El renacer de las jams: cómo los músicos uruguayos vuelven a encender la noche haciendo comunidad

De Montevideo a la Costa, las jams llenan bares y salas cualquier día de la semana para devolverle el vértigo a la música en vivo. Que haya muchas, dicen, enriquece a una ciudad: ¿pero por qué?

On Fire
Un show de Martes On Fire en Sala del Museo.
Foto: Florencia Veres

Un sótano que se prende fuego un miércoles a las 11 de la noche. Un bar que ha aguantado madrugadas largas de varias generaciones y hoy se viste de club de jazz. Una esquina en la que veinteañeros hacen sonar a Jaime Roos y los Bee Gees. Al fondo de un vivero, un escenario en preparativos para que, un martes cualquiera, pasen cosas. Todo —y más— desde que una nueva camada de músicos tomó las riendas de la gestión para recuperar un circuito que se había ido apagando: las jams.

Nacidas hace 100 años como espacios nocturnos en los que músicos de jazz se encontraban de manera informal, tocaban sin ensayo, improvisaban frenéticamente y medían su virtuosismo como si allí también se jugara un duelo, las jams mezclaban a artistas consagrados con nombres emergentes. La música mandaba. La pasión también.

En Montevideo, ya fuera del ambiente jazzístico, el formato encontró su gran impulso con Francisco Fattoruso. En 2012, tras vivir en Estados Unidos, el bajista importó esa dinámica de intercambio que le había dado repertorio, contactos y oportunidades de trabajo. “Es algo que te potencia”, dice a El País. “A mí me elevó muchísimo”.

Esa noción gestó Martes on Fire, la jam que se volvió mito en el sótano de Paullier y Guaná (hoy Inmigrantes). Allí, mientras la ciudad se quedaba dormida, los martes ocurría lo impensado: subía Fito Páez, llegaba Jorge Drexler o Sebastián Teysera se sentaba a tocar la batería. Todo podía suceder.

“Siempre busqué un show entretenido, una fiesta. Que puedas olvidarte un poco de la rutina: esa es la gracia del On Fire. Que no importa si estás en el ambiente de la música o no. Ves un show divertido y buena música”, dice el bajista.

Ahora, tras años de vivir en Los Ángeles, Fattoruso se reinstalará en Uruguay y los Martes On Fire —que han llenado salas grandes y lanzaron un disco en vivo que ahora está nominado a los premios Graffiti— vendrán con él. El 17 de noviembre habrá una edición en Sociedad Urbana Villa Dolores, su nueva sede mensual (entradas en Redtickets), y a futuro proyecta recorrer el territorio.

Fattoruso está convencido: “Que una ciudad tenga varias jams enriquece la música. Genera un acercamiento, mejora el nivel y es una forma de estar unidos”.

Esa necesidad de comunión y de formarse en cancha resurgió con fuerza tras la pandemia. Sin los rituales del On Fire y tras la pérdida de otros espacios de jams montevideanos, una generación de músicos quedó sin trinchera. Cuando lo notó, luego de una gira española con la Comedia Nacional y después de ver cómo funcionaba la escena transatlántica, Mateo Ottonello se puso manos a la obra. Así nació el Jazz Club, que funciona los miércoles en Bluzz Bar, desde las 20:00, con entrada libre y una idea clara: democratizar la música instrumental y desacralizar el género.

"Había desaparecido esa movida que era mi escuela, donde aprendías a los bifes con los más grandes", dice Ottonello. "Y quise hacer lo que vengo haciendo desde hace años: sacar el jazz del lugar solemne o elitista donde tenés que pagar un cubierto artístico en un restaurante donde un plato no baja de los 600 pesos. Que está buenísimo, pero estamos dejando afuera a un público que no puede acceder a eso: los más jóvenes”.

El baterista se alió con Mauro Correa, responsable de Bluzz y director del sello Little Butterfly, para intentar sostener una movida que busca ser popular y accesible. Por eso la propuesta es, en su definición, de “jazz escabiador”: piezas contundentes, rápidas y a todo volumen, que contagien. Resalta la profesionalidad de la banda y el respeto por la música y el público. E insiste en que la prioridad son “los guachines”. Se entusiasma cuando cuenta que, hace poco, una chica de unos 20 años se le acercó para decirle que ahí, en su club, era la primera vez que escuchaba jazz.

Quiere que los músicos que recién están empezando tengan eso que alguna vez él tuvo, una escuela práctica: “Es una forma de hacernos cargo, porque lo hicieron con nosotros y porque lo tenemos que hacer si queremos que esta música siga sucediendo”.

