La calle Santa Cruz de la Sierra nace frente al liceo 70 sobre la avenida Santín Carlos Rossi. Sube una pequeña loma y ahí, de golpe, se termina el asfalto: el camino se interna en Cerro Norte. Es un día gris, como casi todos últimamente, y caminamos por una calle de tierra que desemboca en uno de los históricos bloques de cemento conocidos popularmente como Los Palomares de Cerro Norte, hermanos de los de Casavalle. Los construyeron en la década de 1970 como una solución transitoria y sumamente precaria frente a los problemas de vivienda.
Pero, como casi todo lo transitorio en este país, terminó siendo definitivo.
Entonces se ven los laberínticos pasajes, esos bien grises que salen seguido en las crónicas policiales y donde la Policía solo entra para acciones puntuales, donde los delincuentes se escabullen con facilidad. Estamos en Cerro Norte para ver cómo es un día cualquiera en la zona elegida para lanzar el plan Más Barrio, lo más parecido a un buque insignia que tiene este gobierno. Un barrio marcado por la violencia y el enfrentamiento entre bandas desde hace años (o décadas más bien) y donde viven —contando no solo Los Palomares— unas 5.912 personas en 1.745 hogares según los datos del censo.
El 24 de abril pasado el gobierno desembarcó acá con un acto donde estuvo el secretario de Presidencia Alejandro Sánchez, los ministros de Vivienda e Interior, Tamara Paseyro y Carlos Negro, junto a más de un centenar de funcionarios para anunciar el inicio de un plan que por ahora muestra unos pocos avances iniciales —como algo más de iluminación y limpieza, además de patrullaje y un censo que relevó las condiciones de vida de la población del lugar— pero que acelerará a comienzos de 2027 con obras como una nueva plaza, la apertura de calles y demolición de viviendas.
Mientras las autoridades avanzan en los primeros pasos del programa —un proceso por ahora “burocrático” y “menos visible”, “una especie de contrapiso institucional para todo lo que vendrá después”, dicen fuentes de Presidencia—, por las calles de Cerro Norte veremos un barrio en un “frágil equilibrio” a la espera de las novedades; con la opinión casi unánime entre los vecinos de que la situación está más tranquila que hace un año y poco, cuando acumulaban muertos y heridos, pero aún con la tensión constante y el miedo a dar un paso equivocado, decir lo que no debería ser dicho, o encontrarse con una bala que, como veremos nosotros mismos, puede aparecer en cualquier momento.
La vida sigue
Los niños pasan rumbo a la escuela, mientras el encargado del depósito Inthi sube frutas y verduras en un camión. Él tuvo almacén, tuvo panadería, tuvo puesto y ahora reparte en la calle. Su local está frente a los Palomares desde hace 30 años.
—Parece que fuéramos cucos pero yo jamás tuve un drama. Si se pone bravo, tenés que agarrar y cerrar... Pero ahora están retranquilos —dice, en referencia a los tiroteos y ataques entre las dos bandas que dominan la zona, los Suárez y los Colorados.
—¿Cuál es el principal problema en Cerro Norte?
—La droga... olvidate.
Una señora que sale de uno de los estrechos pasajes y camina apurada hacia el almacén lamenta que “está todo igual”, a pesar del desembarco del plan oficial en el barrio:
—Solo pusieron los focos —dice y señala unas luces—. Después, esto es todo barro, las casas se inundan cuando llueve, son casas muy húmedas. Y hace dos meses que vinieron, fuimos los primeros.
De los tiros, ella coincide, está “un poquito más tranquilo”.
—Antes tiroteteaban a cualquier hora, no podías ni ir al almacén. Ahora es menos seguido. Pero cuando se escuchan las balas, ni salimos.
Más tarde, cuando la veamos pasar de nuevo, alguien nos advertirá que ella maneja una de las bocas del barrio.
Pero ahora, al principio del recorrido, el verdulero nos señala a lo lejos a un hombre que está junto a una pala mecánica que se mueve de un lado para el otro:
—¿Ves aquel pelado que está filmando con el celular? Es un concejal de acá. Está haciendo una obra de bien.
