A 50 años de “Todos los hombres del presidente": dos periodistas, Nixon en la mira y un escándalo histórico

La película de Alan J. Pakula convirtió una investigación real en un thriller de paranoia, con Robert Redford y Dustin Hoffman al frente de una historia que marcó al séptimo arte.

Todos los hombres del presidente

La fórmula narrativa de Todos los hombres del presidente es intrínsecamente exitosa: tiene elementos del cine negro y a dos protagonistas que investigan a pesar del recelo y la subestimación del resto. Finalmente, triunfan: un broche de oro característico del cine comercial.

Ante todo, el espíritu y motor de Todos los hombres del presidente, a 50 años de su lanzamiento, es el ejercicio efectivo del periodismo como el cuarto poder. Aquel que es capaz de mover los engranajes de la justicia y la historia, y la razón por la que se sigue mostrando en universidades de comunicación y periodismo. Con motivo del aniversario de su estreno, mañana y el 14 de setiembre se proyectará en Movie Montevideo.

Lo mejor de esta película es que los hechos que narra no son ficticios. La intrusión a la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata (ubicada en las oficinas del edificio Watergate en Washington D.C.) llevó, en principio, al arresto de cinco hombres. Gracias al rol de los medios, la investigación escaló hasta el descubrimiento de una red de espionaje vinculada a la campaña de reelección del entonces presidente Richard Nixon, quien tuvo que dimitir, y reveló el involucramiento de entes como la CIA, el FBI y el Departamento de Justicia.

Robert Redford supo entender la potencia de esta historia rápidamente, cuando comenzó a interesarse en la investigación de lo ocurrido en Watergate por parte de los periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, en 1972.

El actor siguió el caso, e incluso les sugirió a Woodward y Bernstein que el foco de la historia no era el escándalo, sino la manera en la que ellos lo cubrieron. Más tarde, compró los derechos del libro que escribieron por 450.000 de dólares antes de que se publicara.

Redford tenía razón. De hecho, en 1976 fue él quien interpretó a Woodward en la gran pantalla, bajo la dirección de Alan J. Pakula y con Dustin Hoffman como coprotagonista.

Como resultado, la película ganó cuatro premios Oscar, fue un éxito de taquilla y se convirtió una referencia cinematográfica y periodística.

Si bien había antecedentes de cine y periodismo emparentados —como Ace in The Hole, de Billy Wilder— la forma de contar la profesión en Todos los hombres del presidente era inédita hasta ese entonces: se narra a través de planos detalle de documentos y apuntes; secuencias de llamadas telefónicas y recorridas en auto, horas de trabajo en redacción.

Para Pakula, representó el cierre de su trilogía de la paranoia junto a Klute (1971) y The Parallax View (1974), basada en el clima de desconfianza de la época.

Y es que su mayor mérito en Todos los hombres del presidente fue generar tensión a partir de una historia cuyo público conocía el final.

El ejemplo estelar es la extensa escena de Redford al teléfono. El plano se va cerrando conforme se acerca a una pista clave para la investigación. Crece el nerviosismo y la expectativa de que, del otro lado, quien le habla dé información El bullicio de la redacción se convierte en algo secundario.

Se destaca, también, la belleza cinematográfica de las escenas con Garganta Profunda —la famosa fuente anónima que ayudó a la dupla—. Pakula lo convierte en una presencia casi fantasmal, que aparece en estacionamientos vacíos, entre columnas y zonas de sombra, con el rostro apenas iluminado.

Todos estos recursos fueron tomados en cuenta años más tarde en películas como Spotlight y The Post —cuya última escena coincide con la primera de Todos los hombres del presidente—. Ambas retrataron investigaciones periodísticas reales.

Con el paso del tiempo, Todos los hombres del presidente no solo es una obra cinematográfica que recrea uno de los escándalos políticos más grandes de Estados Unidos y que plantea debates sobre el periodismo. Es, también, una muestra de un mundo y una manera de ejercer la profesión que ya no existe y, por lo tanto, un ejercicio de nostalgia.

Y, sobre todo, alberga la promesa de que el periodismo puede y debe ir en busca de la verdad, más allá de los costos. Algo que, 50 años más tarde, sigue siendo necesario recordar.

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