Paweł Pawlikowski, el director ganador de un Oscar, con El País: "No quiero habitar demasiado el mundo actual"

Este jueves se estrena "Tierra de mi padre", la nueva película del cineasta que ganó un premio de la Academia por "Ida" y es considerado uno de los grandes maestros del cine contemporáneo

Paweł Pawlikowski
Paweł Pawlikowski<br/>
Foto: Aleksandra Modrzejewska-Mitan

Una película ganadora del Oscar, una nominación a mejor director y dos premios a la dirección en el Festival de Cannes. Ese recorrido incompleto de sus reconocimientos alcanzan para ubicar a Paweł Pawlikowski lo entre los cineastas más reconocidos del cine contemporáneo.

Aunque trabaja desde comienzos de los 90, buena parte de ese reconocimiento se concentra en sus tres últimas películas: Ida (ganadora del Oscar a mejor película internacional), Guerra fría y ahora Tierra de mi padre, que se estrena este jueves en Uruguay.

Conforman una trilogía quizás involuntaria pero de rasgos compartidos: la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias como telón de fondo, una fotografía en blanco y negro y el formato de imagen de la Academia, o sea cuadrado. Su fuerza visual debe mucho al trabajo del director de fotografía Łukasz Zal, con quien vuelve a trabajar en Tierra de mi padre.

También hay una sensibilidad común en sus personajes, atravesados por una pena que remite a una experiencia generacional —la de la Europa del siglo XX—, pero que alcanza una dimensión universal.

En Tierra de mi padre, con la que obtuvo el premio a mejor director en Cannes, Pawlikowski cuenta el regreso a Alemania, en 1949, del escritor y premio Nobel Thomas Mann (Hanns Zischler), después de su exilio en Estados Unidos durante el nazismo. El viaje coincide con el bicentenario del nacimiento de Goethe y Mann ha sido invitado a visitar Fráncfort, en Alemania Occidental, y Weimar, en Alemania Oriental. Lo acompaña su hija Erika (Sandra Hüller), que no parece muy convencida de que volver a casa sea una buena idea. Hay quienes le dan señales claras d eso mientras Mann se transforma en un disputado botín cultural de ambos lados.

La película parte de un episodio real, aunque se permite algunas libertades dramáticas. El viaje de Mann fue más largo, incluyó otras ciudades y lo acompañaron su esposa y un chofer, no su hija.

“Estoy arraigado en la historia de la posguerra, me guste o no”, dice Pawlikowski en una rueda de prensa virtual en la que participó El País. “Puedo reconocer ese paisaje. Me gusta cuando los personajes están moldeados por la historia o se enfrentan a ella, en las que deben tomar decisiones y la historia es un actor más. Eso no es fácil en la era del universo digital. Por eso vuelvo a ese mundo: me proporciona un entorno tridimensional que también se puede fotografiar. Me gustan las imágenes potentes, así que me gusta crear ese paisaje y fotografiarlo de una determinada manera. Es atractivo, pero al mismo tiempo me permite hacer películas que signifiquen algo en el presente”.

Pawlikowski rechaza, sin embargo, que sus películas sean nostálgicas. “Espero que, en realidad, resuenen en la actualidad, especialmente esta. Así que mato muchos pájaros de un tiro. Pero también siento nostalgia por el mundo analógico. Es extraño sentir nostalgia por el estalinismo o por la Alemania de posguerra, pero la siento. Me gusta hacer una película en la que quiera estar, habitar ese espacio. Y no quiero habitar demasiado el mundo actual. Supongo que es una forma de escapismo”.

Tierra de mi padre dura 82 minutos. La brevedad forma parte de la marca de agua del director.

“No me molestan las películas largas”, dice Pawlikowski, quien pone como ejemplo las cuatro horas de Lawrence de Arabia. “Pero no me gustan las que tienen tres finales o en las que uno siente que hay escenas que no van a ninguna parte, pero las dejaron porque ya las habían pagado o porque el director necesita hacerse notar. Es una especie de actitud machista: hacer una película muy larga como si eso significara que uno tiene cosas importantes que decir”.

Su método de trabajo parte de esa búsqueda de un cine económico. “Intento escribir un guion muy sencillo y, por lo general, quedan bastante cortos: el de Tierra de mi padre tenía unas 61 páginas”, explica. “Siempre me permito extenderlo un poco, a veces para los financiadores, para que puedan ver hacia dónde va todo y qué emociones están involucradas. Pero al final me gusta esa versión despojada y darme espacio para cambiar las cosas todo el tiempo”.

En Tierra de mi padre, el eje es el vínculo entre un padre y una hija, una relación que se desarrolla en medio de las fracturas de la historia europea.

