El maestro Homero Francesch: sus comienzos, cómo reconocer el talento, Leonard Bernstein y cómo ve al Uruguay

Uno de los grandes pianistas de su generación se presenta esta noche en el Auditorio Adela Reta con un repertorio que incluye Mozart, Beethoven, Schumann y Hence

Homero Francesch. Foto: Francisco Flores

El uruguayo Homero Francesch es uno de los grandes pianistas con una presencia en el circuito internacional de la música clásica que abarca más de seis décadas.

Por si aún fuera necesario mostrar sus certificaciones, allí están los directores con los que trabajó -Leonard Bernstein, Kurt Masur, Colin Davis, Herbert Blomstedt, Riccardo Chailly y Hans Werner Henze, entre otros-, las grabaciones para Deutsche Grammophon, Kontrapunkt y Tudor Recording AG, y las orquestas que lo acompañaron: las filarmónicas de Berlín, Viena y Nueva York, y la London Symphony Orchestra.

O basta con verlo en vivo.
Hoy, por ejemplo. Francesch se presenta en la Sala Fabini del Auditorio Adela Reta a las 20:00 (entradas en Tickantel) con un repertorio que incluye Mozart, Beethoven, Schumann y el estreno local de Cherubino. Tres miniaturas para piano, de Henze. Como suele suceder cuando se presenta con un programa así, va a ser un gran recital.

—Tengo aquí una nota de Marcha de 1964 en la que se habla de la dicha que puede provocar Mozart y dice que usted, con 17 años, suscitó ese sentimiento en una audiencia que lo ovacionó largamente. ¿Se acuerda de ese concierto?
—Fue una crítica fantástica esa. Sí, lo recuerdo. Fue con un gran director italiano, Lamberto Baldi, y fue mi primer concierto con la orquesta del Sodre. Era un chiquilín.

—En sus biografías se menciona siempre que fue discípulo de Santiago Baranda Reyes. ¿Cómo enseñaba?
—Pasaron muchísimos años, y mi manera de trabajar se desarrolló hasta llegar al punto en el que estoy ahora, también con otros maestros que tuve en Europa. La de Baranda Reyes era una escuela pianística muy orgánica, muy fácil desde el punto de vista motriz. Trabajaba la mano con cierta flexibilidad y de una manera muy minuciosa; era muy detallista. Además, le interesaba siempre el cantabile, la pureza y la sensibilidad del sonido. Dominaba especialmente la escuela clásica. Y era muy paciente.

—¿Y cómo es usted como docente?
—Paciente y estricto. No grito, no soy abusador, pero sí exigente. No me conformo fácilmente. Trabajo con el alumno para llegar al punto al que quiero llegar. Por supuesto, hay casos en los que no se puede, y ese es otro problema. Pero, generalmente, cuando hay talento, no paro hasta obtener del alumno lo que necesito: lo más excelente posible.

—¿Cuál es la primera señal que le permite reconocer el talento en alguien?
—No hay un signo único, sino toda una impronta. Se sienta al piano, empieza una obra y la define bien; es prolijo y tiene buenas ideas musicales. Son componentes que actúan simultáneamente. Una buena técnica consiste en tener concentración en la mano, no tocar otras notas que las que hay que tocar. Pero, al mismo tiempo, hay que tener una calidad sonora muy buena y transmitir un sentimiento.

—¿Qué es un sentimiento en lo musical?
—Consiste en dar la idea de que se siente una emoción y de que esa emoción es transmisible. Esa es la sensación que uno tiene cuando está frente a un buen talento. Por ejemplo, la semana pasada hubo un estupendo recital en el Solís, a cargo de la pianista china Liya Wang. Obtuvo el primer premio en el concurso de Múnich, uno de los concursos internacionales más importantes de Europa y el más importante de Alemania, en el que presidí el jurado. Y ahora tuve la posibilidad de ofrecerle al Solís que viniera a dar un recital a Uruguay, su primera presentación en América Latina. Cuando hizo la primera prueba del concurso, un amigo me preguntó qué opinaba de ella. Le dije que, después de haber escuchado a más de 30 personas, ella iba a ganar el primer premio. Y lo ganó. No tenía ningún contacto con ella; simplemente, me di cuenta de su extraordinario talento. Tuvimos la suerte de que viniera a Uruguay antes de hacerse muy famosa y de que sus honorarios fueran demasiado elevados.

