Freno en la vereda de la avenida Agraciada, a dos cuadras del viaducto del Paso Molino, y me pruebo unos lentes de sol blancos. No hay vendedor a la vista. Los lentes están sueltos, apoyados sobre una tabla que oficia de mesa improvisada. Hay decenas, quizá cientos: algunos apenas sostenidos por un alambre largo que hace de exhibidor.
Los dejo y voy por otro par. Son más gruesos, con la marca Prada grabada en el costado. Blancos también. Tan blancos como truchos.
Casi todos valen lo mismo, al menos eso queda claro enseguida: 450 pesos, escucho un grito. El calor del mediodía, en el penúltimo día del año, vuelve la escena espesa. La vereda se angosta. De ambos lados se encadenan los puestos ambulantes y la gente avanza en fila india uno detrás del otro, cargando bolsas donde viajan los sándwiches para la noche del 31 o los primeros mandados del año que empieza.
El vendedor aparece a los gritos desde el frente, acaba de recibir una jarra de vidrio con cerveza fría. Está con otros colegas que venden ropa y juguetes.
“Agarrá nomás el que te guste”, dice, sin moverse del lugar.
—Ese que te gustó te lo dejo en 400 pesos -aclara, señalando los “Prada” blancos.
—Gracias, me estaba probando.
—¿Pero cuánto tenés?
—No, estaba mirando.
—¿Vos querés comprar o qué querés?
La escena dura apenas unos minutos, pero condensa buena parte del pulso del Paso Molino. Un barrio donde la calle es mostrador, depósito y vidriera. Donde el comercio formal convive, todo el año, con la venta ambulante. Donde el calor, los precios bajos, el regateo permanente, los dos por uno insólitos, la competencia amigable y el flujo incesante de gente marcan el pulso de cada intercambio.
Incautación de Aduanas por más de 800 mil pesos
“Son varios de los que no hacen ruido”, dice Jhonatan de 21 años, mientras abre una de las cajas con los últimos fuegos artificiales que le quedan. En el cartón hay un dibujo de perros, una especie de marca que promete lo que hoy vale casi tanto como el producto: que no molestan a los animales.
No sabe si los va a vender. Tampoco si va a recuperar la plata. “Los pagué yo. Si no salen, se los doy a mis hermanos chicos. No los puedo devolver”, explica.
Paso Molino es el centro comercial más grande de Montevideo por fuera del eje Ciudad Vieja-Centro-Cordón (y de los shoppings). En apenas cinco cuadras conviven bancos, zapaterías, farmacias, pañaleras y tiendas con sucursales en otros barrios. Pero el pulso no lo marcan las vidrieras ni las persianas: lo marca la calle. La venta ambulante no aparece solo en las fiestas; está todo el año. Aunque en estas fechas pasa algo más.
“Ya sabemos cómo es: vienen y avisan un par de días antes”, dice Julio, vendedor de garrapiñada. Habla del operativo de Aduanas del pasado 17 de diciembre. Todos los años, lo mismo: controles, decomisos, tensión. Para él, el problema no está en el último eslabón. “Acá controlan el menudeo. Pero si esto llegó hasta acá, es porque antes fallaron los controles”. Habla de fronteras, de camiones que pasan, de mercadería que entra. Y del golpe final, que siempre lo recibe el que invirtió lo poco que tenía para vender algo en las fiestas.
El operativo conjunto de Aduanas, la Intendencia de Montevideo y la Policía en la zona de Paso Molino terminó con la incautación de calzado y prendas de vestir por más de 810.000 pesos. Los puestos no tenían autorización municipal. El procedimiento no pasó desapercibido.
El paseo de compras se volvió escenario de forcejeos y gritos sobre Agraciada. Cuando parte de la mercadería ya estaba cargada en una camioneta oficial, algunos vendedores intentaron recuperarla. Las bolsas se rompieron. La ropa voló. Remeras, pantalones y buzos quedaron desparramados sobre el asfalto, en una escena que se viralizó rápido en redes sociales. “La gente está laburando y no la dejan”, gritaba una vendedora.
