En la casa de Milagros Capdevila se respiraba arte en cada rincón. Su abuelo paterno, Arturo Capdevila, fue un reconocido escritor; el materno era astrólogo y artista plástico —como su madre—, y su padre era escultor. Cuando llegó al mundo, hace 38 años en Buenos Aires, sus seis hermanos mayores ya tocaban instrumentos, y esos estímulos terminaron calando hondo en la hoy cantante, fotógrafa, cineasta y profesora de yoga.
Su hermano mayor le enseñó a tocar el piano y, en la adolescencia, comenzó clases de percusión, comedia musical y danza. Al terminar el liceo, se anotó en la Escuela de Cine Eliseo Subiela y pronto se insertó en la industria audiovisual. Un día algo hizo clic y admitió que ese estilo de vida “nocivo” no era para ella. Y con 20 años tomó una drástica decisión.
“Después de meterle mucho al cine y al rock dije: ‘estoy demacrada, fumo todo el día, esta vida me va a matar’. Terminé la carrera y me fui a vivir al medio del bosque en Cariló. Puse una posada en una casa de veraneo que tenía mi madre”, relata a El País.
Se instaló en medio de la nada con su piano, su batería, su cámara de fotos y sus libros esotéricos. “Precisaba sanar”, confiesa quien encontró en la introspección y el diálogo con la naturaleza la forma de comenzar de cero.
El Ayurveda le curó la alergia y la rinitis crónica. Cambió su alimentación, dejó “los vicios”, se formó en astrología e hizo el profesorado de yoga. La música siguió siendo su sostén: componía, formó bandas de mujeres y tocaba el piano en restaurantes.
Con el tiempo sintió que había cumplido un ciclo. Vendió la casa en Cariló y se dedicó a viajar por América Latina, donde combinaba la música con el surf.
El 2020 la encontró trabajando por la temporada estival en Punta del Este. Estaba a punto de volver a Buenos Aires cuando estalló la pandemia y las fronteras se cerraron. Ese contratiempo la dejó exactamente donde quería estar. Se instaló en Manantiales y dio paso a una nueva etapa.
Intercaló las clases de yoga con una intensa inspiración artística. De ese impulso nacieron las composiciones que acabaron en su proyecto solista: Yogarock, su alter ego que dio nombre a su álbum debut.
El presente la encuentra con un doble proyecto profundamente enraizado. Por un lado, su nuevo EP, Somos canales de luz, que fusiona el folclore con una intensa conexión con la naturaleza: le canta al sol, a las montañas y a las ballenas. Además, funciona como banda sonora del documental Del mar a la montaña, que dirige y coprotagoniza junto a Luciana Gil.
Filmada entre Bariloche y Manantiales, la película explora la relación íntima de ambas artistas con el surf y la playa; el esquí y la montaña, además de ser una invitación a reconectar con lo esencial. Se estrena el viernes en la sala de cine del MACA, a las 20:30, en el marco de Museos en la Noche. La entrada es gratuita.
Una película para volver a la esencia
Ama Bariloche porque allí pasó todos los inviernos de su infancia y vivía una de sus hermanas. Con el tiempo comprendió que la montaña, la nieve y el esquí habían forjado su personalidad y su espíritu más salvaje. “La vista desde la montaña te pone en perspectiva de lo pequeño y lo gigante”, reflexiona.
En esa retrospectiva nació la idea de hacer una película y en el camino se cruzó con la artista ambiental Luciana Gil. “Conectamos porque las dos hacemos permacultura y creemos en este estilo de vida que busca volver a la esencia”, cuenta. Apuestan a transmitir un mensaje tan simple como profundo: a veces, basta con escuchar el viento, subir una montaña con amigos o contemplar un atardecer.
“No inventamos escenas: es una especie de ilustración de nuestra vida llevada a una trama”, explica.
La muerte atravesó el rodaje. Dos días antes de escalar el Cerro López falleció una persona por una avalancha en ese mismo sitio. Milagros, además, perdió a dos hermanas en la montaña, y la experiencia la estremeció. Entonces compuso "En la montaña", una canción que habla de la muerte.
El documental es también un homenaje a Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés, un libro que transformó a ambas directoras. A Milagros se lo acercó su psicoanalista y la ayudó a “salir del pozo”. “Aprendí a quererme y permitirme ser artista”, dice sobre esta obra que adaptaron y tradujeron al lenguaje del surf y el esquí.
La película no estará en plataformas, pero recorrerá distintos paradores durante el verano. La gira comienza el 9 de enero en Al fin y al cabo, en Montoya, con una propuesta que incluye charla sobre surf, proyección del documental, música en vivo, arte ambiental y una fiesta.
“Es una forma de celebrar, porque la película es un mensaje de amor. Tratamos de reivindicar la fe, aunque el planeta se esté destruyendo. Queremos recordar que el cambio es posible, depende de nosotros y estamos a tiempo de transformarlo día a día”, cierra.
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