El Club del Lobo y La Jamba: organización, fuego y mutación

No todas las jams nacen del mismo lugar. El Club del Lobo “empezó como quien va a jugar al fútbol 5”, dice el bajista Philip Hugo. En la pandemia, en la costa, comenzaron a juntarse una o dos veces por semana con Leo Silvestro, Lobo Domenech y Andrés “Colo” López, pura y exclusivamente para tocar. No había plan. Pero empezaron a subir videos a Instagram, sumaron invitados y un bar de Solymar los invitó a trasladar al vivo eso que habían generado en lo virtual.

Hoy encienden todos los miércoles en Inmigrantes (las entradas se consiguen por Redtickets), sumaron a la cantante Marti Serra como miembro estable y acaban de recibir a su primer invitado internacional: Paulinho Moska.

Llevan 140 toques y transitan varios estilos musicales, pero a pesar de la espontaneidad, la clave es la organización: planillas de Excel, documentos de Drive y agendas por Instagram para coordinar a los 20 o 30 músicos rotativos por semana. “Se va armando una comunidad”, destaca Andrés López, el Colo.

¿El sueño a futuro? “Lo que pasa en otras ciudades. Que vos vengas a Montevideo y sepas que los miércoles hay un sótano que se prende fuego”, dice Philip. Pero sabe que, para eso, hay que permanecer.

La organización fina también sostiene a La Jamba, un grupo de amigos que promedia los 24 años y empezó como jam, pero vive en estado de mutación. Debutaron en El Cambalache, se consolidaron en El Hormiguero y hoy llenan la nueva Sala Rondeau con una propuesta personal: no replican temas de candombe y música popular uruguaya, sino que los arreglan con sello propio. E invitan a artistas de mundos distantes para conformar un lugar nuevo. Este domingo harán su jugada más arriesgada al mezclar a la cantante Camila Ferrari con el cantor de plena Américo Young; quedan entradas en Redtickets.

"Como espectáculo, la jam tradicional tiene un techo", dice Juanchi Poglar, cantante y guitarrista. "Entonces empezamos a trabajar el repertorio como una ingeniería y a cruzar artistas de universos distintos. Tuvimos la actitud atrevida de decir 'el no ya lo tenemos'. Músicos que nos doblan la edad vienen medio a ver qué onda con estos gurises y se van babeados. Y eso es un motor tremendo".

“Termina siendo una amistad más después”, suma el bajista Tomás González. “Porque la gente cae, no nos conoce mucho, pero termina disfrutando de un lugar donde se hace música entre todos”.

Jamba
Los integrantes de La Jamba, la jam que mutó para buscar más.
Foto: Pillo Estudio

Las mujeres y las jams: un espacio que hay que tomar

El nuevo auge de las jams también alumbró una realidad. Cuando comenzaron a compartir el circuito, Camila Barrios y Renata Pieri notaron que las mujeres subían a cantar o hacer coros, pero pocas veces tomaban el bajo, la batería, la guitarra. Reconocían a las instrumentistas entre el público, no en el escenario. Por eso nació su Jamcita.

"Queríamos tener un espacio donde mirarnos, saber que estamos ahí y decir: acá sí se puede”, destaca Renata. “Buscamos una dinámica más de encuentro, de intercambio, de escucha horizontal. No un lugar de virtuosismo”, agrega Camila.

Con tributos pop (Miranda, Shakira, Abba, Bee Gees) y un show integral que llenó salas a los pocos meses de nacer —todo empezó apenas en noviembre de 2025—, el proyecto reivindica el valor de la música festiva sin perder profesionalismo (“no es un karaoke”, aclaran) y calidez. E invitan a todos —jóvenes y adultos, mujeres, hombres, disidencias— a ser parte. Ahora están procesando el impacto de la última fecha, que implicó más convocatoria, más esfuerzo y más trabajo de la dupla de cantantes, que también oficia de gestoras. El futuro recién se está dibujando.

Jamcita
Renata Pieri y Camila Barrios durante una edición de su Jamcita.
Foto: Emilia Zaballa

Agustina Cannavesi, guitarrista que gestiona la jam de candombe de Viento Sur (Médanos de Solymar), coincide en la urgencia de potenciar la presencia femenina. De hecho, cuando Tania Miraballes, quien lleva adelante Viento Sur junto a su hermano Martín, le propuso este proyecto —que tiene una banda anfitriona esencialmente femenina, lleva cinco ediciones y va por más—, fue explícita: “Yo quiero ver más mujeres en el escenario”.

