"Es un final falso, todavía nos queda hacerlo imperecedero en el cine”, decían Luis Brandoni y Eduardo Blanco a mediados de 2024 con una mezcla de tristeza, nostalgia y entusiasmo. Si bien por aquel entonces tocaba bajar el telón y despedirse de una obra que protagonizaron durante 11 años, a lo largo de 1300 funciones entre Argentina y España, el sueño de inmortalizar esa historia en la pantalla estaba cada vez más cerca. Hoy, tan solo un año y medio después de aquella última función en el Politeama, la versión cinematográfica de Parque Lezama es un hecho.
“Fue un sueño cumplido después de mucho trajinar”, confiesa Brandoni sobre esta película que, según cuenta, nació de su propia insistencia por “perpetuar esta historia maravillosa” más allá del escenario. Así fue como, tras convencer a Juan José Campanella (su director y productor), Parque Lezama estrenó el pasado 19 de febrero en algunos cines de Argentina y que este viernes llega a Netflix.
Inspirada en la pieza estadounidense I’m not Rappaport, de Herb Gardner, el film retoma el corazón de esta comedia entrañable: la improbable amistad entre un histórico militante del Partido Comunista (Brandoni) y un conformista de manual (Blanco). Dos mundos que, a lo largo de 115 minutos, inevitablemente chocarán, pero que terminarán complementándose.
“Tengo la convicción de que es un espectáculo que la gente no va a olvidar”, afirma Brandoni.
—¿Qué diferencias hay con la obra Parque Lezama?
Luis Brandoni: Muy poca. Son pequeñas cosas que se acortaron, pero es prácticamente lo que era el espectáculo en teatro.
Eduardo Blanco: Yo creo que lo que se valoriza acá son los primeros planos; algo que en el teatro no es posible porque es un plano general donde la mirada va destinada a aquel que habla solamente. En cambio, en el cine tenés la posibilidad de ver en pantalla al que está hablando y, por momentos, al que no está hablando, porque también suceden cosas en esa interacción.
—¿Cómo fue volver a interpretar a estos personajes tan diferentes, pero necesarios entre sí?
Brandoni: Es muy atractiva la relación, o mejor dicho, la “no” relación de estos personajes. En el cine va a provocar la misma complicidad entre el público y los actores. La primera atracción es que son distintos.
Blanco: Cuando yo me siento en la butaca, no quiero ser Antonio Cardozo. Yo quiero ser León Schwartz porque es más florido, pero se hacen necesarios el uno al otro y se van construyendo entre sí a partir del humor; que esa es una distinción de Campanella que nunca falta en sus propuestas. Y al espectador lo van recorriendo por un espacio emocional inevitable porque, en definitiva, todos tenemos esa vulnerabilidad. No solamente por la edad que tienen los personajes, sino a cualquier edad. Uno muchas veces, por las urgencias o por la cotidianeidad, no la pasa bien. Todos tenemos momentos en la vida. Y de repente, cuando no querés que nada más te raspe o te lastime, no te das cuenta de que estás dejando de vivir. Entonces, cuando aparece un señor que se te sienta al lado y te empieza a molestar, te cuestiona, pero a la vez te contagia de eso que perdiste, te revive.
—Esta historia es muy interesante porque intenta revalidar el pasado, los valores perdidos, esta idea de que “lo viejo funciona”…
Blanco: Exacto. Se supone que está protagonizada por dos ancianos, pero yo creo que se toma la ancianidad para contar una historia de vida que le llega a todo el mundo. De hecho, en teatro nos ha pasado que tres generaciones de una misma familia nos vengan a ver y para nosotros eso es muy significativo.
Brandoni: Esa anécdota es muy graciosa. Al final de una función, un grupo de matrimonios me dice en el estacionamiento: “¡Qué paliza nos diste, Brandoni, hoy!”. Y yo les digo: “¿Por qué?”. “Porque nosotros somos de La Horqueta”, barrio al que mi personaje le tiene antipatía. Entonces les pregunto cómo habían llegado a ver la obra y una de las mujeres me cuenta que había ido su mamá a ver el espectáculo. Y dice: “Como a ella le gustó mucho, un día invitó a sus ocho nietos y ellos nos mandaron a nosotros”.
Blanco: O sea, esa espectadora vino sola, después trajo a sus nietos y ellos a sus padres; todas las generaciones de esa familia vieron Parque Lezama. Es magnífico que nos pase eso.
—Hay una frase en la película que dice: “El tiempo es el villano, el verdadero enemigo”. ¿Les preocupa la vejez?
Brandoni: No, no me preocupa, pero es una realidad. En mi caso, yo soy mayor que Eduardo y siempre pienso: “¿Hasta cuándo voy a estar en condiciones de subirme a un escenario y llevar adelante un espectáculo?”. Por supuesto que eso sí me preocupa. Yo creo que el escenario me va a decir hasta cuándo, pero falta mucho para eso (se ríen).
Blanco: Yo creo que el trabajo, el tener la cabeza ocupada, es lo que nos salva. Las sociedades no están preparadas para que vivamos tanto; estamos viviendo hasta unas edades que antes no era habitual y no solamente acá, sino que en todo el mundo. (...) En mi caso, no le tengo temor a la vejez, sino a las enfermedades. Pero si uno llega sano...
—Hoy en día, la mayor cantidad de propuestas laborales llega de la mano de las plataformas, pero, en este caso, además, la película se estrenó en algunos cines. ¿Cómo viven eso?
Brandoni: No, no me gusta esta manera. No se sabe ni en qué cine está, ni qué días.
Blanco: Es que no está en todos los cines, ni todos los días, ni todas las funciones. Lógicamente, yo puedo entender y comprender la realidad que vive la industria, pero a nosotros nos gustaría que se estrene en el cine como era antes y después sí que llegue a la plataforma, que también es maravilloso porque es una manera de perdurar y de que se estrene en un montón de países al mismo tiempo.
Brandoni: Me acaba de decir Campanella hace un rato que la película se va a estrenar en 190 países. No me da la cabeza para entender eso (se ríen).
Blanco: (Le pregunta a Brandoni) ¿Vos conocés la anécdota de Luna de Avellaneda cuando se dio en la Antártida? Era el año 2005, abrieron un cineclub allá y lo inauguraban con esa película. Nos invitaron. Yo, por suerte, no pude ir porque fueron en barco desde Ushuaia, dos días de ida y dos de vuelta. El tema es que llegan y, a la hora de la película, ven venir un gomón a motor con coreanos que se habían enterado por internet que daban la película ahí. Juan pensaba: “Si bien la película es con subtítulos, ¿qué van a entender los coreanos de la esencia de Luna de Avellaneda?”. Dice que cuando terminó la función lo vinieron a abrazar conmovidos y le dijeron: “Igual que en Corea” (se ríe). Lo que te quiero decir con esto es que nosotros vamos a ir a 190 países y uno piensa que algunas culturas están muy lejanas a nosotros, pero finalmente somos todos humanos y nos pasan las mismas cosas.
Cynthia Caccia/La Nación, GDA
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