La hermana Teresita, una de las pocas monjas de clausura que quedan en Uruguay: “Soy prisionera por amor a Jesús"

La hermana Teresita María Bardier vive desde hace casi 45 años en el monasterio Santa Clara de Asís de San José de Carrasco. Y cuenta cómo son sus días entre la oración y el trabajo en el convento.

San José de Carrasco era la nada misma, campo abierto, cuando en 1957 terminaron de construir el Monasterio Santa Clara de Asís. Se había levantado con la ayuda de frailes franciscanos que por aquel entonces atendían la parroquia Tierra Santa en 8 de Octubre. Las ocho hermanas fundadoras venían de España, aunque en realidad la impulsora principal era uruguaya, la madre María Teresa, hija del famoso escritor y bibliófilo cervantista Arturo Xalambrí.

Siete décadas después, el monasterio de clausura de las hermanas clarisas franciscanas está en Ciudad de la Costa, en una de las zonas con mayor explosión demográfica del país. Ocupa un gran predio en una esquina en la calle Elías Regules a dos cuadras del shopping Costa Urbana. Es uno de los seis monasterios de clausura, todos femeninos, que subsisten en Uruguay (ver recuadro más abajo).

Desde afuera no parece lo inmenso que es por dentro el Santa Clara de Asís. Se ve que hay una iglesia —puerta enrejada por seguridad— y se lee de lejos el mensaje “Alabado seas, mi Señor, por todas tus criaturas”.
El primer contacto con la hermana Teresita había sido al teléfono fijo del monasterio. Tras coordinar por WhatsApp, acordamos charlar en el convento un martes después de las tres de la tarde.

—Vengan cuando quieran, yo estoy ocupada todo el día.

Una hermana bajita, veterana y encorvada abre la puerta y nos hace pasar a un vestíbulo. De allí a una sala dividida en dos por un alambrado que acá llaman “la reja”. Es lo que separa el mundo de afuera del de adentro. Hasta hace no mucho era una doble reja, pero hace un tiempo flexibilizaron y sacaron una de ellas: quedó la marca sobre una mesa de madera.

Monasterio Santa Clara de Asís.
Monasterio Santa Clara de Asís.
Foto: Martín Neira.

Está oscuro. Encienden la luz y entonces aparece, sonriente, la hermana Teresita María Bardier Etchegaray.

Viste un hábito color marrón sujetado a la cintura con un cordón blanco que lleva tres nudos, que simbolizan los votos de pobreza, castidad y obediencia. Alrededor del cuello, una toca de color blanco y encima un velo negro. En el medio del pecho, una medalla que representa la imagen de la Inmaculada Concepción, patrona de la orden franciscana. Como es tradicional en las monjas clarisas, ella viste sandalias.

Se presenta y saluda pero no hay beso ni apretón de mano. Nos separa un alambrado.

—¿Podés pasar para este lado? Para el video es mejor.

Dice que la reja es parte de la clausura y enseguida se sienta.

—¿Qué explicación tiene el alambrado?

Teresita se ríe.

—Algunos monasterios tienen rejas de barrote. Es más bien simbólica la reja, es la expresión física de la clausura, es aislarse del mundo como una forma de consagración. Nosotras decimos que somos prisioneras por amor a Jesús. El modelo nuestro es Jesús, que se encerró en el sagrario. Es una forma de consagrarnos a él. Pero adentro del monasterio no hay rejas. Mucha gente me dice: yo no entiendo tu vocación. Y les digo: yo tampoco —bromea y se pone en el rol de los que descreen de las monjas de clausura: “¿Qué hacen esas mujeres encerradas ahí sin hacer nada?”.

Cada vez que le preguntan qué hace de útil y de qué sirve el encierro, ella explica lo mismo:

—No buscamos una actividad que nos justifique con la clausura. Nuestra principal misión y función es la oración. Es una vida de oración, creemos en ese poder. A Santa Clara se le pide buen tiempo para las bodas; hasta para eso acuden a las monjas. Y por supuesto está el trabajo acá. La clausura es una forma especial de consagración. El papa decía que éramos como los pararrayos de la iglesia. Somos necesarias. No somos ni más ni menos que los demás. El misterio más grande es una llamada, es una vocación.

—¿Tenés que sentir un llamado?

