Telecataplúm fue, junto con El show del mediodía, uno de los primeros programas humorísticos de Teledoce, que comenzó sus transmisiones en mayo de 1962. Aquel ciclo pionero se convirtió en una verdadera cantera de talentos y personajes. Varios de sus sketches adquirieron tanta popularidad que terminaron cobrando vida propia, transformados en programas independientes de una hora de duración. Uno de ellos fue Hogar, doce hogar.
Esta telecomedia costumbrista de los años 60 giraba alrededor de las desventuras de la disparatada familia Arrabaldegui. Los padres eran interpretados por Emilio “Guita” Vidal y Henny Trayles, mientras que Berugo Carámbula encarnaba al hijo, un muchacho incorregible, especialista en cometer macanas y despertar la furia paterna.
La mecánica de aquellas escenas era tan sencilla como efectiva. Berugo irrumpía en el living familiar para confesar una nueva macana, comunicar alguna desgracia económica o, sencillamente, pedir dinero con el mayor desparpajo. La reacción de Vidal era inmediata y explosiva: comenzaba a gritar, gesticulaba desaforadamente y perseguía a su hijo por toda la escenografía, mientras Henny Trayles intentaba, casi siempre inútilmente, poner un poco de calma.
Frente a los arrebatos de su padre, Berugo respondía con una parsimonia exasperante. Miraba a cámara con complicidad, encogía los hombros o ensayaba excusas disparatadas con una sonrisa irresistible. Cuanto más tranquilo se mostraba, más se enfurecía Vidal.
La comedia física era uno de los grandes recursos de Hogar, doce hogar. Las amenazas con un zapato, las persecuciones alrededor de la mesa del comedor y las escapadas de Berugo, favorecidas por su juventud y agilidad, componían una coreografía humorística que el público esperaba con entusiasmo.
Lo verdaderamente extraordinario era que Berugo, cuyo nombre de nacimiento era Heber Hugo Carámbula, había llegado a la televisión sin experiencia profesional como actor. Su vocación original era la música. Integraba la orquesta de Telecataplum como guitarrista y ejecutante de banjo cuando los hermanos Daniel y Jorge Scheck descubrieron en él un talento humorístico que hasta entonces permanecía oculto.
Según cuenta una conocida anécdota, cierta noche, minutos antes de salir al aire en vivo, uno de los actores sufrió una indisposición y quedó imposibilitado de participar en su sketch. Los Scheck buscaron desesperadamente un reemplazante y repararon en aquel joven músico de rostro expresivo y enormes posibilidades gestuales.
“Ponete este saco y parate ahí”, le ordenaron.
Sin libreto ni experiencia, Berugo salió a escena y apeló a su capacidad natural para la improvisación. Sus gestos, ocurrencias y reacciones provocaron tantas carcajadas entre el público presente y los propios técnicos que, a partir de aquella noche, los libretistas comenzaron a escribir escenas especialmente para él. Había nacido un comediante.
Pero antes de convertirse en una estrella del humor, Berugo había sido un auténtico prodigio musical. A los cinco años recibió de regalo una pequeña guitarra y comenzó a sacar polcas de oído. Sus padres, sorprendidos por aquella facilidad, decidieron inscribirlo en clases formales cuando cumplió siete años. El aprendizaje fue vertiginoso: a los 13 ya había obtenido el título de profesor de guitarra y, apenas un año después, dirigía una academia informal con cerca de 40 alumnos, entre niños y adultos que acudían a recibir lecciones de aquel adolescente excepcional.
A los 15 años, unos primos lo invitaron a integrar un conjunto de jazz. Para sumarse debió aprender a tocar un instrumento completamente nuevo para él: el banjo. Su talento hizo el resto.
En 1960, el grupo participó en el Festival Nacional de Jazz, celebrado en Montevideo. El primer premio consistía en unas estatuillas con forma de trompetas de oro y un contrato de tres meses para actuar en Radio Carve.
La expectativa que despertó aquella participación en su ciudad natal, Las Piedras, fue extraordinaria. Según recordaba Berugo, tres trenes repletos de vecinos viajaron hasta Montevideo para alentar al conjunto. Cuando los músicos se consagraron ganadores, el regreso se transformó en una celebración popular. Una multitud los recibió en caravana y los llevó en andas como si fueran campeones del mundo.
Berugo también tuvo una faceta aventurera, bastante menos conocida que sus incursiones musicales y televisivas. Antes de instalarse definitivamente en Buenos Aires, fue uno de los pioneros del surf en Uruguay.
Durante su juventud integró un pequeño grupo de aficionados, muchos de ellos guardavidas, que viajaban a las costas de Maldonado y Rocha en busca de olas. Eran menos de veinte entusiastas de una actividad que por entonces resultaba prácticamente desconocida en nuestro país.
Playas hoy tan concurridas como Manantiales o La Pedrera conservaban todavía un carácter agreste, con escasas construcciones y servicios. En una entrevista que le hice para mi programa de radio, Berugo recordó aquellas expediciones con una mezcla de nostalgia y entusiasmo.
