Carlos María Fossati acaba de firmar 150 ejemplares de Yo solo sé cantar, su recién publicado libro de memorias. Allí, el cantor popular repasa “una vida variada e intensa”, como la define, que combina la música, la familia, la política y una forma de encarar el arte y la vida. es una crónica, además, de un Uruguay que ya no está.
El libro, editado por Diego Fischer —y publicado a través de su sello DFR Ediciones, distribuye Planeta, 990 pesos— y prologado por expresidente Luis Lacalle Pou, se presenta este martes 15 a las 18.30 en la Casa Valdez, en el predio de la Rural del Prado. Lo acompañarán Fischer y Juan Carlos López, Lopecito, viejo compinche de andanzas.
Fossati, que acababa de volver de Masoller, es un cantor blanco, una tradición que ha mantenido viva y que algunos celebran saludándolo como prócer. Le sorprende eso.
En marzo demostró lo que significa en un recital en el Teatro Movie, donde, ante un aforo completo, le celebraron los 80 años y donde puso en evidencia el poder de canciones como “De Poncho Blanco”, “Leandro Gómez (Hasta sucumbir)”, “De la campaña” y tantas otras.
Sobre su carrera, el libro y otros asuntos, Fossati charló con El País.
—¿Cómo surgió la idea de Yo sole sé cantar?
—Gracias a Dios, tuve una vida tan variada e intensa que no tuve tiempo de aburrirme. Después de que me jubilé, seguí saliendo y con la actividad del canto, pero después tuve algunos problemas motrices y empecé a quedarme en casa. Y un día me empezó a funcionar el bocho y me acordé de esto y de lo otro, y dije: “¿Por qué no lo escribo? Capaz que no lo va a leer nadie, ni yo mismo para ver cómo me quedó”. Pero empecé desde mi niñez.
—Y tuvo quien lo impulsara, además...
—Hace como tres años íbamos a Paysandú, con Diego Fischer, que iba a presentar un libro y yo iba a cantar. En el viaje le comenté eso que estaba escribiendo y de él salió: “Te escribo el prólogo”. Yo, que soy de andar bobeando, le dije que lo iba a pensar, pero por dentro pensaba: “Qué más quiero que nada menos que Diego me haga el prólogo”. Y ahí entró a manijearme y a insistir que le mandara un borrador. Lo leyó y habló con el periodista Miguel Arregui, que también lo leyó y empezó a “serrucharme” muchísimas cosas. Y con razón: ¡tenía escritas 700 páginas! Había que achicar y lo acepté. Y cuando quise acordar, me estaban mandando los libros para firmar.
—¿Y cómo lo trató recordar tanto?
-Tengo mucha memoria retroactiva. Me puedo olvidar de algo de ahora, pero de cuando era gurí para acá me acuerdo de todo. Utilicé mi memoria, recordé muchísimas cosas, siempre procurando no pasarme de la línea y agredir a alguien o mencionar a alguien incorrectamente. Seleccionar mucho los personajes porque no me cabe duda de que sí se va a leer allá en Piedra Sola y Tambores. Y fijate que allá los Soares de Lima Dutra son plaga y, de los 400 que son, alguno se puede ofender.
—El suyo era un familión musical...
—Siempre, en broma, digo que el Soares de Lima que nace sin oídos se mata y se da para los chanchos. Y eran todos de un oído casi perfecto. Los cumpleaños allá en el monte eran una cosa que 10 guitarras no alcanzaban. Había acordeón, charango, pincuyo: a todo lo que pasaba cerca le sacaban ruido.
—Pero de todo ese ambiente musical a empezar a cantar en público hay un trecho. ¿Le daba miedo subirse al escenario?
—Eso que llaman pánico escénico, nunca tuve, pero las hormigas en la barriga, siempre. En Masoller, una gurisa tenía que cantar en un fogón y vino con la madre a decirme que tenía unos nervios bárbaros y me preguntó: “¿Cómo se hace para no tener nervios?”. Y yo le dije: “Mirá, de muy muchacho, uno de los hermanos Ábalos me dijo: ‘El día que no tengas nervios, no subas. Quiere decir que no te pesa la responsabilidad, que te importa un bledo que te salga bien o mal’”. Si en un asado familiar me hacen cantar algo, ahí me pesa la responsabilidad y cada vez más. Cada vez que subís a un escenario estás rindiendo examen. Y el examen casi final fue en el Movie, donde canté como 12 canciones.
—¿Cómo se sintió?
—Salí muerto. Tuve 15 días para recuperarme física y, sobre todo, emocionalmente. Había 630 personas que fueron a demostrarme cariño. No para escucharme porque para eso me ponen en Spotify esas cosas raras que inventaron ahora. Ese sí que fue un examen.
—El libro cuenta mucho de ser músico durante la dictadura. ¿Cómo era eso?
—¡Con el susto que andábamos! Igual, los militares me confesaron que era muy difícil darme la biaba a mí: no era ni tupa ni comunista. Y quién iba a prohibir un homenaje a un militar como Leandro Gómez o a Aparicio Saravia. Era difícil y, aun así, lo hicieron varias veces. ¡Qué audaz que era uno! ¡Qué atrevido!
—¿Le costó integrarse con los artistas de la izquierda?
—Vos sabés que no, ni hoy. Durante la dictadura luchábamos todos por lo mismo. Yo, por ejemplo, jamás discutí con compañeros izquierdistas, bolches, tomándoles el pelo o ellos a mí.
—¿Qué significa ser un cantor blanco?
-Se volvió una responsabilidad. Al principio me gustaba cantarle a los héroes de a caballo, muchos de ellos desconocidos, como Gumersindo Saravia. Y lo hago con sentimiento porque gozan de mi admiración. Y nunca grabé algo que yo no quisiera, que me obligara.
—Hay una cultura y mística blanca que usted ayudó a conformar y a mantener viva.
—Es muy emocionante eso. El otro día, en Masoller, estaba dentro de una camioneta, loco de frío, y viene una gurisita de unos 10 años, con el padre. Y le dice: “¿Ve este señor? Es el Carlos María, el que canta ‘De Poncho Blanco’”. Y la nena dice: “Papá hace años que me obliga a escucharla”. El padre le dice: “Y tu abuelo me obligaba a mí”. Y ahí uno se da cuenta de que ya lleva varias generaciones en esto.