Paula Barquet
Detrás de las rejas que la separan del mundo, Anabel Méndez pregunta cómo Qué Pasa la contactó. Le parece increíble que se haya llegado hasta su casa a través de internet. Acepta contar acerca de su vida, de las monjas que viven con ella, y de las necesidades que pasan todos los días.
Méndez tiene 58 años. Su nombre religioso es Isabel de la Cruz y hace 40 que es monja de clausura de las Carmelitas teresianas. Vive con cinco hermanas más, de las cuales sólo una es menor que ella. Es la superiora del convento Nuestra Señora del Silencio y la Esperanza que queda en Amarales y Lucas Obes, en el Prado.
Ellas trabajan todos los días. De las tareas de imprenta, ornamentación o preparación de hostias (ver recuadro), obtienen el dinero para vivir. Muestra, a modo de ejemplo, un sirio pascual, pintado y decorado por una de las hermanas. Es de cera pura y cuesta 950 pesos.
"Hay meses que son buenos y podemos pagar todo. En Navidad y Pascua, debido a las actividades ornamentales, tenemos superávit. Y ahí vamos guardando para los meses más bravos. Hay que saber administrar", explica.
En total, las seis monjas carmelitas gastan unos 15.000 pesos por mes. Méndez es capaz de mencionar de memoria y con exactitud cuánto pagan por cada rubro.
"Son 3.508 (pesos mensuales) de luz, 1.011 de gas, 1.100 de agua...".
Hay meses que no llegan a pagar todos los gastos porque los ingresos dependen de dos variables: la venta de artesanías y productos impresos -a gente conocida, aclara-, y las donaciones de las personas que diariamente asisten a misa. El enero pasado, por las vacaciones, no hubo nada de trabajo y casi ninguna donación.
"En meses bravos no hacemos nada extra, como puede ser ir al dentista si alguna tiene caries o al oculista si se nos rompen los lentes".
Por ley están exoneradas de pagar la contribución inmobiliaria y el impuesto a Primaria, pero no se las exime del impuesto al saneamiento, la luz de mercurio de la cuadra y una cantidad de dinero que exige la Intendencia Municipal de Montevideo por el mantenimiento del montacargas, similar a un ascensor, con el fin de evitar el riesgo de muerte.
El montacargas, explica Méndez, lo tuvieron en desuso mucho tiempo pero ahora es necesario dado que la hermana mayor, Mariana, tiene 89 años y está postrada en una silla de ruedas. La anciana tiene un problema de columna que le impide estar derecha.
Consiguieron que la asistencia médica la pague una red de caridad internacional, Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN, por sus siglas en inglés). Anabel Méndez asegura que no hay ninguna red u organización uruguaya de esta índole a la que se le pueda pedir ayuda económica, y por eso recurre a las internacionales.
Por otro lado, las monjas tienen un convenio con el Círculo Católico para pagar los medicamentos a mitad de precio y no abonar órdenes.
Cuenta que unos años atrás no tenían ninguna asistencia médica fija y se arreglaban con profesionales del barrio. Ahora, sobre todo por la situación delicada que atraviesa la hermana Mariana, se hizo indispensable contar con tratamientos especializados. "Cuando una es joven, no requiere tanto", justifica.
De todas formas, Méndez explica que lo que más duele es la necesidad del otro. Cuando no tenían asistencia médica y la más anciana de las monjas sufría, las demás se angustiaban por no poder darle lo que precisaba.
"Nunca he visto a una monja quejarse", alega. "Y si se pasa necesidad, se ofrece".
Cuando hacen la promesa solemne, después de siete u ocho años de formación, las monjas realizan tres votos: castidad, obediencia y pobreza. Este último, explica Méndez, tiene una doble dimensión. Jurídicamente implica que nada es propio, y espiritualmente significa que las consagradas se desprenden de todo lo material. Es una renuncia que se hace bajo el modelo de Jesucristo, "que dejó todo por amor".
Así es que las Carmelitas encaran sus necesidades materiales. Si pasan calor con el hábito -cosa que sucede y se nota en las gotas de sudor en la frente de Méndez-, lo ofrecen a Dios. Si pasan hambre, lo mismo. Además, dice la superiora, ellas no son las únicas: además de otras comunidades religiosas, hay muchas personas en Uruguay sufriendo carencias económicas.
LAS RUTINAS COTIDIANAS. A pesar de su situación económica delicada, el convento se nota en perfecto estado. La limpieza la realizan ellas mismas, organizadas en turnos y sectores.
Desde el hall donde las Carmelitas reciben visitas no se ve demasiado al interior del convento, pero sí a través de las rejas que dan a la capilla, contigua a la casa. Méndez señala el cuarto de recogimiento y una biblioteca. Abre las ventanas para indicar dónde se encuentra la huerta en la que trabajan, y conversa con Qué Pasa desde la pequeña ventana por la que comulgan día a día.
"Hoy comimos revuelto de huevo, arroz con queso, empanadas de verdura y sopa", cuenta Méndez. Parece suficiente, pero esa es la única comida fuerte del día en este tiempo de ayuno, que va del 14 de setiembre a la Pascua. De noche apenas toman sopa, té, café o leche. Además, las Carmelitas se abstienen de comer carne.