—Sí, cada monja, cada consagrado, es una historia especial. Mucha gente siente que Dios lo llama, pero no sabe dónde, cuál es el lugar. Dios no manda un correo electrónico. Pero yo sí sentí ese llamado.

Teresita María Bardier
Monja de clausura Teresita María Bardier.
Foto: Martín Neira.

Teresita es de Fray Bentos. Tiene 63 años pero parece menos, y eso que le cuesta estar mucho tiempo parada y quieta porque padece una polineuropatía degenerativa que le quita sensibilidad en los pies (“lo que no puedo hacer de pie, lo hago sentada”). Habla rápido, como si estuviera siempre apurada, como si alguien la corriera.

Ingresó a este monasterio hace casi 45 años y nunca más salió.

En esa época, año 1982, era telefonista y recepcionista en la residencia estudiantil los Conventuales en Canelones y Cuareim. Había terminado el bachillerato de Medicina pero no le atraía ninguna carrera y no sabía qué estudiar. Se había anotado en administración de empresas pero nunca empezó con los estudios universitarios. Sí le encantaba el inglés y los deportes; había fundado el primer equipo de básquetbol femenino en Fray Bentos.

—Hablamos de la misericordia de Dios. Yo estaba al borde del abismo, Dios te agarra de los pelos y te dice: te quiero aquí y ahora, después te explico. Yo nunca había pensado ser monja.

—¿No?

—Nunca había pensado ser monja.

—¿Y por qué al borde del abismo?

—Me gustaban muchas cosas, las fiestas, los bailes, salía con chicos, tenía novio, me encantaba el trabajo. Tenía todo lo que una chica podía pedir. Era una persona normal. Y estuve a punto de tomar una decisión que podría haber sido un error.

—Una decisión incorrecta, ¿digamos?

—O sea, yo sentí que el señor me llamó. Pienso en eso y me emociono hasta las lágrimas. No sé si le pasará lo mismo a alguien que está casado hace 10 o 20 años: ¿el esposo se seguirá emocionando por haber elegido esa esposa? Era el Miércoles de Cenizas, donde empieza la Cuaresma. En esa ceremonia el sacerdote dice: “Conviértete y cree en el evangelio o acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás”. A mí en ese momento el sacerdote me dijo: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Y yo sentí que dije: “Sí, quiero ser monja”. No hubo más dudas, en menos de un mes ya estaba adentro. No fue por desengaño amoroso ni nada.

¿Cuál es la función de los monasterios dentro de la estructura de la Iglesia?

Lo explica el sacerdote Gabriel González, doctor en derecho canónico: “Se trata de retirarse del mundo para dedicarse a la oración. Claro, para entenderlo hay que tener fe”. Y explica que no se trata de ser antisocial: monjas y monjes de clausura “sostienen la actividad de la iglesia” con su oración “porque si no, transformamos a la iglesia en una ONG, una institución con obras sociales”. Las monjas de clausura “rezan por toda la realidad, por todo el mundo; el hecho de encerrarlas no las embrutece”.

Cada vez hay menos monjas de clausura

En el Monasterio Santa Clara hoy viven cinco hermanas, de 58 a 91 años. Una sexta hermana tiene a sus padres enfermos y ahora está afuera. Cuando Teresita entró en 1982 eran 15.

—Hace 10 años fallecieron cuatro hermanas en poco tiempo. Llegamos a ser cuatro, pero hace poco cerró una comunidad de las clarisas en Florida por fallecimiento de las hermanas y la única que quedaba allá se vino para acá. Ya somos mayores la mayoría, pero gracias a Dios todas muy bien de salud y nos valemos por sí solas.

—¿No ha habido ingresos nuevos?

—Ha habido movimientos pero no ha habido perseverancia.

El período de prueba se ha alargado. Antes al comienzo era un año de aspirantado, dos de noviciado y tres de voto simple. A los seis años llegaba una consagración solemne, que era consagrarse para siempre. Ahora el proceso se alarga a diez años dentro del monasterio: eso demora más en hacer los votos de pobreza, obediencia y castidad. En el caso de ellas se agrega el voto de clausura. Pero, también es verdad, ahora se puede hacer “dos o tres meses de experiencia sin ningún compromiso”. La idea es que si se entra y se sale, no se tome como un fracaso.