Cannavesi se inició en las jams de jazz en 2010 y reconoce que esos rodeos la motivaron a crecer como instrumentista, pero subraya la importancia del apoyo de los y las colegas, porque la improvisación musical también acarrea exposición. Por eso tomó el llamado de Viento Sur como una misión: “Es importante decirlo y graficarlo: esto es para que haya más mujeres. Que lo dejemos en evidencia también es parte de una militancia”.

Así, entre la búsqueda de red y la escuela en cancha que precisan los músicos y que trasciende a Montevideo —el formato está llegando a todos lados, de Pando a Maldonado—, las jams le devuelven al público algo cada vez más escaso: el vértigo de lo impredecible. La promesa de salir sin saber lo que puede pasar. Un territorio donde la música vuelve a ser un espacio vivo. Y una forma de reivindicar el encuentro.

Dónde y cuándo ver las jams

MARTES ON FIRE
Fundada por Francisco Fattoruso, inaugurará una nueva era el martes 17 de noviembre en Sociedad Urbana Villa Dolores. La banda estable la integran Mateo Ottonello en batería, Coby Acosta en percusión, Matías Rada en guitarra y voz, Diego Soca en guitarra y voz, Camila Sapin en voz y Nacho Labrada en teclados. Ellos recibirán a diversos invitados —en una de las últimas, por ejemplo, coexistieron Hugo Fattoruso, Gerardo Nieto, Melaní Luraschi, Eduardo Larbanois y más— y Fattoruso quiere volver a detectar artistas en el público para convocarlos a subir en el momento. Las entradas están en venta en Redtickets.

EL CLUB DEL LOBO
Tocan todos los miércoles en Inmigrantes a partir de las 22.00, aunque a veces tienen presentaciones otros días de la semana. La banda anfitriona la forman Lobo Domenech en guitarra, Philip Hugo en batería, Leo Silvestro en bajo, Andrés "Colo" López en teclados y Marti Serra en voz, quienes reciben a un invitado central y luego a decenas de músicos que rotan en los distintos roles. Su repertorio es amplio y la propuesta actual es de una sola vuelta de música, con una primera parte en la que se presentan ellos y una segunda en la que se da rienda suelta a la jam, es decir, al intercambio. Las entradas se consiguen en Redtickets.

Para tocar, se les puede escribir por Instagram (@el.club.del.lobo).

LA JAMBA
Se definen así: "Somos una banda de amigos y tocamos canciones que seguro conocés". Nacieron como una jam de música popular uruguaya, hicieron un ciclo de tributos y hoy proponen algo distinto: tocan repertorio nacional que han arreglado con una impronta "filosa", dicen, y suben al escenario a dos invitados que vienen de mundos musicales distantes. Este domingo cruzarán a Camila Ferrari —cantante y compositora, integrante de Coralinas y un aporte vocal delicado en varios proyectos locales— con el cantante de plena Américo Young. La cita es a las 20:00 en la flamante Sala Rondeau; entradas en Redtickets.

La Jamba está integrada por Juan Bidart en batería, Juanchi Polgar en guitarra y voz, Tomás González en bajo, Juan Satut en percusión y Tomás Lozza en teclados.

JAMCITA
Dieron su primer concierto en noviembre de 2025 en Sala Ducón, donde reincidieron hace algunos meses. Para agosto ya habían saltado a la Sala Rondeau, un lugar con mayor capacidad, lo que implicó un esfuerzo logístico que ahora las tiene analizando cuál va a ser su siguiente paso. El proyecto está impulsado por las cantantes Renata Pieri y Camila Barrios, quienes querían generar un espacio con un código distinto al de las jams predominantes, con el foco en la participación femenina. La banda estable la completan Chule Domínguez en batería, Maia Marichal en bajo, Eugenia Schmidt en teclados y Alina Silva en guitarra.

Hasta ahora, sus shows se caracterizan por rendir homenaje a artistas pop, y constan de dos vueltas con un pequeño intervalo. La diferencia es que, en cada tramo, combinan temas tocados por ellas mismas con otros en los que participan los invitados, que llegan por convocatoria del grupo o porque se contactaron previamente vía Instagram (@jamcita.uy).

JAM DE CANDOMBE DE VIENTO SUR
El proyecto surgió por iniciativa del bar de Médanos de Solymar y es gestionado por la guitarrista Agustina Cannavesi, con el objetivo de promover la presencia de mujeres en el escenario. Cuenta con una banda anfitriona —en la última edición: Cannavesi, Faku Paullier en bajo, Lucía Fernández en batería, Angie Moreno en percusión y Fulana de Val en la voz— y una serie de invitados que se suman en distintos roles. Están haciendo ediciones mensuales. Quienes quieran participar deben escribir al teléfono 095483666.

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