GABRIELA VAZ
No pueden salir a la calle ni hablar demasiado. Comienzan su jornada a las 6 de la mañana y su agenda diaria está gobernada por una actividad que se repite una y otra vez hasta la hora de acostarse: rezar. Esa es su principal labor, la que realizan con esmero y voluntad a lo largo del día y todos los días, convencidas de que sus repetidas conversaciones con Dios darán frutos. Así es la vida que eligieron las trece monjas salesas que, en el Monasterio de la Visitación, en Progreso, están en clausura y se dedican a la contemplación.
Los conventos de clausura en Uruguay no llegan a la decena, y están integrados por muy pocos religiosos. El de los benedictinos, uno de los más conocidos, es el único de hombres; actualmente viven allí dos monjes, luego de que en 2004 falleció el que por años fue el tercer integrante del hogar. Así, el monasterio de las hermanas salesas se ha convertido en uno de los más numerosos del país.
La hermana Imelda ronda los 80 años y es la actual madre superiora del Monasterio de la Visitación, donde vive desde 1945. Al igual que ella, las dos monjas sentadas a su lado responden preguntas sin inhibiciones ni sorpresas. La hermana Miriam Raquel tiene 50 años y hace 14 que ingresó al monasterio, mientras que Margarita María, de 26 años, llegó cuando apenas tenía 17. Son monjas de clausura; tres generaciones de mujeres que otorgan vigencia a una milenaria forma de expresar la religión.
rezos. Inician su rutina de cada día rezando una oración, la Santa Misa y las diferentes partes del oficio divino (la otra plegaria oficial de la Iglesia). Entre tanto intercalan otros quehaceres: las labores domésticas, las comidas, los trabajos manuales (figuras en yeso, pinturas en tela y losa, y ornamentos de iglesia) que venden y constituyen uno de sus medios de vida, la lectura espiritual, el descanso y más plegarias.
Miriam dice que también cuentan con momentos para reunirse en comunidad, entre ellas mismas, a lo que llaman "recreos". El resto del tiempo, excepto por alguna necesidad específica, casi no hablan. "Queremos estar en silencio para la oración, para estar en contacto con Dios y conversar con él, pero no es obligatorio".
Las plegarias, a las que tanto tiempo dedican, son su principal herramienta de lucha, por así decirlo. "Rezamos por la humanidad, por los que no tienen trabajo, por los encarcelados, porque haya paz, por los de este país. Rezamos por todas las situaciones", afirma. Además, reciben llamados de gente pidiendo que recen por ellos, por su matrimonio o por sus hijos. "Nosotros escuchamos todas las peticiones".
Las hermanas dedicadas a la vida contemplativa no pueden salir del monasterio y sólo pisan la calle por causas excepcionales. Sin embargo, la madre superiora explica que antes de 1965, cuando terminó el Concilio, las reglas para la clausura eran mucho más estrictas. Los conventos estaban rodeados de rejas e incluso las operaciones médicas se hacían puertas adentro. Hoy se puede decir que existe una relativa apertura, aunque depende de cada congregación. Las salesas se permiten abandonar su hogar por una enfermedad que deba ser asistida en un hospital, o para votar, como sucedió el pasado 31 de octubre.
