Como si fuera un lugar suspendido en el tiempo, una puerta giratoria hacia un mundo paralelo, este martes el Antel Arena funcionó en otro plano de la realidad. Mientras el mundo esperaba una decisión de Donald Trump en relación a su última y feroz amenaza geopolítica, y un temporal de viento y lluvia azotaba Montevideo para dejar ramas y árboles esparcidos por todos lados, hubo un rincón del país en el que todo se redujo a la fiesta: una celebración de ritmo latino con Ricky Martin como el anfitrión ideal.
El cantante puertorriqueño volvió a reencontrarse con su público local tres años después de su última visita y, al igual que en sus presentaciones anteriores, tuvo una misión central: lograr, en poco más de una hora y media, que la gente se fuera feliz. Su sonrisa constante, a prueba incluso del inconveniente técnico que lo obligó a empezar de nuevo "Tu recuerdo", fue una forma de remarcarlo.
En esa cruzada lo acompañaron seis bailarines, una banda numerosa —batería, percusión, guitarras, bajo, teclados, corista y sección de vientos—, toda vestida de negro, y una estructura de recital pensada para arenas: una gran pantalla central, dos laterales, plataformas recubiertas de visuales y una franja lumínica que recorría todo el perímetro del estadio. La escenografía minimalista apeló a las proyecciones para crear ambientes: tan dorados como un reggaetón o lo suficientemente verdes como para tender puentes con Puerto Rico.
El recital comenzó a las 21.30 y tuvo un diseño en bloques que articuló lo latino bailable con las baladas de arreglos suntuosos, a las que Ricky Martin debió ajustarles el tono a la medida de su voz actual, notoriamente más grave. Los estribillos en falsete —como el de "Fuego de noche, nieve de día"— quedaron enteramente en manos del público, que respondió cantando a viva voz los temas más populares y más antiguos, el verdadero sostén emocional de su repertorio.
En ese sentido, la dinámica fue bien distinta cuando sonaron "Vuelve" o "Te extraño, te olvido, te amo", que cuando apareció, por ejemplo, "She Bangs" en su versión en inglés. El boricua le pidió más y más intensidad a sus fieles mientras mantuvo esa combinación de cálculo y soltura que ordenó buena parte de la noche. Buscó rápido el contacto cercano: le bailó a las tribunas, mencionó nombres, recogió una camisa que le tiraron, señaló personas entre el público y lanzó besos y guiños como forma de desarmar la escala multitudinaria en favor de cierta complicidad.
Declaró varias veces su amor por Uruguay. “Siempre me siento en casa. Una gente linda, una gente cálida. Unas sonrisas hermosas, una energía bella. Gente que quiere, gente que ama. Eso es Uruguay para mí”, dijo en algún momento. Luego lanzó más de un "Te amo, Montevideo", y como respuesta siempre obtuvo aullidos espontáneos. En las tribunas estuvo la italiana Laura Pausini, quien ya se instaló en la ciudad de cara al concierto que dará este viernes en ese mismo escenario.
Numerosos cambios de vestuario —atuendos completamente negros, camisas blancas que terminaban siendo prácticamente transparentes por el sudor, musculosas de brillos—, alguna entrada a destiempo corregida sobre la marcha y escenas puntuales (una pareja besándose en "Te extraño, te olvido, te amo", el baile radiante de una mujer que entonó "Gracias por pensar en mí" como si algunos versos le hablaran directamente a ella) fueron parte de un despliegue preciso al que Ricky Martin le aportó mucho baile. Alternó pasos coreografiados con movimientos de brazos casi ceremoniales: por momentos marciales, por momentos cercanos a una pose de yoga. Como si estuviera rompiendo olas y otras veces, como si abriera las alas.
Sin sorpresas, la noche se cerró con "Livin' la Vida Loca" y "La copa de la vida", himnos alegres que siguen funcionando como un golpe a la nostalgia colectiva y que fueron la última inyección de energía antes de volver a la realidad, antes del golpe de la lluvia y antes de que la fiesta latina se confundiera otra vez con el viento.
El recital se sostuvo, esta vez, en la precisión corporal de Ricky Martin, en una banda sólida que aportó solos rockeros, outros de salsa y mucho sabor, y en una estructura que sabe exactamente cuándo subir, cuándo pausar y cuándo volver a empujar. Es decir: en el oficio, eso que hace que muchas cosas cambien, pero que Ricky Martin permanezca en lo alto de la música latina, con la sonrisa intacta y el amor correspondido.