Se trata de Juan Rodríguez, concejal vecinal y hombre orquesta en esta parte de Cerro Norte. Los Palomares están divididos en bloques y su zona de influencia es el complejo que se conoce como 19 de abril, que va hasta Río de Janeiro, una calle que marca algo así como un límite imaginario en el barrio. Del otro lado está el complejo 19 de Junio y el pasaje 59. Son tres barrios en pocas manzanas, cada uno con su idiosincrasia y sus líderes.
—Yo estoy para levantar el barrio —dice Rodríguez, después de cortar un vivo en su Facebook mostrando a la pala mecánica moviendo la tierra en un sitio donde están recuperando una cancha de fútbol y en pocos días habrá un contenedor que oficiará de merendero para los niños.
Además de concejal, él es retirado militar (estuvo en misiones en el Congo y en Haití) y carnavalero. En el último Carnaval bailó con la esposa del presidente Yamandú Orsi, Laura Alonsopérez, en la comparsa inclusiva Balelé.
Los trabajos que está coordinando en Santa Cruz de la Sierra no tienen nada que ver con Más Barrio. Él no milita en ningún partido pero, eso sí, tuvo la ayuda de la diputada del MPP y exministra de Vivienda Cecilia Cairo, militante y vecina de la zona, quien consiguió materiales para hacer la obra.
—Cecilia se puso la mochila al hombro, yo no le pregunté si esto baja por Más barrio, si fue su gestión personal o qué. Cada uno tiene su poncho.
La ayuda para Rodríguez y su obra, según cuenta la propia Cairo, llegó a través de “Pacha” Sánchez y el Plan Juntos del Ministerio de Vivienda.
Las dos bandas que se pronuncian en voz baja
Algunos dirán que es una línea que no se puede cruzar. Otros señalarán que eso solo aplica para unos pocos, los que andan en algo raro, mientras que el resto se puede mover sin problemas. Pero hay algo que no se discute: la calle Río de Janeiro no solo es la frontera imaginaria entre los complejos; también lo es entre la zona comandada por Los Colorados, donde estamos ahora, y la que es dominada por Los Suárez, tradicionales referentes narcos del barrio.
Eso no quiere decir que no haya intromisiones en uno y otro lado. Por estos días, por ejemplo, en uno de los pasajes que “Los Colo” controlan se instaló alguien cercano a los Suárez. Una de las bocas de ese sector también responde a la otra familia.
Acá, al este de la calle Río de Janeiro, todos bajan la voz cuando hablan de Los Colorados. Hasta cuando los mencionan dentro de sus casas: no son los Colo, son “ellos”.
“Nunca se metieron conmigo, pero yo les tengo terror”, dice una señora que, entre lágrimas, nos cuenta que su principal deseo es poder irse a vivir a otro lugar, pero no le da la plata.
El barrio entero está atravesado por el enfrentamiento entre bandas. Y es algo que se repite hace décadas, aunque los clanes y los apellidos no fueron siempre los mismos.
Auge y caída de Gustavo de Armas
En la década de 1990 quien dominaba Cerro Norte era Gustavo de Armas, a quien algunos definen como el primer narco uruguayo. Vivía en el complejo 19 de Junio. En julio de 1997, De Armas habló con la revista Tres, que publicó una larga crónica sobre Cerro Norte, escrita por los periodistas Ernesto Tulbovitz y Virginia Arlington. En la cárcel de Minas, donde estaba preso, De Armas dijo: “Ahora que estoy aquí, en el barrio hay relajo. Yo no dejo tocar nada. ¿Cómo voy a dejar tocar mi barrio si la gente es toda trabajadora? Como yo no estoy, se pasan de vivos”. En esa nota definió a su rival, del complejo 19 de abril, como un “pobre pibe”. La crónica, que no menciona el nombre del “pobre pibe” a pedido del propio involucrado, cuenta que es dueño de un negocio en la zona donde hay un cartel que dice “bizcochos” y que está lleno de agujeros de balas que, según él, los dispararon “los de enfrente”.