ESE LLAMADO. Con más o menos flexibilidad, la vida de las monjas de clausura no deja de ser dura y extraña, incluso para los propios católicos, por lo que resulta inevitable preguntarse cuáles son las razones que llevan a elegir un camino tan diferente a los tiempos que corren. La hermana Miriam responde que fue un llamado especial. Antes de convertirse en monja era maestra de escuela y trabajó 10 años en el colegio San José de Las Piedras. "Un día entré en un grupo donde daban catequesis y sentí el llamado del Señor para entregar mi vida por la Iglesia, por el mundo, por toda la humanidad. Los catequistas dijeron que todos los que sintiéramos ese llamado de Dios por entregar la vida, morir para que los demás vivan, nos pusiéramos de pie. Nos hicieron pasar adelante y nos dijeron que a las chicas nos llamaban para ser monjas, para estar encerradas (se ríe), en clausura, y vivir para Dios y los hermanos", cuenta entre seria y divertida, consciente del efecto que produce su relato. "Me dijeron que conociera los monasterios y viera dónde el Señor me llama. Quería ir a las benedictinas pero iba a ir con una compañera de trabajo que nunca podía. Como vivía en Las Piedras, un día dije ’no aguanto más, me voy a las salesas’. Primero me invitaron a hacer un retiro de dos días. Después me dijeron que me venga un mes, a vivir como una monja, compartir la vida de oración, comidas, recreos y trabajos. En la segunda semana, me di cuenta que mi vida era para estar acá adentro. Cuando estaba afuera sentía que mi vida no era definitiva, que me iba a suceder algo que me iba a marcar. Acá adentro no tuve necesidad de salir, me sentí plena, como pez en el agua (se ríe), donde Dios me quería. Sentí mucha paz, serenidad y alegría. Y eso que yo llevaba una vida activa como maestra, de salir, ir al cine, mirar televisión. Acá nunca extrañé ni sentí curiosidad de salir."
Margarita escucha hablar a su compañera en silencio. Pese a ser la más joven parece la más seria de las hermanas. Responde en voz baja y pausada e incluso cita frases de La Biblia en más de una ocasión. "El Señor elige antes que uno. La primera vez que sentí el llamado fue a los 13 años, pero fue un proceso. Primero experimenté un rechazo; naturalmente esta vida no te atrae. Yo tenía las aspiraciones normales de una chica de 13 años. Como siempre viví cerca del monasterio venía acá con mi familia y justamente porque las conocía y sabía cómo vivían no quería saber de nada con esto. Pero el Señor va enamorando el alma. Sentía que me quería acá y esa era su voluntad. Así estuve unos cuantos meses. Me imaginaba la burla de la gente y sentía mucha cobardía. Cuando dije que sí fue una gracia de Dios. Fue el 26 de junio de 1992; tenía 14 años. Sentí la fuerza para decir que sí y ya no me importó nada más, ni si mis padres se oponían ni si mis amigos se iban a reír."
La madre superiora, por su parte, da la respuesta más concisa acerca de por qué eligió la clausura. "Deseaba una vida de más oración, de una entrega mayor". Pero después se explica. "¿Sabes que pasa? Aquí nos sentimos libres, totalmente libres y salir a la calle es como estar presas. La gente cree que estamos encerradas y estamos mejor que nadie", asegura.
"Dios colma todas las necesidades y aspiraciones de las monjas de clausura. Además, esta entrega, redunda en beneficio de toda la humanidad. Si haces el bien, el bien trasciende. Si haces el mal, el mal trasciende", completa Miriam.
LOS OTROS. Para ojos extraños no es fácil aceptar que una mujer elija pasar su vida sin poder salir de un convento ni interactuar con mucha gente, enterándose de poco de lo que sucede en el mundo y dedicándose a rezar la mayor parte del tiempo. Menos fácil lo es aún para las familias y los amigos de las hermanas que deciden recluirse. "Al principio cuesta que la familia lo entienda y acepte. Cuesta mucho porque los extraña", dice Miriam, con una expresión en el rostro que revela conflictos vividos en el momento de comunicar su opción a los suyos. Sin embargo, la hermana Imelda enseguida recuerda que "con el papá de Margarita no hubo problemas. Estaba feliz, feliz, porque siempre quiso tener una hija monja".
Margarita asiente pero opina que igual la familia sufre más que ellas mismas. "Uno sufre mucho, pero después se colma ese vacío. Ellos no entienden por qué se tomó esa decisión. Mi madre nunca me dijo nada, pero yo me di cuenta que tuvo que pasar mucho tiempo para que cicatrizaran un poco las heridas que le quedaron, aunque fue muy generosa conmigo y siempre me ayudó".
