El genial actor argentino Luis Sandrini en un reportaje escuchó al periodista preguntarle: “Don Luis, dele un consejo a aquellos actores que quieren una carrera ascendente”. El veterano cómico le contestó: “Nunca actúes con un nenito ni con un animal. Te roban todas las escenas”. El consejo tuvo una recordada excepción en la historia de la TV uruguaya cuando Cacho de la Cruz trabajó a dúo en la conducción con un chimpancé: esta es la historia de Cacho y Coquito.
A lo largo del siglo XX fueron innumerables los circos que llegaban a Montevideo, eligiendo diferentes ubicaciones. En la década de los 30 el famoso circo alemán Sarrasani desplegaba su carpa en las canteras del Parque Rodó, lejos del parque.
En los años 50 al 80 en un baldío que hubo en Agraciada y La Paz, los circos medianos hacían su temporada. Cuando se trataba de espectáculos más grandes, las carpas se desplegaban en inmediaciones del Estadio Centenario, o en el predio que hoy ocupa Plaza Italia, en Malvín. Siempre fueron atracciones que permanecían largo tiempo en Montevideo.
En épocas de Cacho Bochinche, cuando un circo llegaba a la ciudad era habitual que una delegación de los artistas transhumantes visitaran el programa, demostraran sus destrezas y regalaran entradas a los presentes que estaban presenciando el programa de Cacho.
El comunicaodr era -quizás no saltaba a la vista- un empresario nato que sabía provocar negocios fuera del ámbito televisivo y con habitual éxito. Tuvo restoranes, paradores en Punta del Este o un parque infantil en el Jagüel y en todos los casos se arremangaba si era necesario. De la Cruz no tenía problemas en serruchar maderas, pintar escenografías o estar toda una noche levantando una pared con cálculos hechos por él.
Tenía olfato para los negocios, pero con la condición de levantarse temprano para no dejar pasar las oportunidades. Alguna vez me dijo: “¿Sabés cuál es el problema que tenemos en Uruguay? A la mayoría no le gusta madrugar. Yo empiezo a las 7 de la mañana y le gano de mano sin proponérmelo a los que empiezan su día a las 10”.
Nada resulta insólito si miramos la carrera de Cacho de la Cruz. Su trabajo y su actitud llamaban al éxito, aunque él no se lo propusiera. Al punto que allá por los años 70/80 le avisaron en el canal que el dueño de un circo quería verlo. Cacho lo atendió y resultó ser el integrante de una de las familias circenses más antiguas del circo rioplatense: Los Pensado. La familia Pensado es una emblemática dinastía que mantuvo activo el Circo Pensado durante más de 150 años, recorriendo caminos de Uruguay y Latinoamérica a través de cuatro generaciones. Uno de sus integrantes llegó a Cacho con este problema: el circo había comprado un chimpancé cara blanca, de un año. Para más pistas: el chimpancé era “modelo Chita” y un año de vida era la plena infancia del simpático mono.
Cacho preguntó cuál era el problema y la respuesta de los Pensado fue que necesitaban promocionar el circo para amortizar el pago del mono. Se habían pagado 15 mil dólares por él, cifra importante, y resultaba urgente recuperar esa plata. Cacho, con olfato para el negocio, aceptó tener con él en su programa de las 18 horas al pequeño mono y como parte de pago, llevar un porcentaje de las entradas del circo. La sorpresa fue cuando al preguntarle al dueño de monito qué sabía hacer el mono, tuvo como respuesta: “Nada, es muy chiquito todavía”.
Cacho aceptó el reto. Habló de inmediato con el ingeniero Horacio Sckeck, uno de los alma mater del canal, y le contó la idea. “Vos estás loco” fue la primera respuesta del ingeniero. De la Cruz no eran de esos que se quedaran con un NO como primera respuesta. Insistió que todo Montevideo hablaría de un mono viviendo con Cacho en Teledoce. Tanto argumentó que el ingeniero aceptó, aclarando que Cacho sería el absoluto y total responsable de lo que pasara por el simio. “Aceptado”, dijo.
Lo primero que buscaron fue un nombre para el mono. Tenía que ser algo cacofónico, musical, que rimara con el nombre del conductor. Así fue que lo bautizaron solemnemente Coquito. Y comenzó la aventura. Cerraron un estudio, escondieron todos los cables para evitar que Coquito mordiera uno y pasara a mejor vida. Cables, enchufes, y todo objeto que pudiera resultar peligroso para todos.
En ese estudio se grabaron horas y horas de Cacho y Coquito sin parar. Cacho intentaba decir sus líneas y el mono jugaba con todo lo que encontrara a mano. Se trepaba a las escenografías, jugaba con carretes de video tapes, tomaba sus mamaderas… en fin, la vida de un mono bebé en cautiverio, pero un cautiverio “sui generis”.
El método de trabajo era simple: Cacho y Coquito a escena y cuatro cámaras grababan sin parar todo lo que las “estrellas” hacían. Es de imaginar las salidas graciosas de De la Cruz ante los zafarranchos del simio.
Una manera de que Coquito se apaciguara era cuando descubría que Cacho llevaba bajo su gorra pasas de uva, que eran uno de los platos preferidos de mono. Mientras el conductor leía avisos o hablaba a cámara, el mono le comía las pasas de uva de la cabeza. ¡Brillante idea!
Todo marchó bien. El raiting acompañaba, el circo estaba conforme y la relación con Coquito era por demás amistosa. Hasta un álbum de figuritas se hizo del programa Cacho y Coquito.
Un día llegó al canal Julio Alonso, el locutor de los viajes y hombre de publicidad. Tenía el propósito de grabar la publicidad de los relojes Citizen en el mismo estudio. Cacho lo miró y le dijo: “Julio, no podemos, estamos con Coquito”.
“Dejate de joder con el mono, son 15 minutos”, fue la respuesta de Alonso. A pesar de las advertencias de Cacho, Alonso armó una estructura de acrílico azul con relojes de última generación. No hubo forma de disuadirlo. Cuando todo quedó armado, Coquito vió el stand azul transparente y se tiró encima, le dio varias patadas y para cerrar su “actuación”, se tiró desde altura al mejor estilo Martín Karadajián.
-¿Qué hiciste, Cacho?- gritó Alonso.
-Ah, no sé, hablá con Coquito.
Por Julio Fablet