Fue uno de los conciertos uruguayos más importantes de la historia. Y no se trata de música. “Ustedes son los que nos han hecho vivir todos estos años”, dijo Braulio López frente a las 50 mil personas que llenaron el Estadio Centenario. “A nosotros y a otros tantos compañeros que están presentes hoy aquí también”.
Era el 18 de mayo de 1984. Los Olimareños acababan de volver al país después de ocho años de exilio y Uruguay asistía a una escena que, pocos años antes, parecía imposible. Esa misma mañana, una caravana multitudinaria había acompañado su llegada al Aeropuerto de Carrasco. Dos meses antes, Alfredo Zitarrosa había abierto el camino: el último cantor en partir había sido el primero en volver.
Zitarrosa regresó al país el 31 de marzo y el 12 de mayo reunió a unas 20 mil personas en el Centenario. Seis días después, Los Olimareños llevaron aquella celebración a otra escala. Bajo una lluvia persistente, convocaron a 50 mil personas para un concierto que se volvió disco y quedó como una de las postales más significativas del tramo final de la dictadura. Cuatro décadas después, aquel registro acaba de ser reeditado en vinilo por el sello Bizarro.
“El Estadio y la caravana fueron una caricia al alma”, comenta López a El País. “Fue una reivindicación y un recordatorio de que todo lo que habíamos hecho con Pepe no había sido en vano”.
La historia, sin embargo, había empezado una década antes. En 1974, la dictadura prohibió a Los Olimareños. Dos años después llegó el exilio. Hubo despedidas, reencuentros y caminos separados. López pasó varios meses preso en Argentina. Más tarde, el dúo volvió a encontrarse en España y luego en México. Fue allí donde López recibió la llamada que cambió todo.
“Me llamaron al teléfono de la casa donde vivía y fue una de las mejores noticias que recibí en mi vida”, recuerda sobre aquel 23 de noviembre de 1983, cuando le comunicaron que la proscripción había sido levantada. “Enseguida nos llamamos entre todos los exiliados en México, como la gente de El Galpón, y nos juntamos con Pepe en una cafetería para empezar a organizar el regreso”.
Detrás de la organización del regreso estaba Paco Bilbao, histórico representante del dúo, a quien Los Olimareños le dedicaron “Al Paco Bilbao”, uno de los clásicos de Cielo del 69. En el texto que acompaña la reedición de Si este no es el pueblo, recuerda que la elección del escenario no admitía discusión. “Resolver el lugar fue fácil: desde hace años, la gente decía: ‘el día que vuelvan tienen que ir al Estadio’”, escribió.
El siguiente paso fue encontrar una fecha. Los Olimareños ya tenían una gira pactada por Argentina y el margen era mínimo. Finalmente apareció un hueco: la tarde del viernes 18 de mayo. La elección no fue casual. Ese día era feriado por la Batalla de las Piedras. “Eso permitía a la gente concurrir”, recordó Bilbao.
López lo explicó en una entrevista con el semanario Jaque realizada en Buenos Aires días antes del regreso. “Estamos haciendo esta gira acá en la Argentina y nos queda ese huequito”, contó. “Queríamos estar allí el 18 de mayo, una fecha que para nosotros y para los uruguayos significa mucho, y al otro día tenemos que ir a Córdoba”.
López todavía recuerda el impacto que le produjo encontrarse con una multitud esperando al dúo en el aeropuerto. “Apenas llegamos eran abrazos, abrazos y abrazos. Con Pepe decíamos que nos íbamos a quedar finitos, porque nos agarraban tan fuerte que nos exprimían”, cuenta con una carcajada. “Ser parte de esa efervescencia fue un honor enorme”.
En 2019, El País entrevistó a Los Olimareños por su última vuelta a los escenarios, y Guerra —fallecido en 2023— dio más detalles de aquella caravana de tres horas que recorrió la Rambla y luego siguió hasta el Centenario. “Se calentaron los motores y tuvimos que cambiar de auto tres veces”, relató. “Llegamos al Centenario cansados”.
