A días de cumplir 40 años, Victoria Saravia se encuentra en una etapa de plenitud y redescubrimiento. La modelo e influencer que supo conquistar las tapas de las revistas del Río de la Plata, hoy prioriza la crianza de su hijo Lio y una vida alejada de la exposición mediática. En una charla íntima, reflexiona sobre la maternidad y cuenta que apostará por una educación alternativa. También recuerda cómo enfrentó los prejuicios cuando buscaba un lugar en la televisión argentina y sentencia: "Se referían a mí como una piba que buscaba el dinero de alguien".
-¿Cómo te llevás con la maternidad a más de un año de haberte convertido en la mamá de Lio?
-Estoy encantada. Nunca antes me hubiera imaginado a mí misma de esta forma; tan presente y dedicada al rol de madre. Me di cuenta de que antes ponía mucha pasión en cuestiones que hoy resultan insignificantes. La vida hace que todo lo demás pase a un segundo plano. Hay un abismo entre la vida que tenía antes y la de ahora, pero el cambio fue para mejor.
-¿Qué cosas te preocupaban antes y ahora no?
-Antes me preocupaba por el look, el cuerpo, la ropa, la estética y otras cuestiones más superficiales. Estaba pendiente de qué cartera me iba a comprar o qué falda estaba de moda. Hoy, si bien no dejo de lado mi interés por la moda, lo que más me importa es acompañar las etapas de mi hijo. Soy una mujer muy coqueta y me gusta verme bien, pero eso ya no está entre mis prioridades.
-¿Te cambió mucho el cuerpo después del embarazo?
-Tengo 39 años y veía a chicas de 25 que se embarazaban y recuperaban su figura de inmediato. Pensaba que era un beneficio de la juventud. De hecho, después de parir hice dos ferias de ropa y vendí todo lo que tenía porque creí que nunca más iba a entrar en esas prendas. Sin embargo, mi cuerpo se fue reacomodando y volvió a su lugar sin necesidad de estresarme ni matarme en el gimnasio. Ya recuperé el cuerpo que tenía antes. De todas formas, ya no me interesa volver a usar ropa tan corta o ajustada. Volví a mi talle, pero hoy elijo usar otras cosas.
-¿Hubo algo que te haya costado resignar?
-Nada. Hay mujeres que se sienten aturdidas con la maternidad y creen que su vida pasó a un segundo plano, pero en mi caso fui madre a una edad en la que ya había vivido todo lo relacionado con la soltería: viajé, me divertí, salí y tuve parejas de todo tipo. Hice mucho, por lo que la maternidad llegó en el momento perfecto. La viví como un upgrade en mi vida, como algo nuevo por descubrir. Con Manu (Desrets), como pareja, nos pasó algo similar: después de siete años estábamos muy bien y unidos, pero la llegada de Lio nos permitió volver a conocernos desde otro lugar. Es como si nos hubiéramos vuelto a enamorar.
-Antes del parto habías anticipado que querías que fuera en el agua, ¿cómo fue finalmente?
-Uno sueña muchas cosas que, en la práctica, resultan distintas. Durante todo el embarazo me preparé para un parto en el agua por todos sus beneficios. Finalmente hice el trabajo de parto allí, pero terminé dando a luz fuera del agua. La habitación tenía una especie de jacuzzi y la camilla al lado, lo que permitía salir de la pileta, caminar o sentarse. Yo buscaba un parto libre y en movimiento; no quería estar postrada en una cama. Probé distintas posiciones y terminé teniendo al bebé en la camilla. Manu me acompañó y me sostuvo perfectamente, a pesar de que para los hombres también es un shock. El parto es la experiencia más salvaje que viví. Fueron unas nueve horas, pero los médicos me atendieron de maravilla y siempre estuve muy tranquila.
-¿Cómo te gustaría que sea educado Lio?
