Diego Peretti: "No busco más que lo que me viene ocurriendo: una buena historia que pueda llegar a la gente"

El actor argentino que tiene un estreno en streaming, "Lo dejamos acá" con Ricardo Darín y en cine, "La casa" con César Troncoso, llega a Uruguay con una obra de teatro, "El jefe de mi jefe" a fines de noviembre en el Teatro Movie.

Diego Peretti
Diego Peretti

Diego Peretti parece estar en todas partes. Actualmente tiene en cartel en cine La casa, un policial intenso y bien logrado con César Troncoso y en streaming acaba de estrenar La dejamos acá, una película con Ricardo Darín recibidas con opiniones de divididas (perdón, no hablamos de eso) y que se estrenó en Netflix. El motivo de la charla es, en realidad, El jefe de mi jefe, la obra de teatro con texto del danés Lars Von Trier (cuya versión en cine de 2007 acá se exhibió fugazmente en Cine Universitario, de acuerdo al sitio Cinestrenos, como El jefe de todo esto) en la que comparte elenco, entre otros, con Federico D’Elía, amigo y compinche en Los simuladores. Es una adaptación de Ricardo Hornos dirigida por Javier Daulte.

Estará del jueves 26 al domingo 29 de noviembre en el Teatro Movie y las entrada están en venta en movie.com.uy y en boletería.

Allí, Peretti, que atiende a El País desde Mendoza en una escala de la gira por Argentina que está haciendo con la obra, interpreta a un actor desocupado que es contratado por el jefe de una empresa para hacerse pasar por su presidente ante unos posibles compradores. De acuerdo a cifras de la producción, El jefe de mi jefe fue la obra más exitosa de la Temporada 2025/2026 en el porteño Paseo La Plaza.

Peretti ha sido una presencia constante en la vida cultural uruguaya ya sea en cine, series, streaming o teatro. Se están cumpliendo, por ejemplo, 10 años de su primera visita a Uruguay con La chica del adiós con Paola Krum en El Galpón. Después vino con Por h por b, Los vecinos de arriba y En el otoño de 2023 estuvo en Enjoy con Inmaduros junto con Adrián Suar (que produce El jefe de mi jefe). Este es un resumen de su charla conEl País en la que habla del oficio de actor y de qué encuentra en el teatro.

—En 2009 hizo La muerte de un viajante con Alfredo Alcón. ¿Cómo era trabajar con él?
—Una maravilla. Un gran compañero, un actor absolutamente enorme, singular, con un profesionalismo estupendo y un humor hermoso. Fue muy agradable trabajar con Alfredito.

—Usted compartió proyectos con muchos grandes actores...
—Sí, con muchos. Con Federico Luppi, Darío Grandinetti, Ricardo Darín, Ulises Dumont, Norma Aleandro y Soledad Villamil. Son muchos años de trabajo y, en general, me ha tocado compartirlo con gente enorme. Mi primera película comercial comercial fue dirigida por Sergio Renán, con un elenco hermoso.

—¿Y cómo se paraba frente a ellos?
—Cuando era más joven y me tocaba trabajar con gente así, los primeros encuentros eran un poco inhibidos o vergonzosos. Pero luego el trabajo hace que los actores se encuentren en el oficio específico de la interpretación, de las escenas, y todo eso se disuelve. Los nervios quedan absorbidos por la concentración en el trabajo. Eso es lo que generalmente me ocurría cuando estaba con actores muy reconocidos desde mi niñez.

—Hablando de maestros. ¿Cómo era estudiar con Raúl Serrano, su primer maestro de actuación?
—¡Qué linda pregunta! Para mí, Raúl Serrano fue un profesor de teatro y también de la vida. Gracias a Dios, pude encontrarme con él antes de que se fuera de este plano. Era completo. No solo nos enseñó, durante tres o cuatro años, su técnica de interpretación, que era muy particular, sino que también eraun director y un profesor de la vida del actor. Nos ubicaba en las coordenadas justas para el profesionalismo dentro de nuestro sistema. Guardo a Raúl Serrano en el corazón, y eso que estuve apenas tres años de mi vida con él. Cuando nos vimos por última vez en un café, me dijo: “Algo bueno debo haber hecho, porque estuve tres años nada más con vos y después de 30 años me llamás para tomar un café por el recuerdo que te dejé”. Esas palabras me encantaron.

—¿Qué tiene de distinto el actor argentino para alcanzar la trascendencia internacional que tiene gente como usted, Darín, tantos?
—No sabría decirle exactamente qué es. Es cierto que a mí me fue bien en España con un par de cosas que hice y me llaman de vez en cuando. Pero no sabría decirle qué aportamos, porque la manera de trabajar en España también es muy parecida a la nuestra, tanto técnica como interpretativamente. Quizás ellos son más prolijos o más estrictos con respecto a la letra. Hace muchas décadas, quizá, el español no era considerado un buen actor. Pero eso ha quedado totalmente vetusto. Los argentinos quizás tenemos cierta picardía, doble sentido y suspicacia al actuar que ellos no tienen. Son más concretos, más directos en la interpretación de los textos.