En el camarín los esperaba Líber Seregni. “Se nos acercó y nos dijo: ‘¿Y cómo van a hacer ahora pa’ salir?’. Nosotros no entendíamos qué nos quería decir”, recuerda López. “Y cuando salimos al escenario: ¡el Estadio estaba que bufaba! ¡Se caía abajo! Ahí entendimos a qué se refería”.
El rugido del Centenario quedó atrapado en los surcos del disco. Antes de que empiece la música pasan dos minutos y medio de aplausos y ovaciones. Recién entonces Guerra empieza a cantar “Este es mi pueblo”, aquella canción de Rumbo (1973) que, frente a 50 mil personas, pareció escrita para ese reencuentro.
Al otro lado del teléfono, López lanza un “¡Pah! ¡Es un tema tremendo!” antes de recitar esos versos que entonces cantaba su compañero: “Hoy he vuelto a mi pueblo después de una ausencia larga, / Encontré que ni yo soy el mismo, ni el pueblo es igual”.
Antes de “Las dos querencias”, la segunda canción del disco, se escucha a López. “Tenemos que tener el corazón muy fuerte para aguantarle otra vez a ustedes las miradas y no caer en la emoción hasta las lágrimas”, dice antes de cantar. La emoción, sin embargo, no fue lo único que marcó el recital. La lluvia no les dio tregua.
Ahora, cuando recuerda ese momento, López se ríe. “Se largó ahí. Era como: no se crean que se la van a llevar de arriba. Pero la tomamos como una señal a favor, no en contra”. En aquella entrevista de 2019, Guerra también se lo tomaba con humor. “Empezó a llover y estábamos tan carenciados de todo, que no teníamos ni una lona. Las guitarras se desafinaron todas y en un momento me cayó un chorro de agua adentro de la boca del instrumento”.
Si este no es el pueblo no solo registra las canciones y el fervor del público. También conserva los contratiempos del concierto. Antes de “La sencillita”, se escucha a Guerra pedir “un trapo para secar la guitarra que se está mojando toda”. De fondo, algunos murmullos reclaman paraguas. Más adelante, en plena interpretación de “Rumbo”, vuelve a escucharse la preocupación por la lluvia. “Traigan una lona que la agarren entre cuatro tipos, loco”, pide Guerra. Segundos después, llega la respuesta de López: “Ahí viene, ahí viene la lona”.
El murmullo insistente de la lluvia también quedó grabado.
El disco guarda otros momentos de enorme fuerza colectiva. En “Los orientales”, miles de voces se funden en un mismo coro cuando llega el verso: “Porque siempre los pueblos saben romper las cadenas”.
Pero si hay una canción que López recuerda especialmente es “A Don José”. No solo porque sonó el mismo día en que se conmemoraba una de las fechas más emblemáticas del artiguismo. También por la reacción del público. “Todo el mundo empezó a cantar y cantar y cantar. Ese día se volvió un segundo Himno”.
Al hablar de aquel concierto, la conversación inevitablemente termina llevando a Pepe Guerra. López cuenta que, en los últimos años de vida de su compañero, cada vez que recordaban aquella jornada en el Centenario llegaban al mismo punto. “Siempre me decía: ‘Vamos a dejarla por acá porque vamos a terminar los dos llorando’”.
López hace una pausa.
“Esos son momentos que se metieron en lo más recóndito del alma y se van a quedar conmigo hasta los últimos días”, asegura. Y, entonces, agrega: “Andá a saber, pero tal vez, en los últimos momentos antes de irme, me ponga a recordar esas cosas tan bellas que me regaló la vida”.
Vea más imágenes inéditas del 18 de mayo de 1984, rescatadas por el equipo de archivo fotográfico de El País
Equipo de archivo de fotografía de El País: María Artus y Fabián Centurión
-
El consejo de Julio Cobelli que transformó una canción de Drexler a último momento y su historia con Zitarrosa
La historia de "Cuando juega Uruguay": el himno que nació por encargo y devolvió a Obdulio Varela al Centenario
Murió Chichito Cabral, el músico que bautizó a Totem, creó un ritmo único con Mateo y sufrió el drama de Plef