En el mismo video viral una señora se descompensa y otros colegas vendedores le reclaman a la policía el hecho. Pero ese día pasó y todo volvió a la normalidad.
Sobre las veredas se arma un mapa de puestos y carritos donde hay de todo. Verduras acomodadas en cajones, huevos, miel, ropa confeccionada en talleres nacionales, juguetes chinos de todos los tamaños y colores, perfumes falsos, calzado, réplicas de camisetas deportivas, carritos de comida, floristas, vendedoras de sahumerios y velas. También se consigue lo que suele aparecer desordenado en las ferias: shampoos, jabones, pasta de dientes. Paso Molino funciona como una feria permanente, con reglas propias y una circulación que no se detiene.
Las panaderías resuelven un almuerzo contundente por 150 o 180 pesos. Un trozo generoso de pastel de papa y carne o una milanesa al pan con tomate y lechuga alcanza para seguir el día. La comida barata es la regla. Una flauta de pan está a 60 pesos. Un pancho largo a 100 pesos. Una bolsa mediana de garrapiñada a 20 pesos.
“Acá, si no vendés a estos precios, no vendés. No es como en el Centro”, dice una vendedora de carrito, que tiene una hamburguesa completa por 185 pesos y atrás Burger King. La competencia es intensa. Hay puestos de panchos en varias esquinas, pequeños carros que se desplazan empujados por sus dueños. A simple vista venden panchos, pero también ofrecen hamburguesas y, cuando llueve, tortas fritas.
Paso Molino es, además, un punto estratégico de conexión. Dos grandes paradas concentran a cientos de personas que todos los días hacen trasbordo. Llegan desde el oeste, desde el Cerro, Nuevo París, Paso de la Arena y también desde Ciudad del Plata.
Acá se resuelven las compras de la semana, del mes y, muchas veces, del día. Los precios son sensiblemente más bajos que en el Centro de Montevideo y la diferencia se vuelve aún más evidente frente a las zonas costeras.
El negoció cambió con los años
Julio está parado en el mismo lugar desde hace diez años: vende garrapiñada. Tiene una sombrilla para cubrir el puesto, en la parte alta del barrio y al lado de la parada de ómnibus, ahí donde la gente sube y baja sin parar. Habla con los inspectores del transporte, con los choferes, con los vendedores. A los 63 años, Paso Molino ya no es solo su lugar de trabajo: es un territorio conocido. Llegó acá en el año 2000. Se había quedado sin trabajo y buscó una salida.
En estas fechas el movimiento aumenta, explica. Los juguetes aparecen en los puestos, la gente anda con algo más de plata en el bolsillo. El aguinaldo empuja. “Por las fiestas se vende más”, dice, como si hiciera falta aclararlo. Pero él trabaja todo el año. La parada manda. Esa y la de enfrente. “Son las que mueven más gente en Montevideo”, asegura. Muchos ya lo conocen. Compran, saludan, preguntan si su ómnibus ya pasó, siguen.
Julio habla de precios como quien habla de equilibrio. Probó de todo. “Tenés que encontrar el precio que la gente atraviesa”, dice. Lo aprendió a fuerza de ensayo y error. Poner algo a 50 pesos puede significar que no se venda en quince días. Entonces ajusta.
El negocio mutó. Cambió el dinero, cambió la forma de comprar: “Antes la gente tenía efectivo en la casa, en la cartera. Ahora no. Ahora es todo transferencia, débito, celular”. Casi nadie lleva bolsas. “La gente compra distinto”, dice.
Don Jaime abre sus puertas desde hace 98 años. El local está ahí, firme, como si el barrio hubiera crecido a su alrededor. Detrás del mostrador está Alberto, cuarta generación de una familia que hizo de la tienda oficio y herencia.
El nombre del barrio no es casual. Paso Molino remite a un tiempo anterior a las vidrieras y al tránsito incesante: al molino harinero que los jesuitas levantaron en el siglo XVIII, a orillas del Miguelete. Por ese punto de paso, obligado para quienes entraban o salían de Montevideo, circulaban personas, mercaderías y relatos. El cruce quedó, y con él el nombre, anclado en la memoria popular.