De Armas fue asesinado en la puerta de su casa, en una salida transitoria.
Hoy en día el 19 de Junio y el 19 de Abril son controlados por Los Suárez y Los Colorados respectivamente.
Pero hay claras diferencias entre ellos. Los Suárez tienen una estructura que trasciende el barrio. En alianza con los Albín, y en particular con Luis Fernando Fernández Albín, se sabe que trabajan en el control y distribución de la droga en ciertos barrios y son un eslabón de la cadena de salida hacia otros mercados, especialmente Europa. Es un grupo de mayor vuelo. El principal referente es Luis Alberto “Betito” Suárez, hoy preso, al igual que su hermana Sandra “Loly” Suárez y que el propio Fernández Albín.
“Los Colo” son más jóvenes (“pibes que se agruparon y decidieron ir contra los más veteranos”, dice una fuente policial que los conoce bien), en principio actúan solo en Cerro Norte y tienen una estructura más horizontal. Si bien se suele señalar como líder a Joel Axel Mattos, de 24 años, una alta fuente policial dice que ellos tienen una cogestión en la organización, una estructura más horizontal que Los Suárez. Y explica: “Es algo criminológico que se desprende de las nuevas generaciones, que rebeldemente litigan contra el líder más grande. Dicen: ¿por qué vos que me tenés que mandar? A mí no me gusta que me mande nadie”. Algunos en la policía dicen que en estas bandas impera "una cogestión de la organización".
Mattos hoy está preso con tobillera en su casa: fue imputado en febrero por su participación en tiroteos que se dieron en el barrio (delito de violencia privada en reiteración real, con un delito de disparo de arma de fuego). El que pase frente a su vivienda verá, como vemos nosotros este martes de comienzos de agosto, tres autos estacionados. También suele haber algunos hombres controlando la zona, incluso con chaleco antibalas.
Ahora está todo más tranquilo, como dicen en el barrio, pero los dos años anteriores fueron bien movidos con ataques entre las dos bandas.
El 4 de julio de 2024 mataron a César Abelardo Giménez “El Colorado”, de 59 años, quien era considerado líder de la banda, mientras iba por los accesos a Montevideo. En su camioneta fueron encontrados 23 disparos de bala. Un hombre de 22 años fue condenado a siete años y medio de prisión.
El 12 de octubre de 2024 atacaron la casa del hijo de El Colorado, Joel Mattos. En ese ataque mataron a uno de sus hijos, un bebé de un año, e hirieron de forma grave a su pareja, quien estuvo al borde de la muerte pero se salvó.
El 16 de febrero de 2025 Mattos y su pareja volvieron a ser atacados pero esta vez en el Buceo. Iban en un auto blanco marca Hyundai con un niño de cinco años, el sobrino, cuando fueron atacados por un hombre en una moto en Luis Alberto de Herrera casi la rambla. Ella recibió un balazo en la cabeza y fue internada grave en el Hospital de Clínicas, aunque otra vez lograría salvarse. El niño sufrió un roce de bala. Siete casquillos quedaron tirados en la calle.
Apenas tres días después, el 19 de febrero “Betito” Suárez fue atacado a balazos por dos hombres en moto —se supone que gente de Los Colo— en el Cerro, cuando hacía un asado en la calle en la esquina de Egipto y Berna. La Policía encontró en el lugar 39 casquillos de bala. Consciente y con dos balas en el abdomen, Suárez se tomó un taxi al Hospital del Cerro. Allí fue ingresado a quirófano e intervenido. Luego lo trasladaron al Maciel, de donde se fue sin el alta médica. En aquel momento dio una entrevista a Subrayado en su casa. Cubierto con una bata roja, dijo que estaba “medio incómodo ahí” y que por eso dejó el hospital. Negó estar atrás de los ataques a Los Colo: “Yo no tengo problemas con nadie. Si yo tuviera problemas, ¿cómo voy a estar en una esquina haciendo un cacho de carne y unos chorizos, sin protección?”.