Cargaban tablas enormes y rudimentarias, acampaban durante varios días a orillas del mar y se alimentaban muchas veces de lo que conseguían pescar. No había comodidades ni infraestructura. Solo un grupo de jóvenes dispuestos a desafiar las olas en lugares donde casi nadie había practicado aquel deporte.
La vida todavía le reservaba otra transformación sorprendente. Después de consolidarse como humorista en programas como Hiperhumor, Berugo recibió una propuesta que cambiaría definitivamente su carrera. Alejandro Romay, el poderoso empresario que comandaba Canal 9 de Buenos Aires, decidió apostar por él para conducir un programa de entretenimientos.
La elección parecía arriesgada. Berugo era conocido por sus personajes disparatados, sus gestos y sus intervenciones cómicas, no por su experiencia como presentador. Sin embargo, Romay advirtió que detrás del humorista existía un comunicador capaz de establecer una conexión inmediata con el público.
Así llegó, en 1987, Atrévase a soñar, un ciclo que revolucionó las tardes de la televisión argentina. Berugo no intentó convertirse en un conductor solemne ni adoptó las fórmulas tradicionales del género. Hizo exactamente lo contrario: trasladó al estudio su espontaneidad, su picardía y aquella sonrisa que parecía anticipar una travesura.
Conversaba con las participantes, en su mayoría amas de casa, como si las conociera de toda la vida. Bromeaba, improvisaba y conseguía que cada una se sintiera protagonista de una jornada inolvidable. Su mayor virtud era hacer desaparecer la distancia entre la estrella televisiva y la persona común.
El éxito fue tan contundente que Canal 9 decidió ampliar la apuesta. En 1988, mientras continuaba al frente de las tardes, Berugo asumió la conducción de Todo al Nueve, una gigantesca producción de entretenimientos para los fines de semana.
A diferencia del clima familiar de Atrévase a soñar, este nuevo formato desplegaba una maquinaria espectacular de juegos, ruletas, suspenso y premios millonarios. En una Argentina sacudida por la inflación, aquellas sumas de dinero adquirían una dimensión casi fantástica y mantenían a los espectadores pendientes de cada definición.
Con ambos programas funcionando simultáneamente, Carámbula se convirtió en una de las figuras más populares de la televisión argentina de fines de los años 80. Había conseguido algo que pocos artistas logran: pasar del humor de sketches a la conducción masiva sin perder su identidad ni su frescura.
Sin embargo, detrás del músico prodigioso, el comediante y el animador exitoso había, sobre todo, un buen hombre.
Sus colegas lo querían y respetaban. Y ni siquiera la enfermedad de Parkinson, que lo acompañó durante sus últimos años, consiguió arrebatarle el sentido del humor.
Recuerdo especialmente una tarde en Buenos Aires. Yo estaba de visita en la ciudad y me invité a su casa para verlo. Antes del encuentro, Berugo me advirtió con esa ironía que jamás lo abandonó: “No te vayas a asustar cuando me veas, Julito. Estoy más duro que turrón de Navidad en agosto”.
Así enfrentaba la adversidad: con gallardía, sin autocompasión y con una broma siempre a mano.
Hay otra anécdota que lo retrata de cuerpo entero y que él mismo me reveló. En Atrévase a soñar, el programa culminaba con un juego tan sencillo como emocionante. La participante ganadora debía adivinar en cuál de los bolsillos del saco de Berugo se encontraba el fajo de billetes correspondiente al gran premio. Eran sumas verdaderamente importantes para la época.
Lo curioso era que las concursantes siempre acertaban. Intrigado por aquella infalibilidad, un día le pregunté cómo era posible. Berugo me confió entonces el secreto. Con la habilidad de un prestidigitador, mantenía el dinero oculto y, mientras conversaba con la participante para distraerla, realizaba un movimiento rápido y casi imperceptible que le permitía colocar el fajo en el bolsillo que ella acababa de elegir. De esa manera, cualquiera fuera la respuesta, el premio aparecía donde debía aparecer.
No era casualidad ni buena suerte. Era una pequeña trampa, cuidadosamente preparada por el propio conductor.
Berugo me explicó que no soportaba la idea de que aquellas mujeres, muchas de ellas llegadas al estudio con enormes ilusiones y necesidades económicas, regresaran a sus casas desilusionadas. Prefería alterar discretamente las reglas del juego antes que verlas marcharse con las manos vacías.
Aquella picardía, tan propia de su personalidad, escondía una profunda sensibilidad. Para él, la verdadera recompensa no estaba en el suspenso televisivo ni en los puntos de audiencia, sino en la felicidad de quien recibía el premio.
Su propósito era, como le gustaba decir, “fabricar una sonrisa”.
Berugo Carámbula murió el 14 de noviembre de 2015, a los 70 años. Dejó una trayectoria excepcional que atravesó la música, el humor y la televisión de dos países, pero también un recuerdo mucho más íntimo y perdurable: el de un hombre que hizo de la alegría una forma de vivir y de la generosidad, una manera de entender el espectáculo.