Desde adentro, el edificio de la calle Leyenda Patria transmite una sensación de solidez. Aunque hubo reformas visibles, fachada recién pintada, ascensores modernos y puertas nuevas en los apartamentos, la construcción mantiene la esencia. Pero esta obra no nació del deseo de modernizar, la razón fue otra, una brutal: hace tres años, el 22 de julio de 2022, una fuga de gas provocó una explosión en el segundo piso que sacudió los once niveles del edificio. Dos de las tres personas que estaban en ese apartamento murieron a consecuencia de las heridas. No hubo más muertos de milagro. Recién hace diez meses los vecinos pudieron volver a vivir allí.
Algunos dudaron en volver pero finalmente se instalaron, los propietarios de un apartamento decidieron vender después de dos años viviendo en otro lado (aún no lo lograron); lo cierto es que la mayoría de los vecinos extrañaba su hogar. “Va pasando el tiempo y uno puede hablar más. Nosotros sentíamos que el edificio nos había expulsado, pero una vecina en una reunión me dijo que el edificio nos protegió, que nos salvó”, dice Federico, tres años después. Por su estructura firme y por los materiales de construcción, esa es la justificación que repiten. “Los ingenieros que vinieron a estudiar esperaban cerca de 15 muertos”, cuenta el vecino.
Él fue uno de los que dudó en volver. La herida sigue; aunque se cerró, va a ser una cicatriz en la vida de todos. “Es un antes y un después, eso seguro. Pero también ves las cosas desde otra perspectiva, no te enroscas. Yo comencé a valorar la vida de otra forma, porque somos sobrevivientes”, dice Federico, cuyo nombre y el de otro vecino que habla en esta nota ha sido modificado porque quieren proteger su identidad.
—¿En qué piensan ahora que se mudaron?
—En que estamos vivos, que por unos minutos de diferencia no sé qué hubiera pasado. En que hay que ser agradecido, y que esto no puede quedar en nada.
Federico había salido 15 minutos antes de la explosión con sus dos hijos más grandes. Su esposa y su hijo más pequeño quedaron en el edificio, pero de milagro no resultaron heridos.
En su teléfono guarda las fotos de cómo quedó su apartamento. Lo que supo ser la cama de matrimonio era solamente una madera aplastada. El cuarto donde dormía su bebé tuvo un sillón de protagonista que impidió que los escombros cayeran en la cuna. Todo parece una gran casualidad, suerte o el destino, Federico prefiere pensar en Dios y agradecer. Para entender la magnitud: los pisos dos, tres y cuatro prácticamente se fundieron en uno solo. Para el arquitecto responsable de la obra era “una especie de tríplex”. Federico vive con su familia en el segundo.
Además, el impacto no solo alcanzó a este edificio, construcciones cercanas se vieron afectadas y tuvieron que recibir mejoras.
Después de la explosión
En el octavo piso la mesa ratona del living de Alberto conserva marcas imborrables. Las tres puertas del apartamento salieron volando, literalmente, y en su vuelo arrastraron la mesa. Que quedó con varios agujeros en su madera maciza, testigo de aquel día. La onda expansiva fue tan feroz que hasta los muebles más pesados terminaron contra la reja del ventanal. Todo eso, a seis pisos del epicentro.
Alberto estaba sentado en uno de sus sillones, que para su suerte se partió en dos y lo movió del lugar. “Si no, no sé qué hubiera pasado, la puerta me hubiera dado en la cabeza”, dice el vecino.
Cinco pisos más abajo, el gas explotaba. En ese momento nadie sabía qué pasaba, si era una bomba, un terremoto o hasta un incendio. Los ascensores, golpeados por la onda, se desplomaron en el subsuelo dañando autos estacionados. Tres años después, el sonido aún retumba en la memoria de quienes estaban allí. Y aunque el edificio fue reparado y reforzado, el temor persiste cuando piensan en otros: ¿podría volver a pasar en cualquier otro edificio? Claro que sí.
“No queremos que esto le vuelva a pasar a nadie”, afirma Federico. Lo dice con la claridad de quien ya vivió lo impensable. “Con el gas estamos desprotegidos”, insiste. Se había mudado hace solo un mes con su familia al apartamento que hoy está hecho a nuevo y es uno de los que se diferencia del resto: al ingresar el techo, con el microcemento a la vista, muestra una construcción moderna en un edificio de la década de 1950.
Hoy uno de los mayores temores que persiste entre las víctimas: que no se estén tomando las medidas necesarias para evitar otra tragedia. No ya en su edificio, en muchos otros. Porque el riesgo no terminó con la explosión. El miedo se mudó con ellos y sienten una especie de responsabilidad. “Cuando uno tiene que irse a otro lugar, que no es su hogar, lo primero que piensa es si la instalación de gas estará en condiciones”, dice Federico.
