Es uno de los grandes pianistas de su generación y un defensor de la educación musical en las escuelas. A cuatro años de su última presentación en el Solís, el uruguayo Homero Francesch regresa a la sala mayor de ese teatro con un programa dedicado a Maurice Ravel.
“Voy a tocar un programa que le va a exigir mucho a la gente. Y no me importa. Quiero que conozcan que esto existe”, dice el músico en una oficina del teatro, en la previa del concierto que ofrecerá este jueves y tiene entradas en venta en Tickantel. “En el programa va a haber un buen texto para que la gente aprenda. Porque para eso estamos”, añade sobre la función, que reunirá cuatro obras del compositor francés.
Francesch comenzó sus estudios en Uruguay y, a mediados de los años sesenta, partió con una beca rumbo a Alemania. Desde allí se proyectó hasta convertirse en un referente internacional del piano, guiado por nombres como Leonard Bernstein, Kurt Masur, Sir Colin Davis y Charles Dutoit. Con una carrera de varias décadas, premios en distintos países y una vida repartida entre Suiza y Uruguay, dice que en el Solís siempre se siente en casa.
Allí, en plena entrevista, alguien golpea la puerta de la oficina mientras él habla de la suite “Le Tombeau de Couperin”. “Homerito, ¿cómo estás?”, le dice un joven empleado del Solís que se acerca y lo saluda con familiaridad. “Tenés siempre la cara de tu madre”, le responde Francesch mientras el interlocutor sonríe y se despide rápidamente. Cuando se va, el pianista explica, divertido: “Es el nieto de mi maestro de piano, Santiago Baranda Reyes. Solo acá me dicen Homerito. Cuando vengo son todos muy cariñosos. Es un lindo equipo”.
Y sobre la música, asegura: “Creo que cada uno tiene sus aptitudes, y que el talento para el arte es un poco congénito. Uno nace con eso y se convierte como en un olfato donde uno sigue algo”.
—¿De dónde proviene su talento?
—No lo puedo describir. Un niño puede tener la voluntad y el deseo de componer, otro de dibujar...
—En su caso, el apoyo de sus padres fue fundamental.
—Si mis padres no hubieran estado tan presentes, hubiese sido distinto. Eso se ha perdido un poco como sociedad. Muchos padres delegan demasiado en los maestros, y los maestros tienen un rol dentro del aula, pero hasta ahí. Por eso respeto mucho a quienes enseñan: le dan a un niño la primera semilla para ser civilizado.
—Hace unos años dijo que de niño le fascinaban los pianos, que se sentía como hipnotizado. ¿Todavía lo siente así?
—Ahora el piano es parte de uno. Pero de niño era un cuerpo extraño que me magnetizaba, como a otro puede encantarle una bicicleta o un auto. Tengo cuatro pianos en casa, y a veces no concibo una habitación sin un instrumento. También tengo un clavicémbalo.
—¿Por qué trae un programa dedicado a Ravel?
—Porque estamos en un momento efervescente de la sociedad. Por eso nos dedicamos a tocar Ravel.
—Lo ha interpretado desde sus comienzos...
—Sí, es un amor de toda la vida. Empecé con la “Sonatine”, de 1905, que abre el programa. Después viene “Miroirs”, una obra muy avanzada para su época, llena de colores y sonoridades. Ravel la compuso a los 30: acá diríamos que era un pibe, pero tiene una profundidad que parece de una obra posterior. Es una contraposición de estilos que no vi en ningún otro compositor. En Mozart se ven desarrollos, en Beethoven también, pero Ravel tiene un espectro impresionante.
—Y homenajea a Schubert en uno de los valses que interpretará en el Solís.
—Sí. Schubert escribió dos ciclos de valses en 1823: los Nobles y los Sentimentales. Ravel los unió en unos “Valses nobles y sentimentales”. Solo uno tiene título: “Adelaide”, que también vamos a interpretar. Cuando se estrenó, ocurrió algo curioso: el primer vals está lleno de disonancias y el público quedó descolocado, no estaba acostumbrado a esos sonidos. Y esa era la idea: llamar la atención y provocar.
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