Por Julio Fablet (*)
Durante las décadas de 1970 y 1980, el teatro de revista porteño cruzaba el Río de la Plata y desembarcaba en Montevideo para ofrecer una serie de funciones que hacían las delicias del público uruguayo. Eran espectáculos que llegaban precedidos por su éxito en Buenos Aires y permitían que quienes no podían viajar a la vecina orilla disfrutaran de las grandes estrellas del género.
Una de las figuras más convocantes de la época era Jorge Porcel, actor cómico súper reconocido por sus películas y programas de TV. El actor llegaba de la mano del empresario argentino Carlos A. Petit, por entonces uno de los productores más importantes del Río de la Plata.
El escenario elegido era el teatro que originalmente se llamó Stella d’Italia, luego Nuevo Stella y que actualmente se conoce como Stella - La Gaviota, en la esquina de Mercedes y Tristán Narvaja. Allí recalaban las compañías porteñas que, después de agotar sus temporadas en Argentina, emprendían giras por distintos países de América.
Los espectáculos respondían a la fórmula tradicional del género revista: cuadros musicales, vedettes, bailarines, actrices ligeras de ropa y, por supuesto, el humor de Porcel, que intervenía en un par de sketches y participaba del gran saludo final de la compañía.
El popular capocómico anteponía una condición innegociable para aceptar aquellas presentaciones en Montevideo: entre función y función debía esperarlo un remise en la puerta del teatro para llevarlo a La Pasiva de 18 de julio y Ejido (hoy funciona allí un local de comida rápida), donde disfrutaba de sus adorados panchos con mostaza típica de la casa, acompañados de cerveza.
Las funciones se ofrecían de viernes a domingo, con tres presentaciones diarias, a las 19, 21 y 23 horas. El cronograma era exigente y dejaba poco margen para distracciones. Porcel solía ser cumplidor con sus compromisos, aunque cuando se trataba de comer, los horarios podían pasar a un segundo plano.
Y fue precisamente esa debilidad gastronómica la que dio origen a una de las anécdotas más disparatadas de sus visitas a Montevideo.
Entre panchos y cerveza, una rubia misteriosa con su caniche
Era viernes, noche de estreno. Carlos A. Petit supervisaba hasta el último detalle: el escenario, los camarines, el vestuario y, especialmente, la presencia de todos los integrantes de la compañía. El elenco incluía a numerosas jóvenes artistas, bellas y muy codiciadas, por lo que el empresario llevaba un control estricto de las asistencias. Nadie podía faltar ni llegar tarde.
La excepción, naturalmente, era Jorge Porcel. El cómico, tan famoso por sus conquistas amorosas como por sus chistes, acostumbraba aparecer sobre la hora, una costumbre que ponía los nervios de Petit al límite.
La primera función comenzó puntualmente a las 19 y transcurrió sin inconvenientes. A las 20.35, Porcel salió por la puerta de la calle Mercedes, encontró el remise que lo esperaba y partió rumbo a La Pasiva.
Antes de que subiera al automóvil, Petit le recordó con firmeza: "¡A las 21.10 tenés que estar de vuelta!"
Pero aquella noche los panchos y la cerveza no serían la única tentación del humorista. La segunda función comenzó sin él. Eran las 21.30 y Porcel todavía no había regresado. Furioso, Petit decidió ir personalmente a buscarlo.
Lo encontró en La Pasiva, entretenido en una animada conversación con una rubia muy elegante, de aire europeo y modales distinguidos. La mujer llevaba sobre su falda un pequeño caniche del que nunca se separaba. El perrito se llamaba Nerón. La misteriosa dama era una admiradora de Porcel que había conseguido captar toda su atención.
Cuando apareció Petit, el cómico se despidió de ella como un verdadero caballero, pero no sin antes concertar una nueva cita: volverían a encontrarse esa misma noche, a las 22.40, durante el siguiente descanso de panchos y cerveza, previo a la tercera función.
¡Petit hervía de rabia! Sin darle tiempo a mayores explicaciones, subió a Porcel al automóvil y lo llevó de regreso al teatro. El humorista todavía sostenía un pancho en la mano cuando llegaron al Nuevo Stella, donde el espectáculo había comenzado sin su principal estrella.
El camarín que se convirtió en sucursal de "La Pasiva"
Al día siguiente, sábado, las funciones estaban previstas en los mismos horarios. Petit aguardaba en la puerta del teatro la llegada de los artistas, que se alojaban en un hotel cercano.