Pero esa etapa más caliente pasó y las cifras oficiales muestran que la guerra está en una suerte de impasse: hay menos homicidios y menos enfrentamientos. En 2024, el año de más ataques, hubo 14 homicidios en Cerro Norte, mientras que este año van dos contra cuatro muertes en el mismo período de 2025.
En el Ministerio del Interior atribuyen ese descenso a dos grandes líneas de acción. Por un lado, una presencia territorial focalizada con un sistema de despliegue basado en inteligencia, información y patrullaje. En una primera fase, eso implicó cruzar puntos de concentración del delito, información de testigos protegidos, evidencia balística y otras bases de datos para definir operativos de saturación.
Por otro lado, destacan el haber ido detrás de figuras clave de las estructuras criminales y clanes familiares, cuyos principales líderes están hoy detenidos. “Eso arroja una desarticulación del liderazgo, aunque no de la estructura. No quiere decir que se soluciona todo, pero contribuye a que haya menos violencia”, dicen desde el Ministerio del Interior.
La segunda fase del plan añadió un policiamiento comunitario para mantener el orden, y en la policía ya están diseñando lo que vendrá una vez que se intervengan los pasajes más estrechos. Para esa tercera etapa se prevé un patrullaje “en zonas confinadas” a pie, con motos y equipos blindados. Será “una especie de batallón de favelas”, adelantan.
Más Barrio: proyectan obras para comienzos de 2027
Cerro Norte es una de las cinco zonas elegidas por el gobierno para la primera fase del programa Más Barrio. Para esa primera etapa se habilitó un crédito de CAF por 50 millones de dólares, que no necesariamente se repartirán de forma equitativa en las cinco zonas. “Es posible que Cerro Norte requiera un importante monto de intervención”, informaron a El País desde Presidencia.
El programa tiene cuatro componentes: infraestructura urbana, habitacional, desarrollo comunitario y seguridad y convivencia. Los tres primeros componentes se financian con un préstamo de la CAF, el cuarto con presupuesto del Ministerio del Interior.
En los primeros meses, el trabajo ha estado concentrado en la coordinación entre organismos y preparación del proyecto ejecutivo para las intervenciones en el barrio. En el gobierno prevén publicar el pliego en el mes de agosto, con entregas de productos en plazos muy breves. “Esto permitirá que antes de finalizar el año se puedan realizar las licitaciones para las obras y está previsto que las obras inicien en el primer trimestre del año 2027”, señalaron.
Por su parte, el Ministerio de Vivienda prevé iniciar “en pocas semanas” dos líneas de trabajo para la mejora habitacional de las viviendas de toda la zona. Por una parte, se mejorarán las condiciones habitacionales en los hogares de vulnerabilidades más críticas, priorizando los que cuenten con menores. En segundo lugar, se desarrollará el programa de mejoras de viviendas con préstamos subsidiados, para aquellos hogares que tienen capacidad de gestionarlos por sus propios medios.
Tiro en el pie
Lo que ocurre es que la arquitectura de los Palomares no ayuda en nada a ahuyentar el delito.
Para llegar a la casa de la señora que lloraba por no poder salir del barrio tuvimos que entrar a uno de esos famosos pasajes donde caben solo dos personas caminando holgados. La mayoría de las casas tienen muros altos y eso aumenta la sensación de encierro. No siempre fue tan así: cuando se construyeron, y hasta entrada la década de 1990, casi todas las viviendas tenían patios abiertos y muros bajos. Pero para ampliar las casas, que eran muy chicas, y para tener más seguridad, el paisaje urbano cambió. Hoy hay rejas y hasta vidrios cortados y alambres de púa en los muros. Todas las viviendas son construcciones de material, tienen saneamiento y energía eléctrica; en un momento se pagaba, ahora la mayoría está “colgada”.
La Policía considera que estos complejos son como “un edificio acostado”, “una tira larga de cuadras con pasajes”, lo cual complica el patrullaje y el ingreso. “Es el lugar ideal para una emboscada”, repiten.
