EDUCAR CON COVID-19

El miércoles abren otras 403 escuelas rurales y la ANEP prepara un plan para liceos y UTU

La apertura de escuelas rurales evidenció las carencias que padecen estos centros: falta de auxiliares de servicio, agua potable y conectividad, son solo algunos ejemplos. 

Escuela 67, Los Talas
Escuela 67, Los Talas, el miércoles pasado cuando volvió a abrir sus puertas (Foto: Carlos Tapia).

"¡Qué lo tiró! Una pandemia es lo que hace falta para que vengan desde Montevideo”, le dice bajito una joven a otra mientras pasan por la puerta de la escuela N° 67 de Los Talas, en el departamento de Maldonado. Es miércoles, son las once de la mañana, y el que acaba de llegar es Héctor Florit, consejero de Primaria, en el marco de una recorrida que hace por algunos centros del área rural que reinician hoy sus actividades. En el aula debería haber 16 alumnos, pero asistieron solo tres. La maestra, oculta detrás de un enorme tapabocas, con sus manos envueltas en unos enormes guantes azules, acaba de escribir en el pizarrón los síntomas del coronavirus, y los escasos estudiantes los copian en un cuaderno. Para mañana jueves deberán aprendérselos de memoria.

Los alumnos que no reiniciaron sus actividades seguirán teniendo clases de manera remota, pues asistir a las aulas no es aún obligatorio. María Ferreira, que es maestra rural desde 1997, que ha sabido llegar a las escuelas a caballo, luego en moto y hace poco pudo al fin comprarse un auto, se comunicará con ellos enviándoles tarea a través de la plataforma Crea, del Plan Ceibal, o directamente por WhatsApp, en caso de que no tengan un buen acceso a internet. “Es que la mayoría viven en el medio del campo”, explica. Camila, una de las alumnas que dijo presente, que cursa cuarto año y que luce un tapabocas lila, interviene sin levantar la mano y advierte que tener clases a distancia no es lo mismo. “A veces te mandan una tarea y no la podés hacer, porque tus papás no te saben explicar”, dice.

Los tres alumnos —que cursan cada uno un año diferente: segundo, cuatro y quinto— están separados por el metro y medio de distancia que aconsejan las autoridades. Para entrar deben limpiarse los pies en un felpudo bañado de hipoclorito, como lo ordena Primaria, pero María agregó una disposición más: todos tienen que tener un calzado especial para usar solo dentro de la escuela. Al pasar al pizarrón se tienen que poner guantes, al igual que la maestra, para no tocar con sus manos el marcador. Cada vez que alguien sale del baño, entra la auxiliar de servicio y limpia todo también con hipoclorito. Se vigila el correcto lavado de manos por parte de los alumnos, que para cerciorarse de que lo hacen durante el tiempo suficiente deben llevar a cabo la tarea cantando el cumpleaños feliz.

También hay alcohol en gel en el escritorio de la maestra, el que le fue entregado en un kit que también contiene guantes, tapabocas y alcohol líquido al 70%, para desinfectar los pupitres cuando los alumnos se vayan. Se le dio dinero para comprar termómetros y ante el más mínimo síntoma los niños deberán tomarse la fiebre. El patio luce triste en medio de todo esto, porque los recreos ya no existen y así será hasta nuevo aviso. El horario ya no es de 10 a 15, sino de 9 a 12:30. Y no se come allí, como se hacía antes, sino que los padres reciben $ 85 por día para que almuercen en casa. “Las familias ya me dijeron que los hacen bañar antes de venir, y también cuando vuelven”, dice María.

Pero no importa que las medidas que se tomen sean exigentes hasta hartazgo, y que a muchas de estas escuelas el coronavirus no les haya pasado ni a decenas de kilómetros de distancia, la mayoría de los padres aún tiene miedo. El miércoles el 33% de los alumnos de las 367 escuelas que abrieron sus puertas, fueron a clase. El viernes asistió el 38% (1.232 de 3.219), en 403 instituciones. Hubo 81 centros que se quedaron con los maestros solos; no recibieron ni un estudiante.

En total eran 547 las instituciones que debieron estar abiertas —, según lo que había anunciado el gobierno, pero varias no pudieron acatar la orden por diferentes circunstancias, entre las que se destacan la falta de agua, la falta de personal de servicio y la falta de maestros suplentes, en los casos en que el titular es población de riesgo, por tener más de 60 años —porque aunque 65 es la edad que vienen manejando en el Poder Ejecutivo, para el caso de los docentes se fijó como límite cinco menos. Es que “la nueva normalidad” es, para muchos centros educativos, la necesidad de solucionar problemas que se arrastran desde hace años.