—Hay chicas que han hecho su experiencia y se fueron.

—No es para cualquiera.

—Cuando uno lo siente, parece que es más fácil. Yo sentí la vocación y nunca dudé en 45 años.

—¿Pero están buscando gente nueva?

—Nosotros tenemos un problema. Al estar en clausura no tenemos tanto trato directo con la gente. Antes estaban los frailes franciscanos en la iglesia de Tierra Santa, que pasó a manos del clero. Ellos se encargaban de traer chicas que estaban con inquietud, para conocernos. Igual hay sacerdotes que invitan muchachas. Hoy al joven le pesa mucho la palabra “para siempre”, tanto en el matrimonio como en otras actividades. Cuesta, asusta. Y las nuevas generaciones no nos conocen tanto: piensan que no es necesario encerrarse en un monasterio para hacer una vida de oración.

Orar y trabajar: la vida en el monasterio

El ambiente típico es el silencio. La vida en el monasterio se reparte entre oración (casi un cuarto del día se dedica al rezo) y trabajo. Ellas hacen casi todo solas, desde cocinar hasta cuidar el jardín.

Algunas normas se han ido flexibilizando con el tiempo. Hasta hace poco rezaban todo en latín, aunque todavía cantan una parte de la misa en gregoriano. También había un rato de oración en la madrugada, que fue eliminado debido a las edades de las hermanas.

—Nos levantábamos a las dos de la mañana, hacíamos una hora de oración, y luego dormíamos hasta las seis.

—¿Dos de la mañana?

—Mirá que los médicos dicen que es la mejor hora para levantarse.

Monasterio Santa Clara de Asís
Monasterio Santa Clara de Asís.
Foto: Martín Neira.

En el esquema actual el día empieza a las seis y cuarto cuando una de ellas hace sonar una campana. De seis y media a nueve están en la capilla, en ayunas. Después de la santa misa (lunes a sábado a las 8, domingo a las 9), desayunan.

—¿Cuántas horas rezan al día?

—Deben ser seis, siete horas.

Está el oficio de lectura y el oficio de laudes, que se hace al amanecer. Luego tercia a media mañana, sexta al mediodía, nona a media tarde, vísperas al atardecer y completas al cerrar la jornada, es la última oración del día antes de irse a dormir.

En el medio, el resto de la jornada se dedica a diferentes tareas. Teresita está a cargo de un taller donde hace imágenes religiosas en hormigón y en yeso. Algunas tienen dos metros y pico de altura.

—Yo pongo las manos, siempre digo lo mismo. Como salen, no sé. Se van de acá y me olvido por completo que las hice.

Hermana Teresita María Bardier
Monja de clausura Teresita María Bardier.
Foto: Martin Neira.

También le gusta cocinar, le apasiona sobre todo lo de panadería:

—Hay una hermana que ahora está enferma y es chef de título. Yo no soy tan chef, pero sé lo suficiente como para que mis hermanas se alimenten. Cocino lo que sea sin tirar un grano de arroz en lo posible, aprovecho todo.

Durante las comidas suelen escuchar charlas espirituales (“alguna misa de otro lado”) y en la sobremesa se dan conversaciones (“como somos poquitas y estamos muy separadas, durante el día no da para hablar mucho”). Son los únicos momentos en los que están todas juntas. Después de la última oración, a eso de las diez y media de la noche, es el momento del silencio mayor, donde no se puede hablar ni hacer ruido.

—Nos hablamos por WhatsApp. ¿Cómo la llevan con los celulares y la tecnología?

—El uso del celular no está tan restringido. Primero porque adentro del monasterio lo usamos mucho, el lugar es muy grande. En estos momentos tengo la hermana enferma arriba —cuenta y señala a los dormitorios, las “celdas”—. Ella me escribe y me dice: necesito tal cosa. O yo le pregunto: ¿qué querés cenar?

VISITAS

De Juan Pablo II a León XIV

“Ya nos anotamos para participar de la reunión que tendrá el papa León XIV con los consagrados en la catedral. Confiamos que podamos ir”, dice Teresita Bardier sobre la visita a Uruguay prevista del 6 al 8 de noviembre, cuya confirmación depende ahora de la salud del papa, a quien operaron hace unos días. Teresita, junto a otra hermana del monasterio, también estuvo en la catedral en 1987 cuando Juan Pablo II visitó Uruguay por primera vez.

