La frase “I’ll be back” (o sea, un amenazante “Volveré”) es una marca registrada de Arnold Schwarzenegger. Así que no puede sorprender que hoy, en las salas de Movie y Life, se reestrene en 3D y por su 35.º aniversario Terminator 2: El juicio final, quizás la película más emblemática del fisicoculturista austríaco y una que entra en ese raro Olimpo de las secuelas que son mejores que el original.
Terminator, de 1984, fue un éxito inesperado que recaudó 78,4 millones de dólares frente a un presupuesto de apenas seis, consolidando a Schwarzenegger como estrella de cine y consagrando a James Cameron, su director.
El austríaco había mostrado interés en una secuela desde temprano: “Siempre sentí que debíamos continuar la historia... Se lo dije a Cameron justo después de terminar la primera película”. Schwarzenegger, reconocería el director, siempre se había mostrado más entusiasmado con la idea de una secuela que él, para quien la película original constituía una historia completa.
No es un dato menor, ya que el productor Mario Kassar presionó a Cameron diciéndole que la secuela de Terminator se haría con o sin él, así que el director aceptó a regañadientes y llamó a William Wisher, su amigo y coguionista en la película original, para iniciar la escritura de la continuación.
La idea central de Cameron era formar un vínculo paternofilial entre John Connor (el futuro salvador de la humanidad, aquí un adolescente) y el T-800, el robot interpretado por Schwarzenegger, que pasó de ser un despiadado asesino sin emociones en la primera a un robot bueno.
Sabiendo esto, se procuró crear un villano a la altura del giro en la historia y del ahora heroico T-800, así que Cameron volvió a una idea temprana sobre un robot hecho de metal líquido. Así nacía el T-1000, uno de los villanos más memorables de la ciencia ficción.
También se pensó en las historias previas tanto de Sarah como de John Connor, convirtiendo a la heroína de la primera película en una mujer distante y fría, encerrada en un hospital psiquiátrico, y a su hijo en un adolescente rebelde con padres adoptivos.
Para Cameron era vital que Linda Hamilton (con la que estuvo casado entre 1997 y 1999) volviera a ser Sarah Connor en la secuela y lo puso como condición para terminar el guion. Hamilton se preparó entrenando con ejercicios y dieta de atleta, con lo que perdió más de cinco kilos. Sigue siendo una de las grandes heroínas del cine de acción.
Para el villano T-1000, por su parte, Cameron recurrió al poco conocido Robert Patrick, buscando un contraste con Schwarzenegger. También se entrenó físicamente para simular correr sin respirar, disparar sin parpadear y estudiar los movimientos de un depredador. Para el joven John Connor, Cameron no quería niños de publicidad y fue por Edward Furlong, al que encontró jugando en un centro juvenil.
El rodaje fue muy largo: seis meses en varias locaciones de California, durante los cuales Cameron se convirtió en un dictador en búsqueda del perfeccionismo visual. El equipo técnico creó camisetas con la leyenda “No podés asustarme, trabajo para Jim Cameron”.
Terminator 2 -junto a Jurassic Park- marcó la llegada del CGI (imágenes generadas por computadora) al cine, y los efectos visuales que se crearon para todo lo que tiene que ver con las varias formas que toma el T-1000 aún están vigentes.
Por eso, fue la película más cara de la historia en el momento de su estreno, con 100 millones de dólares de presupuesto, algo desmesurado para Carolco, el estudio independiente que la produjo.
Fue un rotundo éxito de taquilla, recaudando globalmente más de 520 millones de dólares. Eso la hizo, por un rato, la tercera película más taquillera de la historia; solo le ganaban La guerra de las galaxias y E.T., el extraterrestre.
Terminator 2, además, fue crucial en las carreras de Schwarzenegger y Cameron. Para el actor, que ya venía con una seguidilla de éxitos como Conan, el bárbaro, Comando, Depredador y El vengador del futuro (además de la primera Terminator, claro), fue una culminación que lo convirtió en la principal estrella del cine de acción de su tiempo, por encima de Sylvester Stallone, Bruce Willis o Mel Gibson.
Cameron -quien venía de hacer otra gran secuela en Aliens: el regreso y una muy interesante propuesta de ciencia ficción con El abismo-, con Terminator 2 se consagró como el gran director de taquillazos hollywoodenses. Lo confirmaría con Mentiras verdaderas (de nuevo con Schwarzenegger) y, sobre todo, con Titanic y la saga Avatar.
Con escenas memorables (la llegada de Terminator a un bar de motoqueros, la persecución en el desagüe o ese final en la planta siderúrgica con el “Hasta la vista, baby” incluido), Terminator 2: El juicio final se volvió un clásico de la ciencia ficción y la acción que siempre es un disfrute revisitar, y cumple con la promesa de que, tarde o temprano, iba a volver. Estábamos avisados.
Juan Manuel Fábregas