“Todas mis películas tienen dos personajes y medio, por así decirlo: dos personajes principales y un tercero”, dice. “Intento concentrarme en escenas potencialmente poderosas que puedan contarse visualmente. Por eso sé que la película va a ser bastante concentrada. Evito las escenas que están ahí solo para explicar cosas, ilustrar o proporcionar información, porque no es divertido rodarlas ni verlas. Pero, eso sí, necesito tener un comienzo, saber de qué trata, tener escenas ricas, escenas importantes y el final. Siempre tengo el final”.

Detrás de esas decisiones formales hay una concepción del cine que se opone a las explicaciones sencillas y a las certezas demasiado cómodas. Pawlikowski quiere que sus películas admitan distintas lecturas sin convertirse en ejercicios herméticos.

“Quiero que la gente experimente lo que intento decir, no que tenga que descifrarlo”, dice. “La idea es que la película funcione en muchos niveles, pero que también se pueda comprender de manera ingenua, sin más. Debe resonar de alguna manera, pero no como una tesis que haya que descifrar. Me gustan ese tipo de películas y de libros, y así es como veo el mundo. Nada es sencillo. Por mi experiencia, las cosas siempre son un poco ambiguas y paradójicas.
Quiero que el cine o el arte transmitan esa sensación, que nada es completamente evidente y que no existen narrativas sencillas”.

“Creo que el mundo actual está enganchado a las narrativas simples y se deja conducir por ellas”, afirma. “Al mostrar que las cosas son complicadas busco, de alguna manera, volver a humanizar el mundo, porque los algoritmos y estas narrativas disparatadas nos están deshumanizando. Toda nuestra información ya no proviene de nuestra propia vida, si no de la esfera digital. Quiero volver a una época en la que todavía podíamos sentir el mundo en tres dimensiones y mostrar que la vida es mucho más complicada de lo que nos hacen creer los algoritmos y las teorías simplistas. No hablo de la izquierda o la derecha. Digo que toda la civilización está siendo arrastrada hacia una reducción idiota de la realidad, algo contra lo que el cine y el arte deberían luchar”.

Su preocupación no se limita a las formas de narrar. También alcanza el lugar que ocupa la cultura en el presente.

“No creo que la cultura, tal como la entendemos, sea relevante ya”, dice. “Eso es lo preocupante. Incluso Stalin, que era un ser espantoso, leía libros. Y también se interesaba por ellos. Es famoso el episodio en que llamó por teléfono a Bulgákov y le dijo: ‘Me gusta su obra. Tuve que prohibirla, pero me gusta. No abandone la Unión Soviética. Usted es muy importante’. Es impensable que hoy la literatura y el cine se tomen tan en serio como antes. Ahora todo son frases breves, eslóganes”.

Tierra de mi padre
Sandra Huller y Hanns Zischler en "Tierra de mi padre"
Foto: Agata Grzybowska

—Tierra de mi padre explora la idea de la patria y la relación entre un padre y su hija. ¿Por qué eligió poner el acento en la paternidad en esta historia?
—Cambié la historia porque esa es la historia que quería contar.El título es simplemente ese, pero implica la idea de patria, de país y la pregunta de a qué lugar pertenecemos, en última instancia. Pero también significa la tierra del padre. En otras palabras, alude a la influencia paterna de Thomas Mann. Así que funciona en ambos sentidos.

—¿Y qué aportan Zischler y Hüller a esa relación?
—Son simplemente grandes actores y están muy bien elegidos. Se llevaron muy bien, así que hubo cierta química entre ellos. No es que hubiera una química real entre Thomas y Erika; su relación fue bastante formal durante la mayor parte del tiempo. Pero tenía a dos grandes actores que encajaban perfectamente, que sabían lo que hacían. Conocían el sentido de las escenas, el subtexto, lo que no se decía. Así que fue un placer trabajar con actores inteligentes y brillantes.

—Klaus Mann dice que a su padre lo ponen en la encrucijada entre Mickey y Stalin. ¿Lo han tentado con un cine más comercial?

—Nunca estuve en esa situación. Nunca hice películas en un sistema totalitario y evité Hollywood. Así, de alguna manera, logré mantenerme al margen. Me quedé en Europa, con financiación pública y presupuestos no muy grandes. Y ahí evité cualquier dilema.

—¿Con qué director de la tradición del cine polaco o europeo se siente más cercano en esta etapa de su carrera?
—Quizá me siento más cercano a escritores, pero, en cuanto a directores, no siento una cercanía especial con nadie, aunque muchos han significado algo para mí a lo largo de los años. Por ejemplo, los directores de la Nueva Ola checa de los años sesenta: el primer Miloš Forman, Menzel, Jan Nemec. También Bresson, aunque hoy no haría algo así. Cuando uno crece como cineasta, atraviesa distintas influencias y, con suerte, termina asimilándolas para hacer algo propio. Pero siempre siguen estando ahí, en algún lugar.

¿Encontraste un error?

Reportar
Te puede interesar