Que el barrio esté más tranquilo no significa que esté tranquilo.
Cuando salimos de allí, en la esquina ya se nota un movimiento agitado.
Otro de los referentes del barrio, que nos había visto adentrarnos en los Palomares, ahora se mueve nervioso y señala la presencia policial. Trae una noticia que pronto se replicará en la televisión.
—Yo fui al almacén, lo vi a aquel que estaba laburando en la máquina. Me vengo para acá a la esquina… Toy solo acá y siento ¡pac! Cuando miro, hay uno tirado. A la mierda, digo. Caminé dos pasos para acá. ¡Me acordé de ustedes!
Habla atropellado. Tira algo más de información:
—El guacho iba a vender ropa, creo que para la droga, otro que tenía un 22 dijo “vos no sos de acá”. Y le tiró un tiro. Salió saltando en una pata… Ahora los milicos se lo llevan. La policía vino por ese coso blanco que está acá. Es el coso de las balas —dice y señala un extraño aparato de metal colocado en una columna.
—¿El shotspotter?
—Eeeso mismo.
Algunos recuerdan el nombre y otros no. Pero todos allí saben bien lo que hace ese sistema de tecnología acústica e inteligencia artificial, capaz de detectar, ubicar y alertar a la policía en tiempo real sobre disparos de armas de fuego en zonas urbanas.
Es gracias a ese mecanismo que la policía sabe que disparos como el que acaba de suceder son mucho menos frecuentes que antes en el barrio. Pero no quiere decir que no sucedan. En esa misma esquina se ve un casquillo que, según comentan los vecinos, quedó tirado de una noche anterior.
Cada vez que se da un incidente de estos, enseguida aparecen las teorías. Uno dice que el herido había robado una escalera hace unos días. Alguien apunta que un disparo en la pierna —lo mismo si es un pie o una mano— es sinónimo de “deuda”, un primer aviso antes de tirar a matar.
Las historias de droga y violencia se cuelan en la rutina. Un vecino nos cuenta de un joven al que los “interruptores” —organizaciones sociales dedicadas a evitar que la violencia escale en el barrio— rescataron la semana anterior, cuando lo encontraron durmiendo un colchón en el piso y lo obligaron a internarse.
“Es una persona que tenía una casa, se metió a consumir y deudas. Cuando llegó a un tope de deudas lo apretaron por la plata. Le coparon la casa y él iba dos por tres a quejarse. Ahí lo agarraban a los golpes, que arrancá de acá, hasta que la tercera o cuarta vez lo llevaron a la casa de un pariente le dijeron: mirá, si sigue jodiendo te lo tiramos para una volqueta con un par de chasquis y para la policía será un ajuste de cuentas”.
Los interruptores estuvieron días buscándolo para decirle que tenía que salir del barrio, que ya no le convenía estar ahí.
—¿Sabés por qué hay quilombo? —intercede el hombre que vio la escena y nos dio la noticia—. Porque viene el Día del Niño.
—¿Y eso por qué?
—Se ponen todos nerviosos, por las donaciones.
Lo que pone nervioso al concejal Rodríguez es que algo así ocurra el domingo 15 de agosto, cuando congreguen a las familias y sus hijos para celebrar en la canchita del barrio que están reacondicionando.
Junto a Teresa Sansoni, una veterana referente barrial que montó un merendero en su casa, suelen tener diálogo con los líderes de las bandas para garantizar cierta paz, sobre todo cuando hay actividades que involucran a los niños.
—Yo me llevo bien con todos, no tengo problemas con nadie —nos dice Teresa, de 74 años—. ¡Pobre del que no respeta a esta vieja! Yo paso por el pasaje de los Colorados, y todos dicen “abuela”, "abuela". ¿Por qué? Porque caminé bien.
Ella tiene varias décadas en el barrio y dice que la división “siempre fue así, pero no con los problemas que tenemos hoy”. “Pero siempre acá fue acá y allá fue allá”, insiste. Tanto que, al hablar de su merendero y la posibilidad de “arrimarse para allá”, señala que ella peleó siempre “por esta zona” y que “así será”.