-Estoy muy pendiente de la evolución de su cerebro y de su alimentación. Con la educación me pasa lo mismo: estoy derribando lo tradicional de mi familia. Vengo de un entorno muy convencional y ahora busco abrir otros caminos. No lo voy a enviar a la educación sistemática que todos conocemos; prefiero escuelas alternativas como los sistemas Waldorf o Montessori. Quiero una educación que trabaje más la conexión del niño y que no esté tan pendiente de las calificaciones. Hay una educación alternativa que evita meterles desde niños la presión por la competencia y por sacar buenas notas. La idea es que aprenda lo mismo pero de una forma diferente. Estoy muy dedicada a observarlo y decidir en función de su personalidad, sin patrones heredados. Me gustaría que le enseñen a lavar los platos o a plantar naranjas, cosas que no están presentes en la formación tradicional. Hay aprendizajes que son más vivenciales y quiero un sistema que apunte a eso.
-Al margen de tu actividad pública, ¿tenés inversiones o negocios que te sostengan económicamente?
-Sí. Mi papá falleció cuando yo era muy chica y había que continuar su legado. Hasta el día de hoy mantengo lo vinculado a los campos y, además, invertí en otras empresas. Con el campo me involucro lo justo y necesario: nosotros arrendamos, por lo que armé todo para que el sistema funcione solo y no dependa de mi presencia. Yo me encargo de pagar los impuestos y de resolver cuando algo se rompe (risas). Eso es el respaldo grande que me sostiene y luego está mi trabajo. Antes de ser madre trabajaba muchísimo e incluso embarazada seguí haciendo contenidos con varias marcas. Ahora me puedo dar el lujo de bajar un poco el ritmo y hacer solo lo que tengo ganas o lo que realmente me reditúa, porque estoy abocada a no perderme ninguna etapa de mi bebé.
-Da la sensación de que peleaste mucho por tener un lugar en los medios y que, cuando lo conseguiste, te fuiste desencantada, ¿fue así?
-Pasó un poco eso. En Uruguay siempre tuve un lugar en los medios por mi familia, pero cuando empecé a trabajar en Argentina fue distinto. Allá no se me conocía y tuve que pelear mucho porque se decían cosas que no eran ciertas. Me trataban como a alguien que no tenía nada que ver con el lugar del que venía y eso me dolía. Se referían a mí como una piba que buscaba el dinero de alguien; en aquel momento, los medios ubicaban a la mujer siempre en ese lugar. Yo tuve mi época de “botinera” (risas) y decían que quería sacarle algo al jugador de fútbol, sin revisar mi trayectoria previa. Yo siempre fui muy independiente y nunca necesité de un hombre. Por eso me chocaba que dijeran eso y pensaba “qué va a decir mi mamá”. Era prácticamente una adolescente y me juzgaban cuando yo misma aún no tenía procesada mi identidad ni tenía mucha seguridad. Yo quería llegar a los medios para mostrar quién era y hablar de temas que me interesaban como moda, sustentabilidad o alimentación, pero después entendí que no tenía que explicarle nada a nadie. Apareció la herramienta de las redes sociales y dejé de precisar que un periodista me preste un micrófono para explicar mi versión. Me acuerdo que de repente escuchaba a 10 periodistas hablando mal de mí, y ahora si hay una persona que quiere saber cómo soy puede venir a mis redes. No siento que me fui sino que me ubiqué donde tenía que estar.
-¿Cuál fue el punto de inflexión de tu desencanto en relación a los medios?
-Fue en Bailando por un Sueño, una experiencia en la que no la pasé bien. Tenía fotógrafos esperándome en la puerta de mi casa y lo sentía como una violación a mi intimidad. Cuando terminó, supe que tenía que alejarme porque eso no era para mí. En ese momento me mudé a Nueva York, donde nadie me conocía, y a través de Instagram pude empezar a canalizar lo que realmente quería mostrar.
-¿Te arrepentiste de exponer algo de tu vida personal en aquel momento?
-Nada es tan grave. A mí no me afecta la exposición en sí, pero me gusta elegir qué mostrar. En aquella época no podía ni fumarme un cigarrillo en la calle sin que me sacaran una foto.
-En cuanto a tu vida personal, ¿te saludás con todas tus exparejas?
-Yo no guardo bronca con nadie. Ninguna de mis relaciones terminó mal, excepto una en la que, del otro lado no me quieren mucho. Es un argentino que quedó muy enojado y me lo hizo saber a través de amigos en común. Me bloqueó de todos lados y cuando se cruzaba con un amigo mío le decía que no me quería ni ver. Fue una persona que me pidió casamiento, por lo cual entendí que su reacción se debía a que estaba lastimado.
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