Está irreconocible, con el pelo largo y la barba abundante que le exige su papel en Sangre, una combinación de serie y novela que está grabando en Buenos Aires para Netflix y donde comparte elenco con Pablo Echarri y Julieta Cardinali. Igual, en marzo estaría recuperando el bigote de Favalli, su personaje en El Eternauta, la serie de la que se ha vuelto indispensable en su demorada segunda temporada y que, reconoce, le ha dado un giro a su carrera.
Así es la vida de un actor ocupado como César Troncoso.
Otra prueba del momento de su carrera que está atravesando es que tiene dos películas en la grilla del festival MONFIC, que organiza Movie en Montevideo Shopping: La casa, un policial intenso con Diego Peretti (que se exhibe hoy a las 16.55), y La mujer del río, un drama sobre violencia de género (mañana a las 16.45). La semana pasada estuvo presente en las funciones de ambas películas, donde charló con un público que, con saludos y selfies, le dejó en claro su cariño.
Ambas películas sirven, además, para ver la ampliltud de registros de Troncoso. En La casa es El Negro Bernal, el misterioso contacto de Peretti con un mundo inquietante; en La mujer del río, es Pedro, un hombre agobiado que comete un femicidio. Son dos películas importantes sobre temas sociales, individuales y morales de gran actualidad.
Y encima, el 22 de octubre, coincidiendo con la visita de León XIV, se repone en cines El baño del papa, la película de Enrique Fernández y César Charlone que impulsó una carrera en Brasil, que hace un tiempo se volvió regional y que lo tiene así de ocupado.
Un poco de todo eso, en una cafetería del Prado, Troncoso, irreconocible aunque tan amable como siempre, charló con El País.
—¿Cómo es su fama? ¿Lo reconocen por la calle?
—No, ni acá, ni en Buenos Aires. Y ahora con esta pinta no me reconocen ni los que me conocen. Pero cuando estoy con el bigotito de Favalli, ahí sí un poco más.
—¿Cómo llegó al teatro?
—Empecé grande, a los 25 años. Los demás tenían 18, 19, 21. Estudiaba Medicina y la dejé porque me di cuenta que no era para mi. Quedé medio en banda, era pleno verano y, en ese momento, Alberto Restuccia y Luis Cerminara abrieron un localcito en Rivera y Bulevar Artigas y largaron clases de teatro. Yo ya los veía en la Alianza Francesa, o iba al Teatro Circular y terminé entrando. Me atendió Alberto, quien me dijo que me quedara a la clase y me quedé.
—Cuando empezó en el teatro, ¿qué soñaba para su carrera?
—No tenía una expectativa concreta. Era el día a día: ibas haciendo, inventabas otra, hacías otra. Las expectativas siempre fueron más bien bajas, en el sentido de que tenías que migrar como hicieron Natalia o Laport. A mí nunca se me ocurrió cruzar a Argentina para probar suerte. Además, sí empecé teatro a los 25 años y a los 29 me puse en pareja con Adriana. Poco después tuve a mi hija. Y no íbamos a emigrar.
—¿Cuál era su expectativa entonces?
—Hacer teatro por las noches, ensayar y mantenerme con el laburo de ocho horas para cobrar el sueldo y, por la noche, volver hacer teatro. Cuando apareció el cine, ya tenía una vida armada: cuando El viaje hacia el mar ya tenía 40 años. Ahí se abrió un poquito el juego a otras cosas, a otras posibilidades, pero siempre pensando que era una coyuntura. Recién con El baño del Papa empezó a cambiar eso. Y fue cuando hice Infancia clandestina en Argentina, alrededor de 2011, que dejé el otro trabajo.
—¿Se dio cuenta de que aquello podía cambiar su carrera?
—El baño del Papa fue el diferencial porque funcionó en Brasil. Era una historia de frontera lo que estimuló que se viera mucho en Brasil para una película independiente, tuvo una buena recepción con cinco premios en el Festival de Gramado, entre ellos los de Virginia Méndez como mejor actriz y el mío como mejor actor. Y está la figura de César Charlone. La película es divina, pero Charlone es una figura muy potente, muy fuerte y muy reconocida en Brasil que terminó trayendo a la productora de FernandoMeirelles.
—¿Qué aprendió allí?
—Siempre digo que muchas veces no me doy cuenta de las cosas que aprendo, de cómo actúo o cómo construyo un personaje. Pero una cosa es no darte cuenta y otra es creer que no aprendiste nada. Claro que aprendí. Sobre todo, por lo que transmitía César, por su figura, y también porque había llegado un preparador de actores, Christian Durborn. Todo eso generó un oficio que quizás no tenía en las tres películas anteriores. Salí de El baño del cine transformado en actor de cine.