Conectarse sin conexión

Cleila do Canto es directora y única maestra de la escuela 48, ubicada a 70 kilómetros de la ciudad de Artigas, en Estación Meneses. Sus alumnos son cuatro: uno de educación inicial, otro de cuarto año y dos de quinto. El año pasado eran siete; la caída, dice, tiene que ver con que los establecimientos rurales de la zona son arrendados, y por eso las poblaciones suelen estar de paso. “Son niños que vienen de establecimientos lejanos, ninguno tiene luz eléctrica”, advierte la maestra, que señala que por esto los estudiantes no pudieron entrar a la plataforma Crea durante el tiempo en que no tuvieron clases, por eso ella les mandaba tareas por WhatsApp, a los celulares de sus padres.

Muchas educadoras han tenido que apelar a la creatividad durante este tiempo. WhatApp fue una opción, pero también hubo otras. Límber Santos, director del Departamento de Educación Rural de Primaria, advierte que en caso en que la conectividad sea mala, hay maestros que han apelado a dejar papeles con tareas en almacenes, o en otros locales comerciales. También se utilizaron emisoras radiales, “y por allí se les decía a los alumnos los deberes que debían hacer”.

Cleila hace 140 kilómetros por día para ir a trabajar, 70 de ida y lo mismo de vuelta, los que recorre en su auto personal. Las escuelas habilitadas la semana pasada son solo aquellas en las que los docentes residen muy cerca y van caminando, o llegan en un medio de transporte propio (auto, moto, bicicleta o caballo); o se quedan en las instituciones durante la semana, y entonces solo deben hacer dos viajes de ómnibus, para ir y para volver. Antes esto era los lunes y los viernes, ahora es los miércoles y los viernes, puesto que la reapartura de clases presenciales será, por ahora, solo por tres días.

Para evitar contagios, también, se les hizo hisopados a todos los maestros provenientes de zonas con casos confirmados de Covid-19. Fueron en total 136 test (130 a maestros y seis a auxiliares de servicio), y todos ellos dieron negativo.

Salvo que se presente un aumento exponencial de los casos que se detecten entre hoy el martes, el miércoles próximo se abrirán más escuelas rurales. Según señala Robert Silva, presidente e la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), 406 centros educativos volverán a la actividad. También se planea abrir los que no pudieron hacerlo la semana pasada, llegando así a 953.

Otras escuelas rurales permanecerán cerradas: las 94 ubicadas en Canelones —puesto que es el segundo departamento con más casos confirmados de Covid-19 después de Montevideo—, aquellas con matrículas superiores a los 50 alumnos —que son 40—, y seis internados

La ANEP también trabaja en “escenarios hipotéticos” de reinicio de clases en liceos y UTU. “Pero todo depende de lo que digan las autoridades sanitarias”, dice Silva. Ante la pregunta de si es factible un reinicio completo de la actividad antes de la primavera, la respuesta es casi obvia: “No tengo elementos para afirmar que sí, ni que no. Esto es día a día”.

El miedo que persiste

Lourdes Almeida trabaja en la escuela 78, en Rincón de Urtubey, en Treinta y Tres. Son siete sus estudiantes. “Yo no tengo miedo, pero las familias sí”, dice. De sus siete alumnos, solo van cuatro. Los tres que faltan son los más chicos, dos de educación inicial y uno de primero.

“Viven lejos, en campaña, de cinco kilómetro para arriba, algunos a 20 kilómetros, todos vienen en moto. Solo uno vive cerca, es el hijo de la enfermera del pueblo”, cuenta. Ella vive en la capital de Treinta y Tres, pero entre semana su casa es la escuela. El miércoles llegó a la institución en ómnibus y dio clase hasta el jueves, porque la línea que llega hasta su casa solo sale los martes y jueves; se disminuyeron las frecuencias por el virus.

La inspectora departamental le pidió a Lourdes que “por favor” use tapabocas durante el viaje. Aunque la distancia entre la escuela y su casa es de 50 kilómetros, el recorrido demora unas largas cuatro horas, pues el único ómnibus que la lleva entra y sale por cara uno de los diminutos pueblos que la separan de su hogar.

Un relevamiento de la ANEP advierte que la falta de conectividad es un problema para el 30% de los docentes que trabajan en escuelas rurales.
Sin contar Montevideo y Canelones, en los otros 17 departamentos las escuelas rurales son 953. Los que más tienen son Tacuarembó, con 86, y Colonia, con 80. Aunque de los 13.629 alumnos que en total atienden, San José (1.494) y Salto (1.362) son los que acumulan mayor cantidad. Solo 103 maestros viven en las escuelas, 124 residen en la zona en las que estas están ubicadas y 480 se trasladan en transporte público. En cuanto a los auxiliares de servicio, hay 133 que viajan en ómnibus. Los alumnos que se ven obligados a hacerlo son 162.