Este vecino cuenta que fue a lo de su madre, que vive en un edificio de Pocitos con gas a cañería, y se aseguró de que todo estuviera bien. En su caso, el apartamento al momento del accidente no tenía servicio de gas; hoy claro, ningún apartamento lo tiene.
La instalación de gas en el edificio era de los años 50. “La original”, dice Alberto, que todavía recuerda la confusión y el olor a polvo de aquella mañana. “Cambió la normativa, envejecieron los materiales. Pero nadie revisó nada. Esta instalación tenía más de 65 años. Y no es la excepción: en este país está lleno de edificios así”, explica.
Lo que pasó encontró a algunos vecinos desayunando, a las 10 y poco de la mañana. Una vecina en bata y en shock quiso bajar por la escalera, escapar, salvarse. Pero Alberto la detuvo. “Le dije ‘por favor esperemos a ver qué pasó’. Pensé que era un incendio. Después alguien gritó que había sido una bomba”.
No sabían que era gas. “El gas tiene olor fuerte”, dice Alberto. “Y debería tener un olor fuerte. Para que lo identifiques. Porque es la única advertencia que tenés”. A diferencia del agua, que deja manchas, o del fuego, que se ve, el gas no tiene color ni forma. Si hay una pérdida y nadie huele nada, ¿quién avisa?
Esa pregunta sigue sin respuesta. Tres años después, la incógnita persiste: ¿cómo nadie percibió el olor del gas que se había liberado en el apartamento donde ocurrió la explosión?
El subcomisario Alexander Rivero, ayudante ejecutivo de la Dirección Nacional de Bomberos y quien estuvo a cargo de la investigación, explica que sí hubo un vecino que declaró haber percibido un leve olor en la madrugada, en el baño de su apartamento. Ese baño estaba conectado por un ducto de ventilación al del piso afectado.
“El gas natural sube”, dice Rivero, y la ventilación de los ductos da a la azotea.
El gas natural en realidad no tiene olor. Lo que se percibe es un odorizante que se agrega en la red de distribución. Pero no es un olor penetrante como el del supergás. “Para compararlo con algo cotidiano te diría que tiene un olor como a coliflor”, gráfica el bombero.
La explicación de bomberos sobre qué pasó con el gas
El subcomisario Alexander Rivero, ayudante ejecutivo de la Dirección Nacional de Bomberos, fue quien estuvo a cargo de la investigación técnica tras la explosión. Además, el caso tuvo derivaciones judiciales: estuvo en fiscalía, se investigó pero se archivó.
A tres años del siniestro, Rivero explica qué ocurrió con el gas que generó la explosión. “En ese apartamento no había ventilación”, dice. Y eso jugó un rol clave. “Las personas tienden a cerrar todo y los lugares que tienen ese gas para poder salir al exterior -como un ducto- no son eficientes”, explica Rivero.
Si alguien de otro piso hubiera sentido el olor, aclara, es porque el gas habría logrado salir. “Y si el gas hubiese salido, no se hubiese acumulado a los niveles que se acumuló”, dice.
Hay un detalle físico que resulta fundamental: el gas natural es más liviano que el aire, por lo tanto se acumula primero contra el techo. Con otro tipo de gas, como el GLP (el que se usa en garrafas), el desenlace podría haber sido distinto. Ese gas, al ser más pesado que el aire, tiende a bajar. En ese caso, habría podido salir por las ventilaciones del piso. Pero aquí no ocurrió eso.
Para explicar cómo se fue dando esa acumulación, los bomberos trabajaron con una maqueta. En esa simulación, detallaron que no se trató de una fuga que llenara todo el apartamento de inmediato. Fue un proceso lento y por capas. De hecho, la pérdida comenzó durante la madrugada y tomó varias horas en inundar todo el apartamento. Y hay otro fenómeno que pudo haber sido determinante para que nadie advirtiera la fuga: la familiarización con el olor.
El día de la tragedia
La mañana del 22 de julio de 2022 comenzaba como cualquier otra para Mirtha, la trabajadora doméstica del apartamento del segundo piso, el que explotó. A las ocho de la mañana, como siempre, abrió la puerta y entró. Lo que no sabía era que estaba caminando hacia una trampa invisible: el apartamento había acumulado cerca de 50 metros cúbicos de gas.
Eso equivale al contenido de seis garrafas de 13 kilos abiertas al mismo tiempo. O al consumo de gas de 25 apartamentos durante un mes entero.
Y, sin embargo, no sintió nada, según cuentan los vecinos.
Los dos propietarios estaban en distintas habitaciones. No hubo alertas. Solo una acumulación mortal. El aire ya era letal, aunque no lo supieran.
Dos horas después del ingreso de la empleada, el apartamento reventó y la onda expansiva se sintió como una bomba en todo el edificio. “Podés pensar que ellos dos se acostumbraron al olor porque se fue perdiendo durante la madrugada”, dice Alberto. Y se pregunta: “¿Pero cómo es que una tercera persona que llega desde fuera no siente nada?”