—Hoy miraba su interpretación de Beethoven con Leonard Bernstein. ¿Cómo era como persona y maestro?
—Maravilloso. Mucha gente pensaba que era muy jazzista y que podía ser superficial, pero era una persona muy profunda, con un razonamiento musical, una preparación y una cultura musical extraordinarios. Para mí fue una gran lección musical. Trabajé varias veces con él. No solo interpreté ese Beethoven con él, sino que también tocamos con cuatro pianistas: Martha Argerich, Krystian Zimerman, y Cyprien Katsaris un Les noces, de Stravinski, en Londres. Eso fue en 1977.

—¿Qué se siente estar frente a alguien como Bernstein?
—No me puse nervioso. Fui muy bien preparado para no pasar por momentos difíciles y, por eso, él me aceptó y, desde el primer momento, nos entendimos estupendamente. En aquel momento yo era muy joven y fue una figura muy paternal para mí.

—Cuénteme sobre el concierto de hoy. ¿Cómo elige un programa?
—Uno elige un repertorio para una temporada, no solo para un concierto. Este programa está modificado con respecto a otros, aunque también tiene algunas partes en común. Uno escoge una serie de obras y va formando distintos conciertos con ellas. En diciembre hice un programa dedicado íntegramente a Ravel en el Solís y ahora no toco nada de Ravel. Después hice un concierto en Punta del Este, en el Centro de Convenciones, en el que incluí una gran sonata de Schubert, su última sonata, y la cambié para este concierto por los Estudios sinfónicos, de Schumann.

—E incluye una obra del menos transitado compositor alemán Hans Werner Henze. ¿Por qué?
—Hace tres meses se cumplió el centenario de su nacimiento. Tuve el honor y la satisfacción de tocar toda su obra para piano. También la grabé, junto con obras para piano y orquesta. Fue uno de los compositores alemanes más famosos del siglo XX. Una de las obras que toqué la estrené yo mismo. La incluí en este programa porque quería rendir homenaje a un gran compositor. Estoy seguro de que esa obra no se tocó nunca en Uruguay.

—Hace un tiempo que volvió a Uruguay. ¿Cómo está con el país? ¿Está contento de haberse decidido a venir?
—Usted sabe que los ciudadanos del mundo ven cosas buenas en su país y cosas que podrían mejorarse. Considero que, en muchos aspectos relacionados con la mejora de la vida de los seres humanos desde el punto de vista económico, ha habido avances. Se ve una sociedad multifacética: hay gente que ha triunfado, que ha salido adelante y que tiene un buen pasar, y otra que no. Eso sucede en todas las sociedades. Uno que se fue hace 60 años ve cosas que mejoraron, pero hay otras que son muy tristes. Por ejemplo, que haya gente que tenga que dormir en la calle no debería existir en un país de tres millones y medio de habitantes.

—¿Y desde el punto de vista cultural?
—Pienso que hay un desmontaje de la cultura. Algunos escriben libros muy agresivos para llamar la atención sobre esa situación pero yo tengo otra manera de pensar. Creo que, al mismo tiempo que se señala que no se hace lo suficiente por la música y por el arte en general, hay gente que merece mucho respeto porque trabaja mucho y dispone de pocos medios. No son solo las autoridades de un instituto estatal las responsables de que no se haga más. También los son quienes proporcionan los recursos para esas instituciones. ¿Qué puede hacer alguien que hace todo lo posible para que una institución conserve su vida y su mensaje cultural cuando no tiene los medios para hacerlo? Esa es la parte más cruel. Hay que entenderlo desde dentro, no desde fuera. Las instituciones no son las responsables: lo son los gobiernos. La gente no se anima a decirlo porque muchos son partidarios de un gobierno o de otro. Los políticos no se interesan, sin importar a qué partido pertenezcan, por la cultura general de este país.

—Hace seis años, le dijo a El País que estaba enojado con la clase política...
—Sigo estándolo.

—En aquellos artículos de sus comienzos, se lo definía como muy pasional. Por lo visto, esa es una característica que no ha perdido.
—No. E incluso, a veces, soy más pasional que antes.

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