Si hay una murga que ha dado que hablar con sus retiradas es Queso Magro. Su homenaje al Chuy en 2009 quedó grabado a fuego y, desde entonces, marcó un sello propio: no cantarle a la luna ni al propio Carnaval, tampoco prometer regresos ni buscar hacer lagrimear, sino apostar a la risa y al humor en el tramo final del espectáculo. Este año la propuesta se titula Clásico y no podían esquivar esa tradición.
La murga láctea —con un coro que muchos consideran superior al de otras temporadas— decidió homenajear a la feria de Tristán Narvaja. Y los sombreros de la retirada, que recrean sus puestos más emblemáticos, se roban miradas y aplausos en cada tablado.
Cuando la murga baja del escenario, el público se acerca para observar qué llevan en sus cabezas. Descubren lentes, vinilos, peceras, botones, libros, juguetes, antigüedades, pulseras hippies. Si con esos detalles ya quedan maravillados, mayor será la sorpresa cuando sepan que cada gorro esconde una historia y guarda un trozo de memoria de los integrantes y sus familias.
Detrás de esa postal hay meses de visitas a la feria, charlas con feriantes, cajones abiertos, registro fotográfico y el deseo de que cada diseño dialogue con la personalidad de quien lo porta.
Esa búsqueda fue posible porque este año la retirada apareció más temprano que otras veces, incluso antes que los cuplés. “Me dio mucho tiempo para pensar cómo hacer este homenaje”, cuenta a El País Sofía Beceiro, responsable del vestuario de Queso Magro.
Para construir esa feria en miniatura, Beceiro y su asistente, Paula Migliaro, hicieron lo que harían cualquier domingo en Tristán: caminar, mirar y escuchar. “Fuimos muchas veces a observar. Hablamos con feriantes, hicimos un registro fotográfico de texturas, frutas, antigüedades, platería, y esas imágenes están en las mangas de la retirada”, cuenta.
La idea inicial era que el gorro fuera un rejunte de objetos mencionados en la letra —un reloj, un disco trucho, un cargador de Nokia 1100, medio soutien, cuarto blíster de Perifar, por citar algunos—, pero apareció un concepto que ordenó todo: el fondo de cajón. Esa lógica tan propia de Tristán, donde el hallazgo de cosas olvidadas activa un recuerdo, fue el punto de partida.
Así empezaron a abrir cajones para construir desde lo que cada uno traía. El abuelo de Migliaro había sido relojero y aportó piezas diminutas para el puesto de antigüedades. Beceiro rescató botones de una vieja colección de sus abuelas —y de abuelas de amigas— para la mercería, además de cables, bombitas y pequeños artefactos eléctricos para la mini ferretería.
Los hijos de los murguistas también se entusiasmaron con la idea: durante los ensayos hicieron las pulseras del puesto hippie y donaron juguetes de sorpresitas. Hay, incluso, telas y elementos de años anteriores que se reciclaron y terminaron en estos sombreros.
“Si compraba miniaturas y chucherías, se perdía eso de rescatar algo viejo y venderlo, que es el espíritu de la feria, además del valor sentimental”, explica.
Nada quedó librado al azar. Tati Kornecki lleva el puesto de flores por ser quien arranca sola la canción final: querían mostrar lo bello sin revelar por completo el cuentito. Pablo Vidal tiene las peceras sobre la cabeza porque es el director escénico y ese es el primer puesto que se ve por 18 de Julio. Dato curioso: la modista de Vidal es hermana del feriante que vende los peces en Tristán.
Cada componente usa un puesto distinto, muchas veces ligado a su personalidad. Alina Negrín pidió el de los lentes; Alejandro Martínez, el de las remeras de fútbol; y Santiago Wirth, el hippie, con pulseras y trenzas. “Siempre jugamos con guiños internos, pero esta vez fue más explícito”, señala la vestuarista.
En ese afán por no perder las tradiciones y en línea con el nombre del espectáculo, todos los puestos están atendidos por ratones, símbolo de la murga desde sus orígenes.
En medio de jornadas interminables, el equipo creativo decidió encarar el proyecto casi como un juego. “Carnaval es muy hostil: son muchas horas y estábamos agotadas. Dijimos: ‘hagamos esto por placer’. Los gorros son un rescate de belleza, felicidad y juego”, sintetiza Beceiro.
La respuesta acompañó ese espíritu lúdico: cada vez que la murga baja del escenario, decenas de personas se acercan a descubrir los detalles, con la misma curiosidad que despierta el paseo por Tristán Narvaja.
Cada sombrero es una obra de arte y su destino aún es incierto. “Me gustaría dejar alguno expuesto en el Museo del Carnaval como recuerdo. El resto encontrará un dueño porque varios murguistas lo quieren para sus estanterías”, cierra Beceiro.
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