“El negocio siempre fue tienda”, dice Alberto. Tela, ropa blanca, ropa de cama. Lo básico. Lo necesario. Lo que no pasa de moda. Don Jaime nació así y así se mantuvo. Con los años se sumaron algunas cosas más: acolchados, algo de colchonería, uniformes. Pero la esencia no cambió.
No hay secretos ni atajos. Hay continuidad. Alberto habla con la naturalidad de quien no necesita vender una épica: el negocio se sostuvo porque supo quedarse en su lugar.
La clientela también es parte de esa historia. Gente mayor, vecinos de toda la vida, familias que vuelven por costumbre o por recuerdo. Durante décadas, Don Jaime fue el lugar donde se mandaban a hacer túnicas y uniformes escolares. Se tomaban medidas, se ajustaban polleras, se corregían largos. Hoy casi todo llega preconfeccionado.
Camisillas, batones, pijamas. Prendas que hoy parecen fuera de época, pero que siguen teniendo su público. “El pijama lo compra la gente mayor, o cuando alguien se va a internar”, dice Alberto.
La venta callejera, que domina buena parte del Paso Molino, no les pega de lleno. Don Jaime juega otro partido. Más lento. Más estable. También más difícil.
Las fiestas ya no son lo que eran, dice. Antes, el local quedaba abierto hasta las once o la medianoche el 23 o 24 de diciembre. Hoy, cerrar a las siete de la tarde ya es demasiado. “La gente compra menos”, dice. Sin enojo. Sin nostalgia exagerada. Solo constatando un cambio.
A unas pocas cuadras de Don Jaime, está “Canarito”. Tiene 75 años y vende siempre en la misma esquina de Agraciada. Huevos, miel, algún quesito que no trae al puesto porque no tiene permiso. Todo llega directo desde Sarandí Grande, en Florida, se lo trae un amigo para revender en Montevideo. “Canarito”, el apodo con el que todos lo conocen y con el que él mismo se nombra en tercera persona, sale a la calle para completar una jubilación que no alcanza.
Llegó a Montevideo porque, dice, no había qué comer. Lo cuenta sin dramatismo y con orgullo aclara que terminó la escuela, una escuela rural con una sola maestra para los seis grados. Fue suficiente para aprender a defenderse.
De joven jugó al fútbol. No profesional, aclara enseguida. Una mala pisada, una lesión en el tobillo, y la cancha quedó atrás. Desde entonces su vida fue el trabajo. Todo cerca, todo en la misma zona: las curtiembres de Nuevo París. Empezó desde abajo, limpiando la lana, haciendo lo que hiciera falta. Aprendió el oficio, trabajó décadas, llegó a ser capataz. Vio cerrar fábricas, intentó cooperativas, escuchó promesas políticas que nunca se cumplieron.
Cuando la industria del cuero cayó, cayó todo. Perdió el empleo y nunca volvió a conseguir uno estable. Hoy vende barato: un maple de huevos caseros a 280 pesos, todavía con la bosta de la gallina y alguna que otra pluma pegada a la cáscara, y tarros de miel a 90 y 180. Cobra 38.000 pesos de jubilación. “No me da para pagar todo”, dice, ya después de despedirse, mientras se acomoda en su silla junto a otro colega, un florista, a la sombra de un árbol que, entre tanto plástico de sombrillas y lonas, es la gloria.
La mujer que sana y escucha
Mónica tiene clientes fijos, de años. Para presentarse deja en claro que ella es “edición limitada”. Lo dice sonriendo, con una seguridad que no se negocia. En Paso Molino la actitud también vende.
—¿Tenés velas? -le pregunta una señora con intención de comprar.
—No corazón, acá no porque se derriten por el calor. Pero te puedo traer para mañana.
