La vuelta de Dyango a Uruguay después de una década promete ser uno de los conciertos más especiales de 2026. A los 86 años, el cantante de clásicos como “Corazón mágico”, “Esta noche quiero brandy” y “Por volverte a ver” sigue siendo uno de los últimos grandes representantes de una forma de interpretar la canción romántica que hizo escuela: esa donde la clave no está solo en la voz, sino en la manera de decir cada palabra. De cantarla como si fuera la primera vez.
Y en eso, Dyango sigue siendo un maestro. Basta escuchar Un poco más, el disco en vivo que grabó el año pasado en el Gran Rex de Buenos Aires. Todavía conmueve la entrega con la que canta “Cada día me acuerdo más de ti” y “Cómo has hecho”, o el ímpetu que le imprime a clásicos del tango como “Naranjo en flor” y “El día que me quieras”, hasta volver propias canciones tantas veces versionadas.
Varias de ellas sonarán el martes 3 de noviembre en el Auditorio Nacional del Sodre, cuando el español presente Su amigo Dyango Tour, una gira inspirada en el proyecto con el que viene reinterpretando varios de sus clásicos junto a artistas de distintas generaciones.
El primer volumen se editó el año pasado e incluyó al uruguayo Cardellino para una nueva versión de “Yo mañana”. Ahora trabaja en el segundo, que ya tiene algunos adelantos, entre ellos “Hoy he empezado a quererte otra vez”, grabado junto a Lucas Sugo. “Canta muy bien ese chico”, comenta a El País. “Tiene sensibilidad y canta con el corazón. A lo mejor lo invitamos a cantar en el Sodre”, desliza entre risas.
En la previa del concierto —para el que quedan entradas a la venta en Tickantel, de 3600 a 6000 pesos—, va este diálogo con una de las grandes leyendas de la canción romántica.
—En Un poco más, su nuevo disco en vivo, usted vuelve a cantar “Cómo han pasado los años”, una canción sobre una pareja que, después de toda una vida, descubre que todavía se quiere como el primer día. Escuchándola hoy, también parece una definición exacta de su relación con el público. ¿Lo siente así?
—Exactamente. Es como decirle a la gente: “Joder, los años han pasado volando y no nos hemos dado cuenta”. Y aquí seguimos, con 150 años encima, como yo más o menos (se ríe). Pero seguimos juntos. Es una amistad duradera y, por encima de todas las cosas, verdadera. Eso es lo más bonito que uno puede tener. Gracias a Dios eso es lo que me ha pasado a mí con el público.
—Es una relación larguísima con el público uruguayo, argentino y de toda esta región.
—Muy larga. Tuve la suerte de visitar Uruguay y Argentina por primera vez en el ‘69...
—Buscando información sobre sus primeras visitas encontré que uno de sus primeros shows en Montevideo fue en un parador del Cerro.
—¡Y yo ni me acordaba! (se ríe). Hay muchos lugares que ya se me mezclan. Sí me acuerdo del Palacio Peñarol, del Cine Plaza, que ahora es una iglesia... pero algunos ya se me escapan. Ese que has dicho tú debe haber sido de los primeros, sí.
—¿Y cómo era para un artista joven, que venía desde Europa y cruzaba el Atlántico con sus canciones, llegar por primera vez a esta parte del mundo?
—Lo que me pasaba a mí era que me costaba triunfar en mi país. Quizás estaban de moda otros estilos. Yo siempre cantaba canciones románticas, y en aquel momento estaban de moda otras cosas. Me costaba mucho. Pero aquí pasó algo increíble: apenas llegué, una canción que se llamaba “Lejos de los ojos” se convirtió en mi primer Disco de Oro.
—¿Recuerda el momento en que le dijeron que, en Uruguay, del otro lado del mundo, “Lejos de los ojos” ya era un Disco de Oro? Debe haber sido una sorpresa enorme.
—Claro. Y más cuando eres joven. Que de repente lleguen y te digan: “Mira lo que has conseguido”. Yo no alcanzaba a entender lo que me estaba pasando, cómo empezaba mi carrera. Después, con los años, ya ni haces caso a esas cosas (se ríe).
—Está trabajando en el segundo volumen de Su amigo Dyango, donde vuelve a grabar varios de sus clásicos junto a artistas de la región. ¿Qué encuentra hoy en esas canciones cuando las revisita?