Los límites en un monasterio de clausura

Contrariamente a lo que se piensa, hoy las monjas de clausura están bastante al tanto de lo que pasa afuera.

Dice Teresita:

—El uso de los medios de comunicación debería estar más restringido, pero yo a veces sigo las noticias porque la realidad del mundo es el material principal nuestro para la oración. Antes, como la gente sabía que no teníamos radio ni televisión, nos contaban las noticias. Ahora hay confianza en la libertad de cada uno de que va a usar el medio de una forma responsable.

—¿Hasta dónde llega la vida de clausura?

—Bueno, está la limitación física, que en sí no se nota mucho. No sabemos si estamos nosotras atrás de las rejas o ustedes —dice y se ríe fuerte otra vez—. A mí lo que me atrae de la vida de clausura es que es una vida en la comunidad, hay una unión de hermanas, pero cada una viene de su familia, de su patria, de su país, con mentalidades muy distintas. El motivo que nos aglutina es que todas nos sentimos llamados por el señor, eso mantiene la unión fraterna. Somos humanas, por supuesto, surgen problemas, roces y todas esas cosas.

Teresita es la encargada de los trámites, desde pagar facturas, hacer mandados o ir al médico. En la calle le han dicho “Esperanza mía”, por la novela.

Teresita María Bardier
Teresita María Bardier.
Foto: Martín Neira.

Las reglas siguen siendo estrictas pero, como pasa con los horarios de rezo, se han ido suavizando o “humanizando”, dice Teresita. Existe flexibilidad para salir, aunque todo debe estar justificado: no pueden ir a comer unas pizzas a un bar, por decir algo.

—Yo no voy a cumpleaños de mis sobrinos. A una boda tampoco. No fui a la ordenación de mi hermano que es sacerdote, porque yo sabía que, si iba, era más por sociabilidad e intentamos evitar esas cosas, no distraerse. Si es un mal menor, prefiero no ir. Antes no podíamos salir siquiera cuando fallecían los padres: si te avisaban que tu padre estaba por morir, podías ir; pero si ya había fallecido, no. No tenía sentido, no ibas a hacer nada más que llorar con la familia. Ahora vamos... Fijate que si vamos al dentista, que no tenemos ninguna relación afectiva...

Ella acompañó a su padre en los últimos minutos, con la madre llegó tarde.

Las familias pueden visitar a las hermanas. Al lado del monasterio está el edificio de un viejo colegio que dirigían, que reconvirtieron en casa de retiro: hoy allí se hacen actividades sin reja de por medio. Han llegado a hacer “la fiesta de los Bardier” una vez al año. A Teresita le permitían “ir un ratito” a pasar el día con ellos, “almorzar aunque sea”.

—¿Y los médicos pueden entrar?

—Si no hay imposibilidad de moverse, vamos nosotros. Antes venía el médico a casa y teníamos mandaderos que hacían los mandados. Todo eso fue cambiando.

El monasterio por dentro

Le pido a Teresita para recorrer el monasterio y acepta, aunque pide disculpas si algo no está del todo ordenado. Desaparece y a los segundos vuelve por otra puerta, ya sin reja de por medio. Caminamos por un pasillo largo y oscuro dentro de una casa grande, austera. En el piso de abajo está la capilla, la sala de labor, un depósito que se le llama vinería (allí se hace vino para consumo del monasterio), el comedor o refectorio y una gran cocina.

En el piso de arriba, los dormitorios o celdas, como les dicen ellas. No tienen rejas en la puerta, salvo en las ventanas por robos. Ya les “entraron” en más de una ocasión:

—La primera vez rompieron la ventana en la madrugada y subieron por los caños del desagüe, sentimos el ruido porque era la hora del rezo, nos asomamos y estaba el muchacho queriendo salir al pasillo. Se fue rápido. En el taller me vaciaron las herramientas dos veces y en la iglesia robaron más de una vez garrafas de las estufas, floreros y parlantes, entre otras cosas.

Sigue la recorrida. Pasamos por la iglesia, en un costado hay una sala enrejada y con bancos que es donde ellas rezan y siguen la misa.