—Pasó el tiempo y tiene dos películas en el Monfic. Eso habla de su buen momento.
—Es muy loco. Por lo general, cuando uno trabaja fuera del país, lo hace en proyectos en los que Uruguay es coproductor. Pero, al fin y al cabo, uno es lo que entregan como parte de pago. La casa es una película 100% argentina y La mujer del río es una coproducción con Uruguay, pero cierra una trilogía en la que las otras dos, en las que también fui protagonista, eran 100% argentinas. Me resulta muy raro protagonizar o coprotagonizar películas de otros países sin vivir allí. Si sos uruguayo y vivís en ese país, está bien, puede pasar. Pero que me suceda tanto en Brasil como en Argentina, y que tenga dos películas así al mismo tiempo, es bastante extraño. Y son dos películas que creo y que ganaron el premio de la crítica en el Bafici y en el festival de Mar del Plata.
—Y son dos personajes bien distintos...
—Que me permiten mostrar dos líneas de trabajo totalmente distintas. El negro Bernal, de La casa, es un tipo oscuro, minucioso, de pocas palabras. Es de esos personajes que casi podrían no ser de carne y hueso. Podría ser el diablo del Evangelio según san Mateo, el tipo que te da la carta y te dice a ver qué hacés con eso.
—Está teniendo muchos proyectos...
—Por suerte...
—¿Es el efecto El Eternauta?
—Sí, te mueve un poco de lugar. Tengo la teoría de que si empezás a protagonizar, puede pasar que después no puedas agarrar un papel secundario. No porque no lo desees o no esté bien hacerlo, sino porque a veces la mirada de los demás funciona de otra manera. Tengo la sensación de que, para algunas miradas, si vos estás en determinado lugar y después agarrás un papel en una película independiente chiquita, un rol secundario o una participación pequeña, alguien puede pensar eso mismo. Yo, sin embargo, digo que lo hago igual. Trabajo en cine independiente. La casa y La mujer del río son cine independiente. Pero me parece que, llegando a ciertos lugares, quizás tenés que cuidar un poco más algunas cosas.
—¿Se siente en ese lugar?
—Después de Favalli, capaz que me siento en un lugar distinto.
—Y así se va armando una carrera...
—No tengo claro qué significa construir una carrera. Capaz que es empezar a decirles que no a ciertas cosas a las que antes les decías que sí. No sé. Es algo a lo que hay que estar atento. Pero también he trabajado en cosas que me gustaban menos por fidelidad a gente que me dio una mano.
—¿Cómo se convirtió Favalli en un personaje indispensable de El Eternauta?
—A mí me hace acordar a Sancho Panza. No sé si el Quijote es el mismo sin Sancho Panza. Favalli tiene una suerte: está en la historieta original de 1957. Eso hace que el tipo esté ahí. Y hay cosas que no se pueden poner en Juan Salvo (el personaje de Ricardo Darín) porque es el héroe, y que sí se pueden poner en Favalli. Ciertas debilidades, ciertas crisis, determinadas cosas que el héroe no puede tener de la misma manera. Favalli es el escudero.
—¿Cuándo empieza la segunda temporada?
—Me vienen diciendo en marzo. Creo que hay una voluntad real de que sea en esa fecha.
—¿Por qué se demora tanto?
—No lo sé. Como vivo en Uruguay y, además, por mi timidez, yo no pregunto. No voy a decir: “Che, ¿en qué anda esto?”. Pero supongo que debe haber una multiplicidad de razones. El proyecto tiene un tamaño tal que no debe haber una única cosa que resolver. El proceso de ajustar todas las piezas de la maquinaria debe tener cinco o seis lugares en los que están haciendo foco. No lo sé.
—¿Se gana plata como actor?
—No me quejo. Hay trabajos mejores y peores y algunas las tenés que hacer por muy poco. En estas producciones he sacado un salario piola que me permite pensar en el futuro. Lo que estoy tratando de hacer es —teniendo en cuenta que esto es zafral y que estoy envejeciendo— asegurarme un poco. ¡Ya hice de abuelo de una nena de 14 años, por ejemplo! Además, está la inteligencia artificial dando vueltas y hay muchas cosas que indican que el panorama quizás no sea tan benévolo. Pero estoy trabajando con valores que me parece que pueden asegurarme que mañana no me va a faltar nada. Pero tampoco me estoy haciendo rico.
—Y tener continuidad laboral ya es un montón...
—¡Lógico! ¡Y no me olvido de cuando cobré 17 pesos por un mes entero de trabajo en una obra de teatro. Me tomé un café en la esquina