Todos fueron apareciendo, excepto (obvio) el gran protagonista. Cuando el empresario comenzaba a perder la paciencia, un Mercedes-Benz último modelo se detuvo frente al teatro. Del vehículo descendió Jorge Porcel, acompañado por la elegante rubia y, naturalmente, por Nerón, el inseparable caniche.
El actor bajó del brazo de la señora y ambos ingresaron al edificio casi sin reparar en la presencia de Petit.
Una vez en el camarín, el productor decidió poner las cosas en claro. No toleraría un minuto más de retraso. Para evitar nuevas escapadas a La Pasiva, ordenaría que los panchos y la cerveza fueran llevados directamente al teatro.
De esa manera, pensaba, tendría al menos la seguridad de que su estrella estaría disponible cuando llegara el momento de salir a escena.
Y así ocurrió. Entre la primera y la segunda función, el camarín de Porcel parecía una sucursal de La Pasiva: docenas de panchos, abundante cerveza y la compañía de aquella misteriosa admiradora que había conquistado la atención del humorista.
Porcel estaba en su salsa. Comía, bebía y conversaba animadamente con la dama, mientras el perrito Nerón permanecía siempre cerca de su dueña.
Entre la segunda y la tercera función se repitió la misma escena. Panchos, cerveza, la señora, el perrito y un Porcel que se sentía irresistible.
Petit, por fin, podía respirar tranquilo. Su estrella no abandonaba el teatro y los espectáculos transcurrían sin sobresaltos. Pero la tranquilidad duraría poco.
El accidente que terminó en un sketch
Llegó el domingo y la rutina parecía definitivamente establecida. Los panchos, la cerveza y la elegante visitante ya formaban parte del paisaje habitual del camarín.
La primera función comenzó entre aplausos y se desarrolló con normalidad. Sin embargo, cuando llegó el momento de iniciar la segunda presentación, algo empezó a fallar.
El espectáculo se demoraba. Pasaban los minutos y Porcel no aparecía. Petit, cada vez más inquieto, decidió dirigirse al camarín para averiguar qué estaba sucediendo. Lo que encontró fue una escena digna de una comedia de enredos, aunque sus consecuencias no tenían nada de graciosas.
Porcel, algo excedido con la cerveza, había intentado conquistar a la elegante dama, que al parecer, no estaba dispuesta a corresponder a sus insistencias. El ambiente estaba enrarecido y el empresario procuró intervenir para que el humorista recuperara la compostura y saliera de una buena vez al escenario.
En medio de aquel tironeo, Porcel perdió el equilibrio y cayó pesadamente sobre un sillón. La desgracia quiso que allí estuviera descansando Nerón, el pequeño caniche de la visitante.
El resultado fue terrible: el perro sufrió la fractura de sus dos patas delanteras y quedó prácticamente inmóvil, mientras su dueña estallaba en llanto.
-¡Desgraciado, mataste a mi perrito! -gritaba la mujer, desconsolada.
Sus lamentos eran tan fuertes que llegaban hasta la sala. Petit no sabía cómo controlar la situación. Tenía a una señora desesperada, un perro gravemente lastimado y a su principal estrella en medio de un escándalo, mientras el público aguardaba impaciente el comienzo de la función.
Cuando se levantó el telón, ocurrió lo más insólito de toda la historia. Lejos de ocultar el accidente, Porcel salió al escenario y comenzó a contarle al público que acababa de aplastar a un caniche en su camarín.
Los espectadores, convencidos de que se trataba de una nueva ocurrencia del humorista, estallaron en carcajadas. Cuanto más explicaba Porcel lo sucedido, más se reía la platea. Y como fondo de aquella improvisada actuación seguían escuchándose los gritos y el llanto de la dueña de Nerón.
El capocómico, fiel a su estilo, terminó de convertir la tragedia doméstica en un número de humor negro.
-¿Vieron? ¡No es mentira! ¡Al perro, para sacarlo del sillón, van a tener que usar una espátula! -remató.
La sala volvió a estallar en risas.
(*) Julio Fablet es guionista y conductor. Trabajó en Doble o nada y Decalegrón en la TV uruguaya. En Buenos Aires fue parte del equipo de guionistas de Héctor Larrea. Trabajó en Radio Universal y actual conduce el programa de humor y compañía Ping Pong, en Carve Deportiva.