Kits de limpieza, escuelas rurales, Covid-19
Escuelas recibieron un kits de productos para mantener todo limpio (Foto: Leonardo Mainé). 

Un segundo hogar

María José de los Santos es maestra de la escuela 7, en la localidad de Patitas, a 165 kilómetros de Artigas y a 45 de Baltazar Brum, el pueblo más cercano. “Bastante lejitos. Este es un lugar muy solo, acá no existen los vecinos. Acá cada vez hay menos gente porque las casas no tienen agua, ni luz”, define la educadora. Ella tiene 32 años, hace 10 que trabaja en Primaria, siempre en escuelas rurales; antes lo hizo en Paysandú, pero este año eligió Patitas porque su mamá, también maestra, fue la que la fundó en la década de 1980. “Quise a volver a estos pagos, que es donde yo nací”, cuanta sin ocultar su orgullo.

Aunque María José remarca que ella vive en Artigas, lo cierto es que de lunes a viernes su casa es la escuela. Allí está con su hijo de siete años, que cursa segundo, y que es uno de sus tres alumnos. Otra niña de la misma edad se queda toda la semana con ellos, porque sus padres viven en una estancia a 25 kilómetros, y “como el camino es muy feo”, para que no falte la maestra le sugirió a la familia que también residiera entre semana con ella.

Durante los últimos días María José se dedicó a buscar una persona que pudiera trabajar como auxiliar de servicio, pues el protocolo lo exigía para que el centro pudiera ser reabierto. Antes, en la mayoría de estas escuelas, las mismas maestras eran las que se encargaban de la higiene. Y ese era el caso de María José.

Otro de los problemas que se generó en estos días para reabrir las escuelas, fue que hay 170 centros que no cuentan con condiciones sanitarias mínimas. “Cuando empezamos con esto nos encontramos con muchas dificultades. Hay escuelas que hace 20 años que no tienen agua. Hay problemas en los cielorrasos”, señala Silva, presidente de la ANEP.

“En la mayoría de las escuelas rurales no hay agua de OSE, tienen que sacarla de una fuente propia que haya en el lugar, en la propia escuela, en el poblado o en el paraje. Hay lugares donde se han hecho perforaciones, pero el agua que sale no entra en los parámetros de potabilidad de OSE. Es agua con metales pesados, por la roca madre de dónde sale. Y es agua que no sirve para el consumo ni para limpiar. El problema está en que para la limpieza con este protocolo se refuerzan las medidas sanitarias”, señala Santos, del Departamento de Educación Rural de Primaria.

La solución que hasta ahora han encontrado es la de llevar agua de otros lugares. “Esto es difícil, por eso hay centros que no pudieron ser reabiertos, estamos tratando de solucionarlo”, advierte.

No se toca

Lilián Pereira trabaja en la escuela 37, Rincón de los Francos, en Treinta y Tres. Tiene cuatro alumnos (de inicial, tercero, quinto y sexto), y también vive en la escuela. Consiguió recién el miércoles una auxiliar de servicio, y por eso empezó las clases el jueves. La tarea fue difícil, porque la gente que había disponible era de la comisión fomento, y muchos pasaban los 60 años. El cargo lo terminó tomando la abuela de un alumno, que tiene menos edad.

Pereira, que es maestra hace 17 años en esta escuela, el máximo de alumnos que ha tenido ha sido 10. “Los tiempos cambiaron, antes venían todos a caballo, ahora vienen en moto. Pero los niños se conservan igual, esa inocencia y esa confianza de que lo que dice el maestro es lo que tiene que ser, se conserva”, advierte.

“Es mi segunda casa, o no sé si mi casa es mi segunda casa, porque estoy más en la escuela que en otro lado. Lo que me pasa es que me gusta mucho el campo, siempre quise ser maestra rural. Tuve la fortuna de hacer esto”, señala.

Aunque dice que viene cumpliendo “a rajatabla” con las medidas de higiene impuestas por las autoridades, sostiene que hay cosas que cuestan, y mucho. “Lo que se nos hizo difícil, lo que fue un dolor, fue cuando nos reencontramos después de tanto tiempo y no pudimos abrazarnos. Teníamos el impulso de saludarnos, pero no podíamos darnos un beso. Es doloroso. Hay sentimientos que no se dominan, y hay que dominarlos. Es parte de nuestro trabajo”.

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