De todas formas, las hermanas pueden recibir visitas y hablar con sus familias casi en cualquier momento. A su vez, el monasterio hospeda a aquellos creyentes que deseen realizar un retiro en sus instalaciones. Actualmente, las monjas solo reciben a personas que conocen o a quienes lleguen con alguna referencia, para evitar malos tragos. Es que en años de clausura vivida, ya han pasado por todas las situaciones imaginables. La última anécdota al respecto tiene un sabor casi cómico y la madre superiora se sonríe al recordarlo. "Se presentó alguien pidiendo un retiro cuando en realidad lo que quería era usar el convento para descansar y tomar sol. Nosotras recién nos enteramos varios días después".
COMPROMETIDA PARA CASARSE SE RECLUYO EN UN CONVENTO
El monasterio de las monjas salesas de clausura tuvo su origen en el centro de Montevideo, pero hace ya 50 años que se alejó del ruido citadino y se mudó a Progreso. En el tiempo transcurrido, decenas de historias de vida diferentes han pasado por allí. Monjas que entran muy jóvenes, como Margarita, y otras que llegan mayores, como Isabel, una mujer que ingresó al convento a los 45 años. "Estaba comprometida para casarse, hasta que vino en una peregrinación, quedó sorprendida con la alegría que hay acá y sintió el llamado personal", relata la hermana Imelda.
Actualmente, casi no entran nuevas monjas al monasterio. La última fue una paraguaya que llegó hace dos años para hacer el noviciado. Ella y una española son las únicas extranjeras del convento. "La española vive aquí hace tanto, que ya es una uruguaya más", apunta la madre superiora.
Algunas monjas se van. Generalmente antes de los primeros cinco años, que son los definitivos, hay mayor nivel de deserción. Otras se quedan para siempre. La hermana más antigua del monasterio tiene 95 años y hace 70 que está en clausura
EN EL MUNDO. En los últimos 30 años, la cantidad de monjas en el mundo ha decrecido una cuarta parte, aunque esta fuerte disminución no parece afectar los monasterios de clausura. En un reportaje publicado en octubre por la revista de la congregación de los rogacionistas, Rogate Ergo, se afirma que entre 1970 y 2002 el número de monjas bajó de un millón a menos de 800.000. Sin embargo, el mismo documento señala que aumentó el número de monjas de clausura en todas partes.
En el mundo conviven 3.529 monasterios de clausura con 47.626 monjas y más de 8.100 entre novicias y postulantes. Europa es el continente con más monasterios (2.252), sigue América (904), Asia (227), Africa (123) y Oceanía (23). Más de la mitad (29.788 profesas, 3.179 novicias y postulantes) están en el viejo continente. Las órdenes religiosas contemplativas más numerosas son la franciscana, la benedictina y las carmelitas.
ESCASEZ DE CURAS PREOCUPA A LA IGLESIA
En los últimos 25 años la cantidad de religiosos en Uruguay se redujo en un 50 %. Esta progresiva disminución se debe a tres razones principales: los sacerdotes que han fallecido, la escasa captación de vocaciones jóvenes que desean dedicarse a esto y una significativa cantidad de religiosos que abandona los hábitos para casarse o continuar su vida de otra forma.
A pesar de que esta situación se está volviendo un problema en ascenso para la Iglesia, que debe recurrir a extranjeros para cubrir los puestos necesarios en las decenas de capillas y casas parroquiales del país, el padre Daniel Martínez, vicario del Seminario Interdiocesano del Uruguay, afirma que no se sale a buscar gente, puesto que eso sería muy peligroso. De todas maneras, sostiene que hay una política de fomento de la vocación. "De acuerdo a las necesidades de la Iglesia son pocos lo que ingresan anualmente; de acuerdo a los niveles históricos, siempre fue igual. Solo en una época, entre los años 86 y 90, éramos 75 estudiando para cura. La escasez preocupa a nivel de recambio. El clero actual tiene una media de 60 años. Con vistas al recambio tenemos necesidad de aumentar un poco. Eso se habla, pero no salimos a traer gente. Sería facilísimo, con la falta de trabajo que hay. Pero no pasa por ahí".