Lo que critica Teresa es que en los últimos años se haya puesto a los vecinos en el medio.
—No puedo decir si es la droga, o es bandideada, o son atrevidos, o se creen machistas, o es que tienen tres huevos... ¡Perdón que hable así! ¿Te parece que estén corriendo a un hombre ahora en la tarde, que puede haber un niño por ahí?
"No pasen por el pasaje"
Algunos nos advierten que ahora que hubo un disparo no nos conviene ir hasta la escuela Ana Frank, emplazada del otro lado de la frontera imaginaria que muchos temen cruzar, en la zona en la que mandan los Suárez. Es difícil desentrañar cuánto hay de sabiduría barrial en esos consejos, cuánto de genuina cautela o paranoia. Pero los cálculos están a la orden del día.
—¿Vos les podés avisar que ellos van a pasar al otro lado? —pregunta uno.
—Mejor corten camino por este otro lado —le responden y sugieren que no pasemos frente a la casa de los Colorados—. Para evitar problemas.
—Tenés razón.
—Hacele el caso a un bobo, no pasen por el pasaje, hay una manga de mongólicos mirando todo. Van a decir “salieron del pasaje de los Colorados y vienen para acá”.
Lo cierto es que muchos van y vienen sin problemas. Los niños, solos o con sus padres. Nosotros, para conocer de cerca esa escuela en la que en algún momento estudió Fernández Albín y que muchos describen como “una escuela más” de un contexto vulnerable. En el momento más caliente de la guerra entre bandas, los niños debieron acostumbrarse a esconderse debajo de las mesas cuando escuchaban una ráfaga de disparos. Como el resto del barrio, eso ya no ocurre con frecuencia, pero puede pasar. En lo que va del año sucedió en un par de oportunidades, la última de ellas hace dos semanas.
En frente a la escuela, a la que ahora asisten unos 170 alumnos, se extiende un predio que, hoy por hoy, no invita demasiado a jugar. A partir del año que viene, si las cosas salen bien, quizá sea otra la historia.
Los Palomares “nacieron mal” y fueron “un trauma para el Cerro”
Los Palomares ya nacieron con violencia: en los orígenes hubo ocupaciones, desalojos y realojos forzados. En 1972 se aprobó un convenio entre el INVE y la intendencia de Montevideo por el cual se construirían 504 viviendas en Cerro Norte: partían de una concepción de “arquitectura pobre para pobres, eran conjuntos habitacionales transitorios sin cielorrasos que no proveían un mínimo aceptable de aislación térmica”, señala una investigación de los arquitectos Jack Couriel y Jorge Menéndez.
El 25 de febrero de 1973 las obras estaban paralizadas y se produjo una ocupación por parte de decenas de familias en las 109 casas que ya tenían techo. Uno de los ocupantes dijo al diario Acción que las casas “no son siquiera precarias, son inhumanas” y el periodista definía así las comodidades de las casas: “Un baño de un metro por dos; otra habitación de similar medida que oficia de lavadero y supuestamente de cocina; dos dormitorios y un diminuto comedor”.
La gente recién fue desalojada por unos 200 policías un mes y medio más tarde.
El historiador Francis Santana, que ha investigado Cerro Norte, cuenta que Los Palomares fueron construidos en varias etapas y que allí se alojó gente de los conventillos, como Mediomundo, así como de diferentes cantegriles que ya entonces existían en las afueras de Montevideo.
Santana dice que lo de Cerro Norte “arrancó mal, se desarrolló mal y después no hubo un seguimiento del Estado a este barrio de emergencia”.
La diputada frenteamplista Cecilia Cairo, vecina del barrio, dice que lo de los Palomares “nació horrible” y ha sido “un trauma que le quedó al Cerro para siempre y que lo está pagando”, debido a tanta gente de otros lados que llegó y quedó casi que hacinada. Pero aclara que los que viven ahí “ya son cerrenses y llevan varias generaciones”.