—Es muy bonito porque todos son compañeros más jóvenes que quieren muchísimo mis canciones. Muchos me dicen: “En mi casa, cuando éramos niños, nuestros padres escuchaban tus discos”. Y ahora tienen la oportunidad de cantarla conmigo. Eso emociona mucho.
—Y también cambia la forma de mirar las canciones. Cuando una canción es buena, puede sobrevivir a distintas épocas y formatos.
—Claro. Una buena canción se puede cantar de muchas maneras. Pero yo creo que, en mi caso, lo más importante siempre fue el sentimiento. No hace falta tener una voz extraordinaria, ni mucho menos una gran presencia... porque yo nunca la tuve (se ríe). Lo importante es sentir lo que estás cantando. Y, claro, afinar. Sin afinación no vamos a ningún lado.
—Hay algo en su manera de interpretar que hace que las canciones parezcan sucederle mientras las canta.
—Claro, porque hay interpretación. Y la gente lo percibe enseguida. Si tú no sientes una canción, si no la vives de verdad, la gente tampoco la siente. Pero cuando uno está completamente entregado, eso llega. Hay veces que empiezo una canción y ya veo gente secándose las lágrimas desde el comienzo del show (se ríe). Intentan cantar, pero no pueden por la emoción que les produce. Y ahí entiendes que, después de tantos años —tengo 86 ya—, todavía vale la pena seguir haciendo lo que más amo. Y lo que más amo es la música.
—Luego de toda una vida entre discos y escenarios, ¿por qué cree que las canciones de amor son inmortales?
—Son inmortales porque la gente se sigue enamorando. Hay gente que vive por estas canciones. Lo que estoy viendo es que estamos enseñando mal a la juventud con las canciones que hay hoy en día; no sé qué sacaremos de eso en el futuro. Pero algún día se van a dar cuenta de que, por ejemplo, el tango es una maravilla...
—Lo bueno es que el tango siempre espera.
—Sí. Te empieza a gustar después de los 35, porque uno empieza a entender la letra y la música. Mire qué cosa más bonita: (canta) “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, y al fin andar sin pensamiento”. ¿Cómo alguien puede escribir algo así, como “Naranjo en flor”?
—¿Y qué significa para usted saber que sus canciones han sido compañía y refugio de tanta gente en momentos buenos y malos?
—Eso es fundamental. Saber que, en muchos casos, mis canciones han servido para sufrir, para vivir o para animar. Las mías son un poco tristes, porque hablan más del desamor que del amor. Por ejemplo, “Esta noche quiero brandy”, que no es mía.. Mire, le voy a contar una historia.
—A ver...
—“Esta noche quiero brandy” es de un amigo íntimo mío. Estaba a punto de casarse con su mujer, que además estaba embarazada. Ella era una cantante muy famosa en España. Un día se fue a hacer un show a Galicia y, en una carretera horrible, chocó contra un carro tirado por caballos. Murieron ella y el bebé. Él quedó destrozado. Pasaron los años y un día se me acercó y me dijo: “Dyango, hice esta canción. Pero si no la cantas tú, no quiero que la cante nadie más”. Joder...
—Qué presión.
—Me hizo llorar. La letra dice (recita, deteniéndose en cada frase): “Esta noche quiero brandy para entrar en calor, / Que el invierno está arreciando y yo tengo frío, / Esta noche quiero brandy, que se apague mi dolor, / Que encienda fuego en mí... un trago más para vivir”. (Hace una pausa).
—¿Y cómo se para uno frente a un micrófono para cantar una frase así después de conocer su historia?
—Cuando la grabé, le puse tanto sentimiento que la gente debió notarlo, porque terminó siendo un éxito en todo el mundo. Y así pasó con muchas otras canciones.
—Ya que hablamos de la historia detrás de uno de sus clásicos, ¿de cuáles canciones se siente más agradecido?
—Si yo canto una canción es porque me siento agradecido. Si no me ha chocado, si no me toca algo aquí (se señala el pecho), entonces no la canto. Aunque hubo una vez... Mire, le voy a contar otra historia y se va a morir de risa.
—Cuente...
—Estaba con el director de mi compañía discográfica, que ya falleció, escuchando canciones de unos compositores. “Esta sí, esta es bonita... esta me gusta...”. Y de repente me ponen una canción y digo: “No me irás a hacer cantar esa mierda...”. ¡Y aquella mierda era “Corazón mágico”! (Se ríe).
—¿En serio?
—¡Sí! (risas) Eso demuestra claramente que, en esto de la música, uno no sabe nada.
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