SACERDOTES: CONTESTAR EL LLAMADO DE DIOS LLEVA AÑOS
Los sacerdotes de la Iglesia Católica llegan desde las decenas de congregaciones existentes, o del clero secular, que está vinculado al obispo y la Iglesia local. Entre los primeros, algunos tienen sus casas de formación en el país y otros fuera de fronteras. Los del clero secular, en tanto, se forman en el Seminario Interdiocesano del Uruguay.
Actualmente, son 30 los seminaristas que van camino a convertirse en sacerdotes en el Seminario Interdiocesano. "Algunos años han entrado hasta 12 estudiantes. En el 2005 empezaron dos; es el nivel más bajo de ingresos. Lo normal son seis o siete", afirma el padre Daniel Martínez, vicario del Seminario.
Apenas un tercio de los que ingresan llegan finalmente a ordenarse, señala el presbítero. La deserción puede darse en cualquier momento. "Hay quien hace los siete años de estudios y luego decide que no quiere ser sacerdote".
Los seminaristas llegan con distintos procesos interiores, según su edad y el tiempo que vienen trabajando la idea. "Generalmente alguien de 30 años ya sabe qué es lo que quiere, aunque tenga dudas. De todas formas, en el primer año se aclaran las cosas".
PASO A PASO. No resulta fácil ingresar al Seminario. La aceptación de un estudiante es parte de un largo proceso, que puede llevar años. "En primer lugar tiene que contactar a un cura que lo presente en la Pastoral Vocacional. El aspirante de no más de 30 años debe tener una vinculación eclesial, estar integrado a una comunidad cristiana que dé testimonio de su vida de fe. Luego, se realiza un discernimiento sobre eso. No se trata simplemente de un tengo ganas. Debe existir un convencimiento real de que hay capacidades y un llamado sobrenatural".
La formación para sacerdote lleva siete años, con opción de ocho por la posibilidad de un año de práctica pastoral. Durante ese tiempo, el estudiante vive en el Seminario. La instrucción académica se realiza en la Facultad de Teología. La formación consta de un año de introductorio, dos de Filosofía y cuatro de Teología. Al terminar el tercer año, el estudiante puede "ordenarse" diácono y al terminar el cuarto, presbítero. "Después se da un componente sobrenatural que le corresponde a Dios. Lo nuestro es preparar lo mejor posible a la persona para que la fe tenga base sobre la que desarrollarse".
y 220. número aproximado de sacerdotes, uruguayos y extranjeros, del clero secular que viven en el país. 90 se encuentran en Montevideo.
y 209. Sacerdotes religiosos (de congregaciones) uruguayos que viven en el país.
y 148. Sacerdotes extranjeros en Uruguay.
y 413. Monjas uruguayas que viven en el país.
y 316. Monjas extranjeras que viven en Uruguay.
y 28. Congregaciones masculinas (6 laicales y 22 clericales) que existen en Uruguay.
y 76. Son las congregaciones femeninas.
y 88. Estudiantes que asisten este año a la Facultad de Teología. Entre estos hay quienes esperan para ordenarse sacerdotes del clero y de congregaciones, pero también hay laicos.
y 30. Seminaristas estudiando para ordenarse sacerdote del clero secular.
y 2. Jóvenes que ingresaron a estudiar para sacerdote del clero secular en el 2005.
Fuentes: Conferencia de Religiosos del Uruguay, Hogar Sacerdotal, Seminario Interdiocesano y Arzobispado de Montevideo.