Su actividad fundamental es la oración. Rezan desde las seis de la mañana hasta las 10 de la noche. Siguen la liturgia de las horas, un ritual universal que establece que en cuatro momentos del día hay oración a coro. Por otra parte, rezan en forma personal dos horas diarias.
El resto del tiempo trabajan, comen, leen material espiritual, asisten a misa y hacen las tareas de la casa. "Además -cuenta sonriente- tenemos dos horas de recreo, una al mediodía y otra a la noche, en las que conversamos, cantamos, reímos". El recreo es parte de lo que recomienda Santa Teresa de Ávila, su fundadora, para alcanzar un equilibrio.
De todas formas, el ambiente del convento es de oración y recogimiento. Se habla bajito aunque no sea el momento pautado para rezar.
En medio del diálogo, suena una campana. Es hora de reunirse para planificar el ingreso de dos nuevas compañeras que llegarán el 18 de marzo. Vienen de Brasil. Una de ellas tiene 32 años y la otra apenas 18.
"Esto de Brasil surge de una unión de monasterios, porque acá las vocaciones son muy pocas y necesitamos refuerzos. ¿Por qué? Y, para una vida comunitaria más rica -hace una pausa mientras reflexiona-, que pueda cubrir todas las necesidades de formación y vida orante que tenemos. La población de nuestra comunidad es muy envejecida", explica la superiora.
La meta, según sugiere Santa Teresa, es llegar a 12 hermanas en cada monasterio.
MONASTERIOS EN DECADENCIA. A pesar del envejecimiento de las monjas que allí viven, el de las Carmelitas del Prado es el único monasterio de Montevideo con perspectiva de seguir en funcionamiento. Hay otro en Punta de Rieles en el que sólo quedan dos hermanas viviendo y se podría decir, según Juan Silveira, que "está en extinción".
Silveira es vicario judicial del Arzobispado, la diócesis de Montevideo. Explica que la situación económica de las Carmelitas no es responsabilidad directa del Arzobispado, sino de la propia estructura del Carmelo, como ellos le llaman. El monasterio es una unidad jurídica y como tal, opina el vicario, debería poder mantenerse por sus propios medios.
"En un contexto urbano como el nuestro, en el que cada vez se visualizan menos los monasterios, se dificulta el flujo entre los fieles y la comunidad monástica", opina.
Anabel Méndez percibe que las personas están cada vez más sumidas en sus intereses personales. "A la gente de hoy no se le ocurre pensar que las monjas pueden tener necesidades". Cree que no es por maldad, sino porque "falta apertura".
Le gustaría que se acercaran más personas a preguntarles si necesitan algo. "No sé si responderá a que hay menos creyentes, pero puede ser", reflexiona.
Igual, reconoce que algunos todavía se preocupan. Destaca tres señoras cuyos nombres prefiere no revelar, que le acercan sobres con dinero al final de la celebración eucarística o contribuyen, a veces en forma anónima, con las necesidades cotidianas.
"Hoy prácticamente todo depende de donaciones. Además, el trabajo en los monasterios es muy limitado y eso tiene que ver con la edad de quienes viven allí", considera Silveira.
Una salida posible es unirse con otros monasterios, como hicieron las monjas Carmelitas con un monasterio brasileño. El traslado de religiosas jóvenes es una forma de fortalecerse.
No hay redes de caridad locales, como la internacional Ayuda a la Iglesia que Sufre. Sí existen organizaciones de caridad que podrían colaborar con las monjas, si ellas lo solicitaran, como la organización Cáritas Uruguay o la Vicaría de la Solidaridad, del Arzobispado.
"Ellas son un destino válido para cualquier organización social, porque padecen y también son personas", opina el vicario judicial.
Méndez reitera que ellas no se quejan, y justifica el hecho de que la Iglesia no colabore económicamente con ellas. "¡Nuestra Iglesia es muy pobre!", exclama. "¿El Vaticano? No, el Vaticano no se puede vender, porque por más que allí hay muchas cosas de valor, es patrimonio histórico".
"Todo esto es muy en amor y muy en entrega", concluye. "Si no, no se concibe".
Los descalzos
En Uruguay hay dos grupos de Carmelitas Descalzos: los hombres -que en Montevideo tienen la Iglesia de San José de la Montaña- y las mujeres del convento del Prado. Ambos son conocidos por su espiritualidad contemplativa y su vida austera.
Envejecimiento. El promedio de edad de las monjas Carmelitas es de 70 años. La mayor tiene 89.
El humefactor tan anhelado
Las Carmelitas tienen tres fuentes laborales: imprenta, ornamentación y preparación de hostias. En este momento, la que más les aporta económicamente es la de ornamentación (pintura y bordado, entre otras cosas). Para la imprenta cuentan con una máquina donada de una organización alemana, una computadora con la que diagraman tarjetas o afiches y una impresora. Esta actividad, según cuenta la superiora Anabel Méndez, está en declive debido a que hoy en día la gente tiene medios como para hacerse sus propias impresiones. Además solamente están habilitadas a vender a la Iglesia y allegados, porque no tienen RUC. La tercera fuente laboral es la confección de hostias. El proceso requiere una máquina para hacer, otra para humedecer y una para cortar. La de hacer la tienen, la de cortar está en camino porque lograron una donación; y la tercera, denominada humefactor, aún no la consiguen. Es imprescindible para humedecer las hostias antes de cortarlas, porque si no, se parten. Estas herramientas cuestan entre 120.000 y 230.000 pesos.