—Quizás sea la tradición actoral donde se cruzan el cine de la edad de oro, el sainete, el circo criollo, el aporte de Hedy Crilla cuando les llevó el método.
—Es verdad. Es una combinación rara. De todo eso que usted menciona quizás el método lo tomaron grandes directores y profesores de teatro como Serrano, Fernández, Alezzo y Gandolfo, todo mezclada con cierta impronta del actor repentista, improvisador, de la picaresca de, no sé, Parravicini y Olmedo. Eso produce un tipo de actor muy profesional, psicologista, si quiere, en el mejor de los casos, pero también con un doble sentido y una suspicacia al actuar que son muy nuestros. Un ejemplo es Los simuladores. Cuando se repitió en otros países no tenían esa cosa “porteña”, esa condición de ser una especie de tramposos buenos. Eso, volcado en la actuación, da un cóctel que resulta atractivo.

—Se habla mucho de cómo el streaming ha cambiado la forma de hacer cine y series. ¿Trabajar para las plataformas también exige una manera diferente de actuar?
—Cuando llega al set, uno se encuentra con plataformas que ponen mucha plata y quieren que su película tenga una calidad estándar muy elevada. Entonces, se trabaja muy profesionalmente, como cuando se trabajaba en cine. El gran cambio del cine es cuando se pasa del celuloide al video. El celuloide costaba muchísimo más y, cada vez que se rodaba una toma, se gastaba rollo. Había que llegar con las cosas muy ensayadas. Ahora el ensayo se achicó un poco porque se puede grabar lo que se ensaya, y eso no implica un costo quizás los sets quizás son un poquito más bulliciosos y desordenados. Antes entraba a un set de cine y parecía una sala quirúrgica. Ahora eso se ha perdido un poco. Extraño aquella concentración. Pero, en cuanto a la búsqueda de lo mejor en un plano, en una luz, en una actuación, en una puesta en escena o en el sonido, sigue exactamente igual.

Peretti, Daulte, D'Elía
Peretti, Daulte, D'Elía

—Ahora es el teatro el que lo trae a Uruguay. ¿Qué encuentra en el escenario?
—El teatro es un arte muy primate, muy primitivo. Hace falta el cuerpo del actor y alguien que lo vea. Es un arte medio irrompible, sólido en cuanto a su perserverancia en el tiempo. Es el arte escénico y de interpretación más antiguo. El actor lo nota porque, cuando sale a escena, está eso que se conoce como salir sin red. El espectador también lo sabe, y genera un respeto y una adrenalina con los que hay que lidiar, sobre todo al principio de las obras para lograr que el espectador se sienta tan tranquilo como el actor cuando está interpretando y pueda sumergirse en la historia. La impronta del vivo, de estar ahí, genera nerviosismo. Hay que vencerlo junto con el espectador para que entre en la convención. Una vez que eso sucede, la magia es triple: se ven las luces que nos iluminan y las butacas de los demás espectadores, pero, aun así, la gente está metida ahí. Ese es un vínculo muy primitivo del arte que siempre me gusta transitar. Es muy lindo y ahora que estamos en gira vemos como la obra se renueva con cada público.

—Cuénteme cómo llegó al texto de Lars von Trier, qué le interesó y cómo es trabajar en escena con otro integrante de Los simuladores.
—El texto me llegó a través de Javier Daulte, Pablo Kompel y Adrián Suar, que son el director y los productores. Lo leí y me gustó mucho. Después vi la película de Lars von Trier en la que se basa con una adaptación de Ricardo Hornos. Me gustó mucho. Es una obra muy absurda y provocativa, aunque no una provocación estrictamente transgresora. La provocación está en su lenguaje teatral, que es bastante disruptivo.

—¿En qué sentido?
—No es una obra de living con problemas matrimoniales. Se centra en una oficina donde el jefe de la empresa tecnológica es un jefe muy ambiguo: no se sabe bien qué es ni a qué se dedica. Toda esa confusión hace que los empleados, que conforman un elenco extraordinario de dos actrices y dos actores, comencemos a navegar en un desconocimiento casi infinito sobre lo que significa trabajar en algo cuya naturaleza no se conoce bien. En la actualidad es muy común ver cómo avanza la tecnología sin saber bien hacia dónde vamos. De todo eso habla la obra. Es muy graciosa porque trabaja con un absurdo muy grande, y la puesta en escena también tiene música. Se genera un enganche muy lindo con el público dentro de ese caos.

—Y comparte escena con otro simulador, Federico D’Elía.
—Nos conocemos hace mucho tiempo. Somos amigos, y ese buen vínculo se extiende a todo el elenco. Estamos muy bien entre todos.

—Ultimamente aparece por todos lados: en cine, en streaming, ahora en teatro...
— Son películas que hice hace más de un año y se dio la casualidad, como a veces sucede en nuestra profesión, de que coincidieran los estrenos. No estaba programado. Me hubiera gustado que se estrenaran con más distancia para no confundir la comunicación, pero fue así. Estoy muy contento con la repercusión de las tres cosas que estoy haciendo.

—¿Cuáles son sus desafíos como actor?
—No busco más que lo que me viene ocurriendo: una buena historia que pueda llegar a la gente, trabajar con personas inteligentes y creativas y llevarme bien con los grupos de trabajo. Eso me suele ocurrir y espero que siga ocurriendo. Ese es el máximo desafío que tengo en mi profesión.

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