Y ahí pauta una venta para el 31 de diciembre: vende velas para intencionar, con el símbolo de pesos, tijeras y otras formas. Tiene 55 años y en este lugar está desde la pandemia, pero en el rubro trabaja desde que tiene 20 años. Empezó vendiendo juguetes de plástico y adornos para el arbolito de Navidad. Con los años se fue inclinando hacia lo religioso, primero lo católico, después algo más amplio. Velas, velones, sahumerios. Conocimiento. “Yo cultivo las puertas de mi mente”, dice.
Compra directo a los distribuidores. Por eso puede venderlos a 20 pesos, cuando en los supermercados cuestan el doble o más.
Con la pandemia empezó a notar algo. La gente ya no buscaba tanto santos ni iglesias. Empezaron a aparecer otras búsquedas. Budismo, hinduismo, energías. Entonces incorporó nuevos elementos para rituales simples.
Las velas de miel las arma en familia. Compra las planchas en la fábrica. Su esposo las va a buscar, su hijo las corta. “Somos un equipo”, dice. A veces llegan a comprar más de mil planchas por mes. Antes llegaba a hacer hasta 500 velas ella sola para vender en un solo día, cada 19 de mes en San Expedito, especialmente el 19 de abril.
Con este trabajo pudo mandar a su hijo a colegio privado. Y eso que vive en un asentamiento. Mónica madruga. Mucho. Para venir al Paso Molino se levanta a las seis de la mañana. En verano trabaja hasta las siete y media de la tarde.
Entre lo que vende en su puesto hay duendes. Los ama. Uno de ellos se llama Nani. No está a la venta. Nunca lo estuvo. Una vez un matrimonio joven se quedó hablando con ella casi dos horas. Al irse, dejaron 500 pesos. “Es para ella”, le dijeron. Desde entonces Nani, además de ese dinero, tiene silla, caramelos, chocolate. No se derriten, no se llenan de hormigas. “Es mágico”, dice Mónica. Le ofrecieron hasta 5000 pesos. No la vendió. “No es negociable”.
Paso Molino funciona a fuerza de circulación: de gente, de mercaderías, de historias. Nadie se queda quieto demasiado tiempo. Como desde el siglo XVIII, sigue siendo un lugar de paso: antes para entrar y salir de Montevideo; hoy para quienes lo cruzan a diario para trabajar, vender, comprar o seguir camino.
Operativo de Aduanas y la IMM
La Intendencia de Montevideo (IMM) reconoce que la situación en Paso Molino es compleja y requiere abordajes integrales y sostenidos en el tiempo. Sobre el cierre del año pasado se realizaron dos operativos de gran porte en coordinación con la Dirección Nacional de Aduanas y la Policía Nacional, que permitieron retirar una cantidad significativa de mercadería de contrabando.
Según informó Aduanas, en uno de los procedimientos se incautaron principalmente calzados y prendas de vestir por un valor superior a los 810.000 pesos uruguayos. Los puestos inspeccionados no contaban con la autorización correspondiente de la intendencia. Como gran parte de los que están funcionado, son muy pocos los que regularizan y pagan a la IMM por el metraje usado. Desde el gobierno departamental señalaron que existen formas de comercialización ilícitas frente a las cuales el Estado tiene la responsabilidad de intervenir. Al mismo tiempo, la IMM mantiene un diálogo permanente con la Agrupación de Comerciantes de Paso Molino, con quienes se comparte el diagnóstico de una realidad que exige profundizar las acciones, con mayor control, presencia territorial y ordenamiento del espacio público.
En declaraciones a El País, la IMM subrayó la dimensión social del problema: muchas de las personas que hoy venden en la informalidad lo hacen como estrategia de subsistencia, una situación que se agravó tras la pandemia y que responde a un fenómeno de desempleo.
El compromiso, afirmaron, es doble: actuar con firmeza frente al contrabando y las prácticas ilegales, y a la vez trabajar en alternativas que permitan ordenar y fortalecer el centro comercial, en articulación con el gobierno. Paso Molino, remarcan, seguirá siendo una prioridad por su peso comercial y social.