Secretos bajo el hábito

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EN ESTE CADA VEZ más laico Occidente, cuesta pensar que miles de mujeres, durante siglos, permanecieron encerradas tras las altas paredes y las rejas de los conventos. En casi 1500 años de historia, ha habido mujeres que taparon su cuerpo, susurraron en lugar de reír y gritar y sustituyeron la maternidad por una existencia donde todos los días parecían ser el mismo.

En los inicios del Cristianismo, hubo figuras fuertes femeninas como María Magdalena y mujeres adheridas al nuevo credo que se dedicaron a militar clandestinamente por él, a predicar y a escribir. La vida monástica, en el sentido de pobreza y contemplación, fue practicada en solitario por el cristianismo primitivo. Pero luego de la caída del Imperio Romano se comenzó a vivir en comunidades. Así surgió un nuevo formato religioso: reunirse en monasterios. Las primitivas congregaciones incluso aunaban hombres y mujeres, lo cual con el tiempo se vetó radicalmente.

Con el pasar de los siglos, y la fuerte misoginia de las autoridades de la Iglesia, los sexos se separaron, las mujeres fueron excluidas del sacerdocio y de las decisiones superiores, aunque hubiese abadesas.

ESCAPE VITAL.

Sin embargo, en el siglo XII, la impronta de los conventos para mujeres fue fuerte. Se convirtieron en una verdadera usina creativa que permitió a las mujeres una alternativa, una opción que la sociedad les negaba en el mundo. Allí el analfabetismo no tenía sentido, pues había que leer e interpretar la Biblia y aprender latín: eso les permitió una educación imposible de otro modo. Encerradas, sí, pero leyendo a Horacio y a los clásicos grecolatinos.

Hubo abadesas que fueron sabias: el caso más notorio fue el de Hildegarda de Bingen. La erudición, la escritura de textos teológicos y místicos, la pintura exquisita de mayúsculas en manuscritos, más ciertos contactos con el mundo de afuera -dado que los conventos poseían tierras que había que trabajar, mantener y controlar- hacían que la vida de las monjas fuera llevadera y con una calidad superior a las mujeres comunes, malcasadas, o que morían de parto, o que soportaban palizas de sus maridos, en su mayoría reducidas al analfabetismo.

Como es habitual en la Historia de las mujeres, el devenir de los conventos cambió para peor. Los conventos como centros culturales perdieron su relevancia al irse creando las universidades, las cuales, al ser exclusivas para hombres, se apoderaron de los conocimientos ortodoxos, como la teología. Con la Reforma protestante, muchas mujeres se hastiaron del catolicismo y se involucraron en rebeliones, siendo a menudo acusadas de herejes. Pero en los países católicos, los conventos proliferaron y en el siglo XVII poseían una modalidad de vida instituida férreamente por hombres que esbozaban las líneas de la Iglesia.

Cundió la "regla", un conjunto de normas a cumplir meticulosamente por una monja, siendo un ejemplo la orden benedictina, a menudo mayoritaria. Se exigía castidad, enclaustramiento, pobreza, obediencia, oración, contemplación. El modelo de la Virgen María era un clásico: las monjas renunciaban al cuerpo. Se rezaba mucho: siete oraciones por día. Se decía que eran "esposas de Jesús", tomaban los votos en una ceremonia similar a una boda y usaban anillo.

AL CONVENTO.

Pero cabe preguntarse cuántas mujeres entraban a un convento por decisión libre. En primer lugar, no era tan fácil ser aceptada. Los conventos exigían una dote importante. Hubo tiempos en que la mayoría de las monjas eran aristócratas, aunque en el siglo XIX las burguesas les ganaron en proporción. Las mujeres pobres no siempre eran propiamente monjas: vivían en los conventos como "legas", limpiaban, servían, hacían el trabajo sucio, aunque también debían obediencia y castidad. Con el dinero de las dotes el convento se mantenía, aunque las monjas eran artesanas, expertas en gastronomía, farmacéutica y orfebrería, y vendían sus productos.

En los conventos los padres dejaban a sus hijas bastardas para que no molestasen, como Lope de Vega. Las familias tenían como objetivo prioritario colocar a sus hijas en matrimonio: si no lo conseguían, allí estaba el convento para que llevasen una vida sin sexo y no hubiese que mantenerlas. Las hijas rebeldes marchaban para allí.

Pero también hubo quienes entraban voluntariamente. Una minoría lo hacía por auténtica vocación: hablaban de paz, del bienestar de la contemplación, de un ritmo de vida que las gratificaba. Otras lo hacían luego de la viudez o de un matrimonio desastroso en donde habían vivido violencia doméstica, como los personajes de la escritora española del siglo XVII María de Zayas. La pedofilia abundaba: bellas niñas vírgenes de trece años ("el capital estético") se canjeaban por fortunas de hombres que podrían ser sus abuelos ("el capital monetario"). Y no siempre la púber lo aceptaba.

A los conventos llegaban también pequeñas que desde los cinco años eran olvidadas allí por ricas familias. También prostitutas arrepentidas, o enfermas, ancianas, o mujeres que habían tenido bebés clandestinamente.

El fenómeno de los conventos en el siglo XIX ya fue un asunto de mujeres. Se produjo la feminización del clero. En esos tiempos, los hombres rechazaron la religión: se abocaron a las revoluciones liberales, al socialismo y a las luchas obreras. Y los burgueses a hacer dinero.

Una siciliana

LA ESCRITORA italiana Simonetta Agnello estudió largamente la historia de los conventos y se entrevistó con muchas monjas. El Sur de Italia fue un hervidero de ellos. Habló con superioras contentas con su vida, pero también investigó la otra cara de los conventos, la de las monjas fugadas, suicidas, locas, o aquellas que tuvieron amores secretos. No es posible leer La monja y el capitán (que transcurre en la primera mitad del siglo XIX entre Messina y Nápoles) sin recordar las Cartas de amor de una monja portuguesa, de Mariana de Alcoforado.

Agnello cita solo esporádicamente el mentado lesbianismo de los conventos, los embarazos y abortos producidos por la activa vida sexual de los canónigos, el abuso con que los cardenales rozaban las mejillas de las novicias, los odios entre esas mujeres encerradas que rivalizaban entre sí por favoritismos. Pero también habla de los baúles que escondían libros prohibidos -como Orgullo y prejuicio, de Jane Austen- estrategias para vencer el claustro y acceder al afuera, fantásticas experiencias de trabajar con manos de aristócrata haciendo pan, cultivando la huerta o curando monjas enfermas, gracias a crecientes conocimientos de medicina.

Ágata, una adolescente inteligente y vital, busca encontrar su destino. No siempre es posible el amor en la vida de un ser humano. Cuando la única alternativa es el encierro, se busca compensación en la belleza: el canto, la arquitectura de Nápoles -que ella admira refugiada en la torre del convento-, los libros que le envía anónimamente por correo el capitán inglés, el hombre prohibido. Que toda la novela esperamos que la rapte.

LA MONJA Y EL CAPITÁN, de Simonetta Agnello. Tusquets, 2012. Barcelona, 394 págs. Distribuye Urano.

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