Ese testimonio, sin embargo, nunca pudo ser incorporado formalmente a la investigación de Bomberos. “El equipo pericial, en reiteradas oportunidades, intentó acceder al testimonio de esa persona”, dice Rivero, “porque entendíamos que era clave. Era el único testimonio de alguien que estuvo dentro de la escena cuando pasó lo que pasó”. Los dos propietarios fallecieron.
Se coordinó día, hora, lugar. Pero al llegar, la persona se negó a declarar, según explica Rivero.
Federico y Alberto opinan que debería haber otros mecanismos para controlar el gas. Dicen que faltan herramientas para evitar y detectar las fugas, como las válvulas automáticas que cortan el suministro si el consumo es excesivo. Y que los controles tienen que ser periódicos y obligatorios, que no caiga la responsabilidad en los usuarios como es hasta ahora. “Tiene que funcionar como una llave de luz general, que salta sola ”, dice Alberto. “Estamos hablando de gas, ahí tenés todos los peligros arriba. El gas es combustible, es explosivo”.
Alberto hoy está jubilado pero se dedicó toda la vida al área de la construcción. “Como edificio tenés que controlar la calidad del agua potable y los tanques, es una obligación, lo mismo con las instalaciones eléctricas, pero con el gas no pasa eso”, agrega.
El País se comunicó con la empresa Montevideo Gas, que mediante un correo electrónico se limitó a responder: “El gas natural es una fuente segura de energía cuando se instala, mantiene y utiliza conforme a la normativa. El cumplimiento generalizado de las normas hace que incidentes como el ocurrido sean absolutamente excepcionales”.
La reconstrucción
El arquitecto Richard Díaz Levitán todavía recuerda la imagen al ver el edificio dañado y la define así: “Dantesca”. Fueron minutos los que pasaron desde que una vecina lo llamó hasta que llegó al edificio de once pisos. “Yo fui uno de los primeros en llegar al lugar. Estaba cerca, y conocía el edificio porque ya habíamos hecho obras ahí”, relata el director de la empresa constructora Otlas.
La escena era caótica: aberturas estalladas, escombros por todos lados, techos deformados. Ingresó al edificio junto con técnicos de la Intendencia de Montevideo y enseguida convocó al ingeniero estructural del estudio Magnone Pollio. “Nos dijo: hay que apuntalar ya porque esto es como si hubiera estallado una bomba”, recuerda Díaz. Fue así como comenzó una carrera contra reloj para sostener la estructura: ese mismo día trajeron 1.400 puntales que colocaron desde el piso afectado hacia abajo, para trasladar la carga y evitar un colapso mayor.
El clima no ayudaba: al día siguiente estaba pronosticada lluvia. “El ingeniero nos advirtió que si se mojaban los escombros contenidos en el edificio, la sobrecarga podía ser peor. Salimos a buscar chapones por todos lados para tapear las aberturas”, cuenta el arquitecto. Lograron cubrir las zonas expuestas justo a tiempo: el fin de semana llovió.
Superada la emergencia, comenzó un proceso largo y meticuloso. La empresa ganó la licitación para hacerse cargo de las obras, que incluían primero consolidar toda la estructura y luego demoler. “El piso tres implosionó, la losa del techo subió. Era increíble, parecía que se había inflado”, describe. Una vez estabilizado el edificio con refuerzos estructurales, se inició la demolición. Una de las etapas más complejas, porque se demolió de forma controlada parte de un edificio que tenía que permanecer en pie.
Luego vino la etapa de reconstrucción: nuevas losas de hormigón, nuevos entrepisos y muros. “La estructura quedó más fuerte que antes”, dice el arquitecto.
Los vecinos que abrieron la puerta a El País para contar esta historia apenas ahora pueden hablar. Pasaron meses sin encontrar las palabras, con el cuerpo cargando el estrés postraumático de una explosión que lo alteró todo: su casa, su memoria, su forma de estar en el mundo.
Destacan la labor de la constructora y también la respuesta del seguro. “Desde lo humano, valorás eso. Los psicólogos que tuvimos por el seguro y hasta los kits que nos entregaron con mantas y pasta de dientes”, dice Federico.
Para estos vecinos no hay un sistema que certifique que lo que pasó en Villa Biarritz no pueda suceder en otro edificio con caños envejecidos. Lo que sí hay es memoria y un sentimiento de “esto no sé puede repetir”.
-
Estrés postraumático, miedo a volver y un culpable señalado: a un año de la explosión en Villa Biarritz
A dos años de la explosión del edificio de Villa Biarritz sus vecinos relatan las secuelas y evalúan más medidas
Explosión en Villa Biarritz: varios pisos de un edificio fueron destrozados; hay ocho heridos, tres de gravedad