boy?
—Fue un trabajo increíble. Durante esos dos años hablé de cosas muy íntimas, algunas que no solo no decimos en voz alta, sino que ni siquiera nos decimos a nosotros mismos. Porque la obra trata de preguntarnos por qué cada uno de nosotros es quien es.
—La obra se llama Boy, como vos. ¿Cuánto hay de tu propia vida y cuánto de algo más universal?
—Todo lo que se dice en ella es absolutamente verdad con respecto a mi propia vida. Pero aunque hablo de aspectos puntuales de mi historia, habla de cosas que nos pasan a todos: los vínculos con nuestros padres, con nuestros hijos, el amor, el sexo, la profesión, la vida, la muerte. Hace poco la hice en Europa, recorrí España durante dos meses, y la reacción era siempre parecida. La gente me decía: “Me estás hablando de lo que me pasa, de lo que sufro, de lo que nunca me dije”. Ahí me di cuenta de que habíamos dado en el clavo con algo muy hondo. Es una obra muy divertida y sorprendente, pero no tiene nada de ficción.
—¿Y cómo se construye ese personaje que llevamos durante tantos años?
—Cuando somos niños se arma nuestra identidad, nuestra personalidad y la estructura que tenemos para funcionar y protegernos del dolor, la angustia, el miedo y la incertidumbre. Para mí eso viene de dos lugares. Por un lado, de la información que nuestros ancestros nos transmitieron, incluso a través de secretos familiares que llegan de manera inconsciente en forma de mandatos, creencias, síntomas o actitudes. Y por lo que nos pasó en la primera infancia, hasta los cuatro o cinco años. Ahí tenemos nuestras primeras impresiones, emociones y sensaciones, que nos llevan a armar una estructura de defensa y adaptación. Pero hay días en los que no somos ese personaje. Si sos empático, hay días en que no lo sos; si sos comunicativo, hay días en que estás retraído. Y eso muchas veces no tiene lugar. Por eso nos hace ruido, por eso sentimos que falta algo.
—¿Eso es lo que buscás explorar con la obra?
—Sí. Este espectáculo, que aparece como un unipersonal, en realidad es un experimento personal y universal sobre la condición humana. Estoy fascinado haciéndolo porque veo lo que le pasa a la gente. Me llaman al día siguiente y me dicen: “Me quedé hablando toda la noche con mi pareja”. O: “Me reuní con mis hijos para hablar de nuestros vínculos”. La obra habla de los vínculos y de cómo somos en relación con ellos. A veces perdemos de vista ese ser que está adentro nuestro, porque queda cubierto por las capas de personalidad que vamos agregando a lo largo de la vida.
—Tenés más de cuatro décadas de carrera en cine, televisión y teatro, además de haber dirigido y conducido. ¿Qué queda de aquel actor que empezó tan joven y qué ya no reconocés?
—Las cosas esenciales, mis objetivos de felicidad siguen intactas. Lo que cambió es que la cantidad de tiempo que vengo acumulando, horas vividas, me permite estar más relajado y no tratar de hacer las cosas para los otros. Tengo que hacerme más caso a mí mismo. La mirada de un juicio externo suele ser inhibitoria, porque empezamos a trabajar para un resultado. Creo que hay que escuchar más la voz del corazón y ser más honestos con lo que de verdad somos.
—¿Eso también cambió tu manera de entender la creatividad?
—Sí. Creo que la creatividad no es patrimonio de los artistas, sino de los seres humanos. Todo el tiempo tomamos decisiones: qué ropa nos ponemos, por qué calle caminamos, dónde miramos. Eso también es creatividad. Son las elecciones que hacen que tengamos una resonancia entre lo que está afuera y lo que está dentro nuestro. Y siento que el exceso de tecnología nos está impidiendo eso y está atrofiando nuestra capacidad de percibir.
—En ese sentido, ¿qué lugar ocupa hoy el teatro?
—Creo que tiene un valor agregado enorme. El teatro retoma esa ceremonia sagrada que existe desde siglos antes de Cristo: un grupo de personas que se reúne para ver a otras personas poniendo en voz, palabra y movimiento lo que nos pasa a todos. Estamos pasados de rosca por la velocidad y por la adicción que nos generan las pantallas. Estamos perdiendo la posibilidad de mirarnos a los ojos, de mirar el fuego, el cielo, de respetar nuestros tiempos como animales que somos. Y el teatro recupera eso.
—Tenés 70 años, ¿cómo cambió tu relación con el paso del tiempo?
—Veo la vida como una especie de espiral evolutiva. No hay escalones violentos: hay cosas que nos van marcando, pero también hay cosas de mí que son idénticas a cuando tenía cinco años. Tengo una enorme relación con mi historia y también miro al futuro tratando de encontrar esperanza en un momento tan complejo como este. Pero habito el presente con intensidad.
—¿Qué significa para vos encontrarte con el público después de tantos años de carrera?
—Es muy reconfortante descubrir que somos todos parte de una misma familia. No estamos solos si sabemos encontrar aquello que nos vincula con los otros. El arte nos conecta, como también la naturaleza. Así como los uruguayos me reciben, yo los recibo en uno de mis hogares, el escenario.
—Y esta vez el público va a encontrarse con algo bastante distinto de lo que conoce de vos.
—Sí. Están habituados a conocerme, pero no a escucharme hablar de la forma en que hablo en este espectáculo. Esto no se parece a nada de lo que hice en toda mi vida. Y ahí está la gracia: presentarme yo, no hacer un personaje. Soy Boy. ¿Qué se le va a hacer?
-
Emmanuel Carrère fue declarado Visitante Ilustre de Montevideo tras su presentación en el Teatro Solís
Cosas para hacer en la semana: comienza el Monfic, el Fidae, "Carrie" llega al streaming y "Tirria" a El Galpón
FIDAE 2026: todo lo que hay que saber de la décima edición, con funciones en Montevideo, San José y Paysandú