Monasterio Santa Clara de Asís
Monasterio Santa Clara de Asís.
Foto: Martín Neira.

Vamos rumbo al enorme fondo, un predio de dos manzanas con mucho verde. Salimos y se sienten ladridos, los perros nos reciben.

Hay monjas muy “bicheras” y el lugar se parece casi a un zoológico. Tuvieron ovejas y ahora hay cinco ponis que los usan para cortar el pasto. A uno le pusieron Giuseppe, por el segundo nombre de Juan Pablo II, y a otra Pía por el Padre Pío. Algunos ponis los han vendido, es una entrada económica.

En un costado del jardín se ve el edificio del viejo colegio, que funcionó hasta 1990. Hace poco lo reconvirtieron en casa de retiro con 30 dormitorios. No cobran una tarifa fija pero hay donaciones voluntarias y es otro ingreso de dinero.

Para mantenerse, las hermanas antes trabajaban para algunas imprentas, tuvieron un gallinero con unas 2.000 gallinas y vendían huevos, una huerta y un viñedo. Todo eso lo cerraron porque no había personas suficientes para atender.

Teresita María Bardier
Teresita María Bardier.
Foto: Martín Neira.

—En este momento estamos más bien confiadas en la providencia. Bueno, todo es de la providencia, ¿no? Y la actividad principal nuestra, además de la oración, siempre es procurar hablar a Dios de los hombres, como otros hablan a los hombres de Dios. Desde la clausura intentamos poder llegar a muchas almas y una forma de nuestro apostolado en este momento es el trabajo con las imágenes religiosas. Sin salir de la clausura, podemos llegar a muchas almas a través de una imagen.

—Estamos en un mundo donde parece que cada vez hay más guerras, presidentes con discursos violentos... ¿Cómo lo ves?

—Siento que, al faltar Dios, no hay cosa que le sacie el alma a la persona. Lo experimento en la juventud: veo que se destruyen con los vicios, las drogas, dicen que son dueños de su cuerpo. No se dan cuenta que el mal uso de lo que llaman libertad lleva a la destrucción, a la muerte. Nos invade una cultura de muerte, hay libertad para elegir morir. Esa explicación es la que veo para tantos fenómenos naturales o tecnológicos. Por eso yo defiendo la vida.

—¿Cómo imaginás el futuro?

—Si Dios quiere que siga, esta casa va a seguir. Hay que estar abiertos a la acción del Espíritu Santo.

—¿Tenés miedo de que en un momento el convento cierre?

—Hace un tiempo tenía ese miedo. Somos hermanas mayores. Pero ahora creo que, si nosotras no estamos, vendrá otra familia religiosa a atender este edificio que se construyó con tanto sacrificio. Entonces vivo más libre y disfruto el día.

CUÁNTOS SON

Los monasterios de clausura en Uruguay

Hoy existen seis monasterios de clausura en Uruguay, todos femeninos. Cuatro de ellos están en Canelones. Uno es el de las hermanas clarisas franciscanas, donde se realizó la entrevista con la hermana Teresita, en San José de Carrasco. Pero también están las hermanas benedictinas en Lomas de Solymar, las salesas en Progreso y las clarisas capuchinas sacramentarias en Canelones.

Las hermanas benedictinas viven en el Monasterio Santa María, Madre de la Iglesia en la ruta Interbalnearia. Las hermanas salesas están en el Monasterio Santa María de la Visitación: se trata del primer orden contemplativo que llegó a Uruguay en 1857, aunque al principio estaban donde hoy se encuentra la residencia de Los Conventuales; en las últimas décadas pasaron a Progreso. Y las hermanas clarisas capuchinas tienen su refugio en el Monasterio Santa María de los Ángeles en la ruta 64.

Mientras tanto, las hermanas carmelitas descalzas tienen su tradicional convento en el Prado y otro en Florida. Allí en Florida estuvo el monasterio de las hermanas clarisas franciscanas, conocido como el Monasterio Virgen de los Treinta y Tres, pero ya no está activo.
Las carmelitas descalzas también tuvieron un convento en Punta de Rieles, que cerró hace más de 10 años.

Y el único monasterio masculino que existía en Uruguay era de la comunidad benedictina en Canelones, en Villa Guadalupe. Tampoco funciona más.

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